¿Quién de los dos es más salvaje?

Alanis02

La cineasta Alanis Obomsawin en el décimo aniversario de Cinema Politica, en Montreal (Foto: © Mimi Zhou / Cinema Politica)

Un pequeño diálogo entre un indio y un policía:

—Queremos orar con nuestros hermanos —dice el indio.
—Lo comprendo, pero no puedo dejarles entrar —dice el agente blanco de la policía de Quebec—. Tenemos que controlarlo todo. Además, ustedes no viven aquí.
—Pero están llegando miles de personas.
—Y los mandaremos de vuelta a sus casas. Mañana prepararemos un campo para ustedes…
—¿Nos van a detener?
—No, no. No es un campo de detención. Es un lugar para acampar…
—Este es mi país. No nos trate así. No se equivoque.
—No es para usted. Es para los extranjeros que vienen de fuera.
—Usted es el extranjero aquí —apostilla el indio ante la cara de estupefacción del agente.

Durante la crisis de Oka, en el verano de 1990, muchos indígenas americanos se solidarizaron con la nación mohawk, que puso contra las cuerdas al gobierno de Quebec y al gobierno federal canadiense por su negativa a que se construyera un campo de golf en los terrenos de su reserva. Llegaron nativos desde todos los rincones de Canadá, de Estados Unidos y hasta de México. Todas las naciones indígenas (algunas de ellas históricamente enfrentadas) apoyaron a los mohawk en mayor o menor medida. El pulso entre los indios (un término que hoy es peyorativo en toda Norteamérica; se prefiere autóctono), la policía de Quebec y el ejército canadiense duró 78 días. Y Alanis Obomsawin estaba allí para grabarlo todo. La conversación transcrita al inicio de este texto pertenece a su documental Kanehsatake: 270 años de resistencia (1993).

“Me llamo Alanis Obomsawin y soy una mujer wabanaki. Wabanaki significa ‘Pueblo de donde sale el sol’. Somos el pueblo del Este. Hago películas para documentar la vida y la memoria de nuestros pueblos. Lo he hecho desde hace 50 años”. Así se presentaba la cantante y directora en el marco del festival holandés de música Le Guess Who?

De niña vivió una experiencia traumática en la escuela. Una profesora (una de la pocas laicas que había en el colegio religioso al que acudió en Trois-Rivières, en la década de 1940) la trataba terriblemente mal por el simple hecho de ser indígena. No dejaba pasar la oportunidad de denigrarla ante el resto de la clase y el acoso llegaba hasta el maltrato físico. Su calificativo preferido era “pequeña salvaje” y no descansó hasta que logró expulsar a Alanis de la escuela. Ahora nos resulta inconcebible pensar en el bullying ejercido por parte de un profesor, pero esas cosas ocurrían también en España, especialmente contra niños de familias pobres o republicanas (incluso hoy, en un contexto de nacionalismo exacerbado, no sería raro que volvieran a ocurrir). “El tono es el que da verdadero sentido a las palabras, lo que se quiere decir realmente”, explica la venerable Obomsawin. “Ahora que me he hecho vieja, cuando me dicen ‘oh, mi pequeña y bella salvaje’, se trata de la misma palabra, claro, pero no significa lo mismo”. Esa palabra, “salvaje”, era la que más odiaba de niña. “Porque mi madre era muy limpia y me llamaban así en el colegio. Mi experiencia en el colegio fue espantosa”.

Le monde va nous prendre por des sauvages

Fotograma de Le monde va nous prendre pour des sauvages (1964), un cortometraje de Françoise Bujold y Jacques Godbout (© Office National du Film du Canada)

Un cortometraje documental de los años sesenta, La gente nos tomará por salvajes, ahondaba en el mismo sentimiento. En él se mostraba a niños de la etnia micmac y los muñecos con los que jugaban. Los fabricaban ellos mismos con maderas, telas, hojas y plumas. Ha sido el hombre blanco el que después ha convertido esos objetos en material siniestro para sus historias criminales (especialmente las ambientadas en Luisiana, donde convergen la tradición india, el vudú africano y la cultura cajún de los expulsados de la Acadia). En el corto se muestra también la ocupación tradicional de los micmacs de la bahía Chaleur: eran mariscadores, exactamente igual que los de Galicia. Hurgan en la arena de la playa con su rastrillo en busca de almejas. Dos actividades idénticas y ancestrales separadas por 4.000 kilómetros de océano.

La propia Obomsawin ha contado muchas veces a qué se dedicaban sus antepasados: eran canasteros, como los gitanos. Y se movían por toda la costa nordeste de América vendiendo sus productos. A principios del siglo XX, las fronteras eran más laxas y los indios se movían sin dificultad entre Quebec y Nueva Inglaterra (Obomsawin nació en New Hampshire, no en Canadá). Porque, de hecho, esa era su tierra, al margen de las divisiones administrativas de los blancos. Obomsawin se dedicó, primero como cantante y luego como documentalista, a cambiar la percepción que la gente tenía de lo que en Canadá llaman hoy “Primeras Naciones” y antes, simplemente, “salvajes”.

“La primera razón para hacer lo que hago está en el sistema de educación canadiense y en la forma en la que se contaba la historia de Canadá”, aseguró hace un par de años en el Centro Banff para las Artes y la Creatividad. “Originalmente, el sistema estaba diseñado por clérigos cristianos y a través de ese sistema se aseguraban de que los niños odiaran a esa otra gente: los indios. Y surgió un enorme odio a partir de aquella forma de educar. Yo era todavía muy joven cuando me rebelé contra eso. No sabía cómo, pero sabía que quería hacer algo para provocar un cambio en el sistema educativo”. En uno de sus documentales, Gene Boy vuelve a casa (2007), su protagonista cuenta cómo era ir al colegio en el Canadá de los años cuarenta: “En mi casa hablábamos tres lenguas: el inglés, el francés y el indio. Pero en la escuela católica la lengua india era la lengua del diablo. Nos pegaban con la regla si nos pillaban hablando en abenaki”.

Ya hemos visto que el tema de la educación ha sido siempre primordial en la obra de Alanis Obomsawin, tanto que consagró a un profesor universitario singular, Norman Cornett, de la universidad McGill, toda una película en 2009. Este profesor se hizo célebre en Montreal por sus métodos heterodoxos de enseñanza, ligados siempre a firmes fundamentos morales y a que los jóvenes desarrollaran, en total libertad y por ellos mismos, un pensamiento crítico (viéndole en acción es imposible no acordarse del personaje de Robin Williams en El club de los poetas muertos). El título del documental no puede ser más significativo: ¿Cuándo empezamos a diferenciar entre la respuesta correcta y la respuesta honesta?

Durante la crisis de Oka, el alcalde de la localidad aprobó un plan para aumentar un campo de golf de nueve hoyos a 18. Eso ponía en peligro un pinar de la reserva india y un cementerio mohawk. Los indígenas cortaron carreteras y puentes (incluido el puente Mercier, que unía Kahnawake con la isla de Montreal y por el que pasaban a diario 65.000 vehículos), se armaron y se dispusieron a paralizar el proyecto. Durante los 78 días de acoso fueron perdiendo terreno poco a poco. Finalmente, unas pocas decenas de indios se atrincheraron en un Centro de Desintoxicación de Drogas, un lugar que tiene una gran carga simbólica para los nativos americanos.

Los nativos que aceptan vivir en las reservas no pagan impuestos pero allí no hay nada, sólo tabaco y alcohol casi gratis, y un vacío inmenso, estremecedor: el futuro. La tasa de suicidios entre los autóctonos dobla a la de la población blanca (y si hablamos concretamente de los inuits, se trata de la tasa más alta del mundo). Sin trabajo ni perspectivas, son presa fácil para las adicciones. Cuando ya no pueden conseguir sus dosis, viajan a la ciudad para mendigar. El paralelismo está tan asentado que al indio que vive en la ciudad a menudo se le identifica con un yonqui, aunque no lo sea realmente. Las primeras fricciones con la población blanca de Oka surgieron precisamente cuando se abrió en la reserva aquel centro de desintoxicación que sería su último refugio durante el conflicto.

El 11 de julio de 1990 se produjo un tiroteo entre los mohawk y la policía de Quebec que se saldó con un agente muerto. El fuego cruzado duró menos de 30 segundos y no hubo más durante toda la crisis, pero esa muerte acabó por desencadenar la ira de la mayoría de la población blanca. Durante sus manifestaciones llegaron a quemar un muñeco colgado de una horca que representaba a un indio mohawk. Mientras el muñeco ardía, gritaban un lema que se hizo famoso durante los años 70 entre los independentistas: “¡Quebec, para los quebequeses!”.

Los hombres más mayores de la tribu pusieron mucho empeño en que aquello no volviera a salirse de madre. Se volcaron para impedir que los más jóvenes y exaltados abrieran fuego otra vez. Y lo consiguieron, pero no fue fácil. Cuando entró en acción el 22º Regimiento Real del ejército canadiense empezó el verdadero sitio a los insurgentes. Colocaron alambradas y concertinas en todos los caminos para que no tuvieran ningún contacto con el exterior. Hasta en el río Ottawa las colocaron, y comenzaron una estrategia de provocaciones que se saldó sin víctimas mortales pero no sin heridos (la policía y el ejército acumuló un buen puñado de denuncias por torturas y malos tratos). Los mohawks, faltos de víveres y de medicamentos, acabaron por rendirse. La mayoría de ellos fueron detenidos y procesados. Pero el campo de golf, finalmente, no se hizo.

Hay un momento en el documental de Obomsawin en el que un hombre blanco de la localidad, al ver la crueldad con la que los soldados y los policías (que defendían los intereses económicos de los constructores) actuaban contra la población indígena (que defendía la conservación de la naturaleza en su reserva y el cementerio de sus ancestros), comenta con tristeza en voz alta: “Me pregunto en cuál de los dos lados de la barricada son más civilizados”.

Alanis Obomsawin, la “pequeña salvaje” que fue expulsada de su escuela por el racismo de una profesora, acumula hoy todos los premios oficiales de Quebec y Canadá, además de ocho doctorados honoris causa.

Anuncios

Bailando con el diablo

La légende de Rose Latulipe

Detalle de ‘La Légende de Rose Latulippe’ (1937), el óleo del pintor Rolande Sicotte que se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Quebec.

Philippe Aubert de Gaspé, hijo, está considerado como el autor de la primera novela canadiense en francés: L’influence d’un livre (1837). Hasta entonces, la narrativa quebequesa, rica y de larga tradición, era puramente oral. La novela se publicó en el periódico Le Populaire, y estaba compuesta por un montón de retales de diferente procedencia. Aubert de Gaspé, influido por la novela gótica y el romanticismo, mezclaba en ella géneros, ideas propias y leyendas canadienses. El libro fue destrozado por la crítica. La Gazette de Québec dijo de él que había sido “grande el desengaño de los suscriptores acerca del revoltijo histórico-poético de Gaspé”. Hundieron al pobre chaval, quien abandonó sus aspiraciones literarias y hasta la provincia. Murió de una enfermedad en Halifax (Nueva Escocia) a los 26 años.

La novela fue reescrita y publicada posteriormente bajo el título de El buscador de tesoros (1864). En ella Gaspé incluía una de la leyendas franco-canadienses más famosas, la de Rose Latulipe, la hermosa joven que adoraba bailar y que, para su desgracia, acabó haciéndolo con el mismo diablo. Esta es su historia en la versión de Aubert de Gaspé (hay otras 200 adaptaciones), quien compone un relato machista y ultracatólico muy al gusto de la época:

Érase una vez un hombre llamado Latulipe que tenía una hija a la que quería con locura. Rose Latulipe era una joven preciosa, morena, y también algo alocada, por no decir directamente frívola. Tenía un novio llamado Gabriel Lepard al que quería como a la niña de sus ojos; sin embargo, se decía que cuando otros jóvenes la abordaban, ella los dejaba pasar. Además, a Rose le encantaba dar fiestas, tanto que un día como el del hoy, un Martes de Carnaval de hace algún tiempo, habría en su casa más de cincuenta personas de celebración. Y Rose, contrariamente a lo habitual, pues era coqueta, había permanecido toda la velada en compañía de su pretendiente. Era natural: iban a casarse cuando llegara la Pascua.

Serían las once de la noche cuando, de repente, en medio del cotillón, se oyó un coche de caballos deteniéndose a la puerta de la casa. Varias personas corrieron hacia las ventanas y, debido al mal tiempo que hacía, golpearon el bastidor para que la nieve que había pegada al cristal se desprendiera y poder ver así al recién llegado.

—¡Desde luego es un pez gordo! —gritó alguien—. ¿Te has fijado, Jean? Qué magnífico caballo negro. ¡Y cómo le brillan los ojos! Bien parece, que el diablo me lleve, que va a trepar hasta el tejado.

Sigue leyendo

El rap de Michael Chabon

En una escena de Amadeus (1984), Mozart pregunta al emperador José II si le ha gustado la ópera que acaba de estrenar, El rapto del serrallo. El monarca se muestra entusiasmado pero no encuentra la expresión exacta para definir una obra tan exuberante. Se gira hacia sus músicos de cámara y uno de ellos le sugiere, para censurar al joven genio, que “tiene demasiadas notas”.

e13af5179b2d338915560c03271b40a9b334242ea79886f773ec6c1562329497

Cuando Michael Chabon publicó Telegraph Avenue en 2012, muchos críticos literarios se calaron sus imaginarios pelucones hasta las cejas y profirieron objeciones semejantes. A aquella novela, decían, le sobraban palabras.

Jennifer Egan, crítica del New York Times, indicaba en su reseña que Chabon siempre le pareció “un escritor gozoso” y que la prolijidad de sus explicaciones y su curiosidad formaban parte de su delicioso estilo. Un ejemplo: la minuciosidad con la que toca temas como la historia del cómic, la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo, la educación sentimental homosexual, los usos y costumbres de los años cuarenta en Europa y América, todo eso, en resumen, convertía Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay en lo que es: una arrolladora obra maestra. Pero en Telegraph Avenue no. Ahí, decía Egan, esa exuberancia no funcionaba: “Esta vez su curiosidad supera a la del lector. Telegraph Avenue es densa en exceso y, además, está aderezada con divagaciones que dificultan la aceleración de una trama ya enrevesada de por sí”.

Es cierto que las oraciones subordinadas se alargan demasiado. Hasta hay una frase de ¡14 páginas! en la que narra la huida de un loro por los barrios de Oakland. ¿Y qué? Es el tono perfecto para narrar las vicisitudes de unos frikis parlanchines y adorables.

telegraphEl germen de la historia es la amenaza que se yergue sobre una tienda de discos de segunda mano cuando se conoce el plan de construir un enorme centro comercial en el barrio. En realidad, esa amenaza es un pretexto para desplegar un precioso catálogo de personajes que entonan un enternecedor canto a la vida. Es una comedia amable narrada con un ritmo que, es cierto, puede aturullar al lector. Porque la prosa de Chabon en Telegraph Avenue unas veces es soul, es una fuente de chocolate caliente derritiéndose línea a línea a lo largo de 600 páginas. Y otras veces es rap, es un puto martillo neumático de poesía. Es un tornado en el que giran la música negra, la blaxploitation, el kung fu, el desvalimiento adolescente, el racismo, el cine de Tarantino, el parto natural, la devastación emocional del primer amor, el síndrome de Peter Pan, el choque cultural, la nostalgia por un mundo que desaparece y la nerviosa, la tierna emoción por otro mundo que nace.

Es la vida. Y la vida, la de verdad, la que se compone de música, baile, afectos, risas, sexo, pizzas y sesiones de cine de serie B, no tiene nunca “demasiadas notas”. Es maravillosa tal y como es.

Nunca dejes de creer

 

Un ciego con una pistola es un divertido policiaco de Chester Himes  ambientado a finales de los años 60, época de conflictos sociales y manifestaciones. El flower power y Mayo del 68 tuvieron entre los afroamericanos una vertiente iracunda. Los disturbios de Ferguson (Misuri) en agosto de 2014 evidenciaron que esas heridas siguen abiertas hoy en la sociedad estadounidense.

3c36895v

Disturbios raciales en Harlem, en 1964. Foto: Dick De Marsico. Fuente: New York World-Telegram and the Sun Newspaper Photograph Collection (Library of Congress).

El Harlem encendido por los Panteras Negras y los Musulmanes Negros es el telón de fondo sobre el que los detectives afromericanos Coffin Ed y Grave Digger filosofan sobre la historia del siglo XX con una buena ración de balas, sangre y sentido del humor. Dialogan sobre los años 60, pero podrían referirse a la actualidad. ¿Les suena todo esto?

BlindManWithAPistol

Portada de la primera edición de Un ciego con una pistola (1969).

 

Coffin Ed había tenido poco trato con la delincuencia juvenil. Los pocos gamberros jóvenes a quienes habían golpeado en la cabeza alguna vez no representaban nada…, excepto jóvenes gamberros de cualquier raza. Pero esta nueva generación de jóvenes de color, con su costumbre de la era espacial, constituía una incógnita.
¿Qué era lo que les llevaba a los motines y a desafiar a la policía blanca, por un lado, y a componer poesía y sueños capaces de desconcertar a un intelectual de Harvard, por el otro? No se podía culpar de todo a los hogares destruidos, la falta de oportunidades, la desigualdad, la pobreza, la discriminación… O el genio. La mayor parte provenía de los suburbios que no generan ni genios ni sueños, pero algunos eran de buenas familias de clase media, que no habían sufrido tan severamente las desigualdades. Y los buenos y los malos y los astutos y los ingenuos formaban parte por igual de una clase con preocupaciones raciales: todos eran miembros de la oposición. Y no había ninguna necesidad de encontrar al hombre responsable: no había un hombre responsable. Le contó su inquietud a Grave Digger mientras conducían el coche hacia su trabajo.
—¿Qué le ha pasado a esta gente joven, Digger, mientras nosotros estábamos persiguiendo a los viejos?
—Diablos, Ed, debes comprender que los tiempos han cambiado. Estos jóvenes nacieron justo después de que terminamos una guerra para eliminar el racismo y hacer al mundo más seguro y libre. Y tú y yo nacimos justo después de que nuestros padres lucharan en una guerra que hiciera al mundo más libre para la democracia. Pero la diferencia radica en que cuando terminamos de luchar en un ejército segregacionista para barrer a los nazis y volvimos a nuestro racismo nativo, ya no creíamos en nada de esa mierda. Sabíamos algo más. Crecimos cuando la depresión y peleamos sometidos a hipócritas contra hipócritas, y aprendimos entonces que el blanco es un ser mentiroso. Quizá nuestros padres eran como nuestros hijos y creían en sus mentiras, pero nosotros pronto supimos que la única diferencia entre el racista nativo y el racista extranjero consistía en quién dominaba al negro. Los nuestros triunfaron, así que nuestros gobernantes blancos pudieron conservar a sus negros y nos convencieron de que nos darían la igualdad apenas estuviéramos preparados.
—Digger, tienen que comprender que es más difícil garantizarnos a nosotros la igualdad que lo que resultó la liberación de los esclavos.
—Quizá tienen razón, Ed, quizás esta vez no mienten.
—Están mintiendo, seguro.
—Quizá. Pero lo que nos salva a los negros de nuestra edad es que nunca lo creímos. Pero esta nueva generación lo cree. Y por ello tenemos desórdenes.

(Traducción de Ana Becciu para la versión española de 1978, reeditada en 2008 por © RBA Libros)

 

Es Harlem, pero podría ser una banlieue de París. Donde dicen “negros” podría leerse “clase trabajadora”. Donde dicen “blancos” podría leerse “casta” o “bancos alemanes” o “Comisión Europea”. Hablan de “esperanza” y “juventud” en oposición al “cinismo” y la “experiencia”.

El problema de los jóvenes, dicen, es que creen. Creen que otro mundo es posible.

Y creer está bien.

Himes01

Monumento dedicado a Chester Himes en Moraira (Alicante), donde vivió sus últimos años y murió en 1984. Foto: Joan Ivars.

Una cuestión de principios

Holanda dejó de vender armas a Arabia Saudí. ¿La razón? Un informe de la ONU que concluye que la coalición encabezada por Riad contra los rebeldes de Yemen ha bombardeado objetivos civiles como escuelas, mezquitas, hospitales y mercados públicos. Pero Holanda es una excepción en Occidente.

En general, el dinero saudí es recibido con alborozo, a pesar de ser el mismo que financia la expansión del wahabismo (la versión más integrista y radical del islam) por todo el planeta y de ser un régimen que no respeta los más elementales derechos humanos. Uno de los más entusiastas socios económicos de Arabia Saudí ha sido el gobierno español de Mariano Rajoy. En 2015, la venta de armas en España batió récords históricos: sólo en los primeros seis meses vendió 448 millones de euros en armamento, más que cualquier otro año completo durante la última década. 2015 fue año de elecciones y había que acelerar el negocio. La cifra, en cualquier caso, se queda pequeña frente a los 3.500 millones de euros que el Reino Unido vendió a Riad desde que los saudíes entraron en el conflicto yemení, en marzo del año pasado.

22445155643_11748c9fce_z(1)

David Cameron conversa con el rey saudí Salmán bin Abdulaziz en la cumbre del G20 en Turquía, en noviembre de 2015. Foto: Crown Copyright/Georgina Coupe

El gobierno del ex primer ministro canadiense Stephen Harper también fue socio preferente de un régimen que es capaz de condenar a una chica violada a 200 latigazos y seis meses de prisión. Harper defendió los contratos y quitó importancia al cotidiano atropello a los derechos humanos que se produce en Arabia Saudí. “No es justo castigar a los trabajadores de una fábrica de London [Ontario] por esto”, llegó a decir.

Cuando el liberal Justin Trudeau accedió a la presidencia de Canadá parecía que todo esto iba a cambiar. Lamentablemente no ha sido así. Su ministro de Asuntos Exteriores, Stéphane Dion, explicó la conveniencia de mantener los contratos firmados por Harper con la monarquía saudí, un régimen que en 2015 incrementó sus ejecuciones un 76% respecto al año anterior: aplicó la pena de muerte a 158 personas, “una ola de ejecuciones sin precedentes”, según Amnistía Internacional.

Pero hablamos de un acuerdo de 10.000 millones de euros, y con tanto dinero en juego, según Dion, no se puede ser tan tiquismiquis: “Si Canadá debe dejar de hacer negocios con los países que reconocen o aplican la pena de muerte, la lista podría ser muy larga. Y no habría que irse muy lejos”, remató en referencia a su principal socio económico, los Estados Unidos. “Las informaciones indican que Arabia Saudí no ha hecho un uso inapropiado del equipamiento [por ahora jeeps blindados, fundamentalmente] para violar los derechos humanos”, añadió para ratificar el acuerdo.

25348230871_6988d5245e_z

En misa y repicando: Stéphane Dion en Ginebra, en marzo de 2016, durante la pasada Conferencia de Desarme. Foto: UN Photo / Elma Okic

Se hace necesario un breve resumen del conflicto yemení: Yemen es el campo de batalla extranjero en el que las dos superpotencias islámicas, Arabia Saudí e Irán, están combatiendo. Los saudíes (sunitas) entraron en la guerra civil yemení para atacar a los rebeldes hutíes (chiitas), que reciben apoyo del régimen iraní (también chiita). Pero todo esto es un rollo, nadie está interesado en este tipo de conflictos bárbaros y tercermundistas. Los inversores sólo ven la cuenta de resultados. Lo demás les trae sin cuidado. Afortunadamente para ellos, desde hace décadas los gobiernos occidentales trabajan fundamentalmente para los inversores, no para los ciudadanos. Y cuando la maquinaria bélica saudí empieza a funcionar, los beneficios se disparan. Véase el incremento en la exportación de armas vendidas por el Reino Unido a Arabia Saudí:

Armas UK

Fuente: The Guardian

Según el informe de Naciones Unidas, la coalición liderada por Arabia Saudí emprendió 22 ataques a hospitales, 10 ataques a mercados públicos, 9 ataques a campos de refugiados, 9 ataques a aeropuertos, 8 ataques a escuelas, 7 ataques a organizaciones humanitarias, 5 ataques a vehículos de que transportaban civiles (incluida una ambulancia)… Entre marzo de 2015 y marzo de 2016 se han registrado 3.218 muertes de civiles.

Pero 10.000 millones son 10.000 millones. Los principios morales pueden relajarse ante una cantidad así. ¡Demonios, los principios morales no son iguales aquí y allí! El régimen saudí, por ejemplo, cree que los latigazos y las penas de prisión aplicadas tradicionalmente en su país a los homosexuales se quedan cortas como castigo. Actualmente se está planteando aplicar la sharía con más rigor si cabe y llegar incluso a la pena de muerte para los gays.

Pero el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, no tiene problemas morales para hacer negocios con ellos. Puede meter 10.000 millones de euros de dinero saudí en los bolsillos de la élite económica canadiense y luego, sin aparente contradicción, encabezar el desfile del Orgullo Gay en Toronto. Lo hacía en la oposición y ahora, en el gobierno, será el primer presidente canadiense en hacerlo.

toronto-pride-parade-2015

Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros.     Copyright: Chris Young/Canadian Press

Todo el mundo quiere a Justin

25218728584_3c29cb76e1_z

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, recibe en Nueva York una insignia de manos de la directora ejecutiva de ONU Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuka, en marzo de 2016. Foto: UN Women/Ryan Brown

Como Mary Poppins, Justin Trudeau parece “prácticamente perfecto en todo”. Accedió a la presidencia de Canadá a finales de 2015. Entonces enamoró a los electores y arrasó en las urnas. Y ya en el poder está enamorando a todo el mundo, en primer lugar a los estadounidenses, que ven con envidia al mandatario del Norte cuando lo comparan con los aspirantes a la Casa Blanca, Donald Trump y Hillary Clinton. “¿No puedes presentarte a presidente aquí?”, le preguntaron dos jóvenes en una cafetería de Nueva York antes de implorárselo, humorísticamente, de rodillas. El

 

trudeauNYC

Lo sorprendente de Trudeau es que ha enamorado incluso a quienes se encuentran ideológicamente más alejados de él. Un buen ejemplo es el de Jean-Luc Mélenchon, líder del Frente de Izquierda, la coalición que engloba al Partido Comunista Francés y al Partido de Izquierda, entre otras formaciones políticas. Mélechon elogia en su blog la valentía de Trudeau a la hora de manejar temas espinosos como el de la inmigración o la política antiterrorista, y aprovecha de paso la alabanza para atizarle al presidente de la República, el socialista François Hollande. Aquí está el texto traducido al español:

La vergüenza no es obligatoria

¡Qué vergüenza! ¡En el momento en el que François Hollande proponía la pérdida de la nacionalidad [francesa] para los individuos con doble nacionalidad condenados por terrorismo, Canadá suprimía esta medida! El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, había prometido en su campaña electoral derogar la ley que permitía despojar de su ciudadanía canadiense a un canadiense condenado por atentar contra el interés nacional. Tomó posesión el 4 de noviembre de 2015. Es decir, diez días antes de los atentados de París. Y trece días antes del vergonzoso discurso de François Hollande en el que proponía esta medida, ‘birlada’ del catálogo de la extrema derecha. Justin Trudeau presentó en febrero un proyecto de ley que abole la posibilidad de despojar de su nacionalidad a un canadiense binacional. Sin embargo, este jefe de gobierno es un “liberal”. Se supone que está más a la derecha que un supuesto “socialdemócrata” francés como Hollande. Lo que nos lleva a preguntarnos si estas etiquetas dicen hoy algo relevante de la acción política. Y sobre todo si François Hollande ha dado la espalda de una vez por todas a la historia republicana y progresista proponiendo una medida semejante.

El proyecto de ley que deroga la pérdida de la nacionalidad para los canadienses fue presentada el pasado 25 de febrero. Justo el mismo momento en el que el parlamento francés debatía la introducción de esta medida para los franceses con doble nacionalidad. El contraste es asombroso. En Canadá, la ley fue adoptada en mayo de 2015 para despojar de la ciudadanía canadiense a los binacionales. Aquellos, precisamente, que habían sido condenados por actos de terrorismo o crímenes contra el interés nacional. Esta ley fue adoptada por la mayoría conservadora en aquella época [con Stephen Harper como primer ministro]. Se implantó tras un ataque yihadista especialmente horrible contra el parlamento canadiense. (…) En el momento en el que fue votada esta ley, el líder del partido liberal, Justin Trudeau, estaba entonces en la oposición. Prometió que derogaría esta medida si ganaba las siguientes elecciones. Su partido fue el más votado en octubre. He aquí una lección: ¡tomar prestados los discursos de la extrema derecha no es el mejor medio de ganar las elecciones!

El nuevo gobierno propuso en febrero de 2016 un proyecto de ley para abolir esta medida. Está siendo examinado en el parlamento canadiense. El ministro de Inmigración del gobierno Trudeau [John McCallum] defiende su posición con argumentos idénticos a los que nosotros [el Frente de Izquierda] hemos utilizado contra el proyecto de François Hollande. La ley precedente “ha creado dos clases de canadienses y nosotros creemos firmemente que no hay más que una clase de canadienses y que todos los canadienses son iguales. Todos los ciudadanos canadienses son iguales ante la ley, hayan nacido en Canadá, hayan obtenido la nacionalidad en Canadá o posean una doble nacionalidad”, ha declarado el ministro encargado del tema. “No podemos elegir entre buenos y malos canadienses. Aquellos que cometan crímenes deberán hacer frente a las consecuencias de sus acciones a través del sistema judicial canadiense” y solamente de esta manera.

Sólo un individuo ha perdido [su nacionalidad] en virtud de esta ley, un jordano-canadiense sentenciado a cadena perpetua en 2006 por haber planificado un atentado en Toronto. Y se le despojó el pasado octubre, en plena campaña electoral. Su nacionalidad le será restituida. De ahora en adelante, sólo podrá ser desposeído de su nacionalidad una persona que la haya obtenido de manera fraudulenta o con mentiras. Por cierto, el proyecto de ley prevé también facilitar la adquisición de la ciudadanía canadiense reduciendo las exigencias de dominio de la lengua, sobre todo para los adolescentes, y reduciendo el tiempo de presencia en el país a tres años antes de poder pedir la naturalización. Por otro lado, el gobierno ha anunciado su intención de abandonar la coalición militar contra el Estado Islámico y de acoger a 29.000 refugiados sirios. ¿Lo habéis entendido? Quizás deberíais leerlo otra vez. ¡Sí, es posible! ¡La dignidad, el honor, el coraje de la Virtud son posibles! La apatía, la humillación electoralista ante la peor de las estupideces de un frente de bestias no es la única actitud posible. No lo es para los “progres” y tampoco lo es para la derecha. Es un hombre de derechas quien lo demuestra.

18047613433_fd0d7f4b22_z

Jean-Luc Mélenchon, con chaqueta negra, junto a otros europarlamentarios durante una protesta en Estrasburgo contra el Tratado de Libre Comercio entre EE.UU. y la Unión Europea. Foto: GUE/NGL

Hay que reconocerle a Trudeau su coherencia y su valentía, desde luego. Todo Occidente tiene mucho que aprender de Canadá, pero habría que rebajar el nivel de forofismo en torno a su primer ministro. Cuando llegue la hora de la verdad sobre el CETA (Acuerdo integral de Economía y Comercio entre Canadá y la Unión Europea) y el TTIP (el tratado de libre comercio entre EE.UU. y la UE), quizás debamos replantearnos nuestro idilio con el guapo —y liberal, no lo olvidemos— Trudeau. Muchos canadienses y muchos europeos verán rebajados sus salarios o perderán sus empleos. Quizás entonces ya no nos parezca tan perfecto.

 

¿Quién será el próximo primer ministro?

14 de octubre de 2015

El próximo lunes, 19 de octubre, Canadá acude a las urnas para elegir a su gobierno federal. Los sondeos no son claros y ofrecen casi un triple empate entre el Partido Conservador (en el poder desde 2006), el Partido Liberal (históricamente el gran partido de centro: ha gobernado el país durante 69 años del siglo XX) y el Nuevo Partido Democrático (socialdemócrata, fundado en 1961 por Tommy Douglas, el político más respetado de la historia del país por ser el impulsor de la asistencia médica universal en Canadá).

Nadie se fía de las encuestas, que dan un 30% de los votos a cada uno de estos partidos. El candidato liberal, Justin Trudeau, ha irrumpido con fuerza y ha enderezado el rumbo de un partido histórico pero errático en los últimos años (en los que, sobre todo entre sus socios provinciales, ha tenido que soportar graves acusaciones de corrupción).

Justin Trudeau, del Partido Liberal, en un mitin de campaña en Ottawa. Foto: Joseph Morris.

Justin Trudeau, del Partido Liberal, en un mitin de campaña en Ottawa.
Foto: Joseph Morris.

Su campaña se ha centrado en la idea de fortalecer otra vez a la clase media, muy maltratada tras casi diez años de gobierno conservador. Trudeau, una especie de Albert Rivera a la canadiense, está avalado por su físico (siempre tan importante), su federalismo apasionado, su perfecto bilingüismo y, sobre todo, por su apellido: es hijo del carismático Pierre Elliott Trudeau, que fue primer ministro de Canadá durante 15 años.

El aspirante socialdemócrata, Thomas Mulcair, es el político con el que todo el mundo está de acuerdo pero (con los candidatos de izquierdas suele ser así, en todas partes) del que los votantes no se acaban de fiar.

Tom Mulcair (en primer término) junto a Jack Layton (detrás), en una imagen previa a la campaña de 2011. Foto: Canada's NDP / NPD du Canada

Mulcair (en primer término) junto a Jack Layton (detrás), en una imagen de abril de 2011. Layton fue el artífice del resurgir del partido socialdemócrata en las elecciones de aquel año.
Foto: Canada’s NDP / NPD du Canada

En contra de Mulcair pesa su pasado en el Partido Liberal de Quebec, en el que militó entre 1994 y 2007. Él lo explica diciendo que por aquel entonces, en la época del segundo referéndum de independencia (1995), los liberales eran la única opción federalista creíble en la provincia (además, el NPD no concurre a las elecciones provinciales en Quebec). En cualquier caso, en su feudo electoral, Outremont (en el centro de Montreal), fue siempre el candidato más votado, ya fuera encabezando la lista liberal (a las provinciales) o la socialista (para el parlamento nacional).

Al margen de sus éxitos electorales, Mulcair no lo ha tenido fácil en su propio partido: ha tenido que ocupar el liderazgo de una figura insustituible, Jack Layton, el candidato que estuvo a punto de ganar las elecciones en 2011 y que enamoró a los canadienses (incluidos, inesperadamente, los quebequeses) con sus discursos llenos de esperanza y en contra de la desigualdad. Por desgracia, Layton falleció de cáncer pocas semanas después de aquellos comicios. Antes de morir, escribió una carta a sus conciudadanos:

“Amigos, el amor es mejor que la furia. La esperanza es mejor que el miedo. El optimismo es mejor que la desesperación. Seamos pues amor, esperanza y optimismo. Y cambiaremos el mundo”.

Jack Layton

De haberle respetado la salud, ni el guapo Justin hubiera podido pararlo en las elecciones del próximo lunes.

Y así llegamos al conservador Stephen Harper, el tercero en discordia y actual primer ministro. Observando su trayectoria, no parece bien colocado para ser nuevamente reelegido (lleva en el poder desde febrero de 2006). Pero todo puede pasar.

Stephen Harper durante la pasada Calgary Stampede, el festival donde se celebra el rodeo más grande del mundo. Dicen que Alberta, la provincia natal de Harper, es culturalmente la más estadounidense de todo Canadá. Adoran los rodeos, la música country, la estética cowboy y los impuestos bajos. Aunque parece que ya se han hartado: los socialistas ganaron las elecciones provinciales del pasado mes de mayo después de 80 años de gobiernos conservadores.

Stephen Harper durante la pasada Calgary Stampede, el festival donde se celebra el rodeo más grande del mundo. Dicen que Alberta, la provincia natal de Harper, es culturalmente la más ‘estadounidense‘ de Canadá. Adoran los rodeos, la música country, la estética cowboy y los impuestos bajos. Pero todo tiene un límite: los socialistas ganaron las elecciones provinciales del pasado mes de mayo después de 80 años de gobiernos conservadores.

Durante su mandato, Harper favoreció la extracción de petróleo en su provincia natal, Alberta, y en todo el país por el polémico procedimiento de las arenas bituminosas, muy contaminante para el aire, el agua y el suelo. Además, emulando a sus vecinos estadounidenses, relajó las leyes para que la gente pudiera comprar armas libremente (aunque sólo escopetas de caza, no pistolas ni fusiles de asalto) y para que se borrase el antiguo registro de la Policía en el que los compradores debían inscribirse.

En política exterior se alineó con la línea más dura del gobierno de George W. Bush y en materia económica ha fomentado leyes que permiten a los los más ricos sortear a la agencia tributaria. Para ellos inventó en 2008 las CELI (cuentas de ahorro libres de impuestos). Sus políticas le han generado la animadversión de las mujeres (se plantea endurecer las condiciones objetivas para abortar), los indígenas (sobre sus reservas se cierne el fantasma de la explotación forestal y petrolífera, que Harper no va a detener), los artistas (ha recortado las subvenciones de forma radical), los ecologistas (le importan un bledo Kioto, Oslo o cualquier acuerdo similar), los inmigrantes (su política ha sido muy restrictiva y ha quedado en evidencia durante la crisis de los refugiados sirios: su gobierno le negó la entrada al país al padre de Aylan, el niño kurdo que murió ahogado el pasado mes de septiembre y cuya imagen dio la vuelta al mundo), los trabajadores de Radio-Canada (dice Harper que la tele y la radio públicas son hostiles a los conservadores), etc, etc, etc.

En España la publicidad de algunos partidos políticos puede parecer zafia, tramposa o incluso estúpida. El Partido Conservador de Canadá ha ido un poco más allá. Harper, aterrorizado por el empuje de Justin Trudeau, ha decidido lanzarse a por el voto inmigrante sacando la brocha gorda: ha incluido publicidades en medios en lengua china y panyabí (India y Pakistán) en las que se relaciona al candidato liberal con una epidemia de droga y prostitución.

La sutileza nunca fue el punto fuerte de Stephen Harper...

La sutileza nunca fue el punto fuerte de Stephen Harper…

Durante su primera campaña electoral se le preguntó a Harper cuál era su libro favorito. El entonces futuro primer ministro contestó que era El libro Guinness de los récords. Un año después, en 2007, el escritor canadiense Yann Martel, autor de La vida de Pi, empezó a enviarle cartas a Harper con el propósito de corregir la ignorancia que, con evidente recochineo, se le atribuía popularmente. En ellas le recomendaba lecturas que podrían ayudarlo a enderezar el rumbo de su gobierno. Estas misivas fueron posteriormente reunidas y editadas bajo el título What Is Stephen Harper Reading?

“Ya sé que está usted muy ocupado, señor Harper. Todos los estamos. Pero todo el mundo cuenta con un espacio cercano al sitio en el que duerme, ya sea un trozo de suelo o una fina mesita de noche. En ese espacio, por la noche, un libro puede resplandecer. Y en momentos de mansa vigilia, cuando empezamos a dejar atrás el día, es el momento perfecto para tomar ese libro y ser otra persona, estar en otro lugar, sólo unos minutos, durante unas pocas páginas, justo antes de dormir”.

El primer libro que le recomendó fue La muerte de Ivan Ilich, de Leon Tolstoi. Y le indicó que se fijara bien en el personaje de Guerassim, el mujik atento y compasivo que acompaña al protagonista en sus últimos momentos.

“Sospecho que es el personaje en el que nos reconocemos a nosotros mismos o al menos al que nos gustaría parecernos. Esperemos que ese día, cuando llegue el momento, tengamos a alguien como Guerassim a nuestro lado”.

Lo que Martel le pedía a Harper es que fuera el Guerassim de los canadienses. O dicho de otro modo, que fuera Jack Layton.

Y, claro, eso es imposible.

Una religión llamada hockey

Antiguamente, en Montreal sólo había dos sitios en los que anglófonos y francófonos compartieran asiento sin excesivos recelos: el banco de la iglesia cuando la misa aún era en latín (entonces no era raro ver juntos a católicos francocanadienses e irlandeses en el mismo oficio) y las gradas del Forum, que fue el estadio de los míticos Canadiens Montréal de 1924 a 1996.
El hockey no es sólo el deporte nacional de Canadá; es casi una religión. Es tan importante que hasta aparece en el dorso de los billetes de 5 dólares, en el que se ve a unos niños jugando al hockey.

Canada 2003 BC-62a-i Back

Una cita (en los dos idiomas, claro) del escritor Roch Carrier adorna el dibujo:

“Los inviernos de mi infancia eran muy, muy largos. Vivíamos en tres lugares: la iglesia, la escuela y la pista de patinaje. Pero la vida de verdad estaba en la pista de patinaje”

Roch Carrier, ‘El chándal de hockey’ (1979)

El cuento de Carrier narra la historia de un niño que, en los años cincuenta, pide por correo la equipación de su equipo favorito, los Canadiens de Montreal, pero por error le llega a casa la del eterno rival, los Maple Leafs de Toronto. Pero como es el único chándal que tiene, se lo pone, con lo que se gana las burlas de sus compañeros de juego. Pretendidamente conciliador, el relato puede leerse también como una metáfora de la pugna entre dos culturas: la francesa y católica de Quebec frente a la inglesa y protestante del resto de Canadá. “Es una historia muy simple”, ha contado Carrier. “Nunca he intentado hacer un retrato de Canadá. Sólo soy un contador de historias. (…) Me he pasado la vida contestando a esa pregunta: ‘¿Por qué ese cuento llegó a ser tan popular?’. Y la verdad es que no lo sé. Es un regalo, un inmenso privilegio, porque no hay ninguna receta, una cosa así no puedes planearla. No puedes decir: ‘Voy a escribir un cuento sobre un chándal de hockey porque a la gente le gusta el hockey y lo leerán todos lo amantes del hockey’. Las cosas no funcionan así”.

Portada de la versión en inglés de 'El chándal de hockey'.

Portada de la versión en inglés
de ‘El chándal de hockey’.

La esquizofrenia identitaria entre anglófonos y francófonos no ha impedido que los Canadiens de Montreal se convirtieran en el equipo más grande de la historia. Nadie ha ganado más veces la liga de la NHL (24 veces), y también tuvieron a su particular Alfredo Di Stéfano, un jugador que cambió la historia de su deporte para siempre: Maurice Richard.

El bravo Richard saluda al portero de los Boston Bruins, 'Sugar Jim' Henry, tras un partido, en 1952.

El bravo Richard, con la ceja aún abierta y sangrando, saluda al portero de los Boston Bruins, ‘Sugar Jim’ Henry, tras un partido en 1952.

La talla legendaria de Richard es tan grande que se trata de un jugador ecuménico, admirado por todos los aficionados, independientemente de la lengua que hablen y la religión que profesen. Un ejemplo ilustre de esta devoción lo encontramos en el escritor Mordecai Richler, anglófono, educado en el judaísmo ortodoxo, azote del nacionalismo québécois y fan irredento de los Canadiens. En sus archivos, conservados en la Universidad de Concordia (Montreal), hay dos fotos que el autor de La versión de Barney tenía expuestas en su casa: una del equipo al completo y otra de Maurice Richard. El escritor vivió fuera de Montreal de 1959 a 1972. Pasó por Londres, París y España (país por el que guardó siempre una especial predilección y donde ambientó su primera novela, The Acrobats) y volvió a su ciudad natal, según sus propias palabras, porque sentía “nostalgia de las ventiscas de nieve, el hockey y los bocadillos de carne ahumada”.

Richard, apodado Le Rocket (‘El Cohete’), es, por su parte, el gran icono deportivo de los francocanadienses, pero su importancia no se limita al hockey: es un héroe nacional en Quebec. En 1955, una sanción injusta tras una pelea con dos jugadores de los Boston Bruins provocó una verdadera revuelta en Montreal. Lo expulsaron para toda la temporada cuando los Canadiens peleaban por el título, y los aficionados entendieron que la severidad de la sanción se debía a su origen francocanadiense. No faltan quienes consideran aquellos incidentes como el inicio de la Revolución Tranquila, que culminaría en los años 60 y 70 con la separación de Iglesia y Estado en Quebec y la adopción del francés como única lengua oficial de la provincia.

Aunque el Toronto Maple Leafs fue el gran rival de Montreal entre los años 40 y los 60, después apareció en escena un equipo temible con el que los Canadiens tuvieron una serie de enfrentamientos míticos: los Boston Bruins. En la novela La versión de Barney, uno de estos grandes duelos coincide con la boda del protagonista. Y él, huelga decirlo, está más pendiente del partido que de atender a los invitados al banquete. ¿Un forofismo exagerado? Tampoco tanto, si se conoce la pasión con la que los aficionados de los Canadiens viven el hockey.

Paul Giamatti y Dustin Hoffman en la adaptación al cine de 'La versión de Barney'. Padre e hijo le dan la espalda a la boda para seguir el partido de los Canadiens.

Paul Giamatti y Dustin Hoffman en la adaptación al cine de ‘La versión de Barney’. Padre e hijo le dan la espalda a la boda para seguir el partido de los Canadiens.

Entre 1976 y 1979, el equipo quebequés ganó las cuatro Stanley Cups de aquellos años, dejando, literalmente, sangre, sudor y lágrimas sobre la pista de hielo. Los Bruins eran el reverso tenebroso y marginal de la sofisticada ciudad de Boston. En aquel tiempo, su entrenador, Don Cherry, armó un equipo de gladiadores despiadados al que apodaron The Lunch-Pail Gang (‘La banda de la fiambrera’), con el que Cherry quería conectar, a hostia limpia, con el público proletario de su ciudad. Y lo consiguió. No ganaron la Stanley Cup, pero dejaron un recuerdo tan imborrable y patente como una cicatriz en la cara. Basta una anécdota para conocer el carácter implacable de aquel plantel de camorristas: en un partido contra los New York Rangers, en 1979, Terry O’Reilly saltó la mampara de cristal del Madison Square Garden para pegar a un aficionado rival. Al pendenciero O’Reilly, un jugador mediocre pero indómito, le apodaban Taz, en referencia al Demonio de Tasmania. Tanta violencia, en cualquier caso, no les condujo al título. Cherry fue despedido y en los años ochenta comenzó una nueva vida como comentarista deportivo, tan polémica como cuando era entrenador. Los vídeos con sus resúmenes de la liga, titulados Rock’Em Sock’em Hockey y centrados fundamentalmente en los mamporros, se vendieron como rosquillas. El primero de ellos lo presentó acompañado de un bullterrier.

Don Cherry, entrenador de los salvajes Boston Bruins de los años 70, en el primer programa de 'Rock'Em Sock'em Hockey'.

Don Cherry, entrenador de los salvajes Boston Bruins de los años 70, en el primer programa de ‘Rock’Em Sock’em Hockey’.

Los Canadiens salieron victoriosos de aquella guerra, y luego ganaron dos ligas más (en 1986 y 1993), pero la sequía de títulos empieza a ser insoportable. Veintidos largos años sin levantar la copa son demasiados. Esta temporada quedaron los primeros de su división en la liga regular y llegan llenos de entusiasmo a los play-offs. Cuentan con uno de los mejores porteros de la historia, Carey Price, y con un plantel muy bien conjuntado en el que ha destacado P.K. Subban, jugador fortísimo, dinámico, gran defensa y mejor anotador. Los hinchas tienen buenas razones para soñar.

¿Será 2015 el año del regreso triunfal?

PD: No. 2015 tampoco fue el año del regreso triunfal. Los Canadiens fueron derrotados en la semifinal de la conferencia Este por el Tampa Bay Lightning. El equipo de Florida eliminó después a los New York Rangers y llegó a la final de la NHL, pero la perdió. Chicago Blackhawks acabó levantando su sexta Stanley Cup.

Leonard Cohen y la ciudad milagrosa

cohen

“Me siento en casa cuando estoy en Montreal, de una manera que no siento en ningún otro sitio. Simplemente me gusta. No sé por qué, pero es un sentimiento que se hace más fuerte conforme me voy haciendo más y más viejo”. Leonard Cohen.

Urbanísticamente, Montreal responde al clásico patrón de las ciudades norteamericanas: un entramado de calles kilométricas y rectilíneas por donde es imposible perderse, algo así como un inmenso Eixample. La calle Sherbrooke, por ejemplo, recorre la isla de punta a punta a lo largo de 30 kilómetros. Por algo Robert Charlebois hablaba en su canción Je reviendrai à Montréal de la ciudad cuyas calles “no terminan jamás”. Escogiendo sólo un trozo, en un paseo de un par de horas uno puede darse cuenta de la gran diferencia que existe entre las dos comunidades históricas. Al oeste se encuentra Westmount, el barrio anglófono acomodado, plagado de residencias de lujo. Muy cerca de allí está la universidad McGill, un campus privado que recuerda a Oxford, sembrado mansiones victorianas. Enfrente está el museo de Bellas Artes y el hotel Ritz-Carlton. La comparación con la universidad pública francófona, la UQÀM, es significativa. Los edificios de ésta última están desperdigados por el centro de la ciudad, entre sex-shops y establecimientos de comida rápida. Caminando hacia el este, Sherbrooke cambia de acento, el francés se impone al inglés y el paisaje pierde su solemnidad. Quien prefiera, por ejemplo, la Barceloneta a Pedralbes o Carabanchel a La Moraleja, suspirará de alivio con el cambio.

Sólo una parte de la ciudad se escapa de este trazado lineal y racionalista. Se trata del Puerto Viejo, el barrio más antiguo de Montreal, a orillas del río San Lorenzo. Allí instalaron sus primeros negocios los tratantes de pieles de castor en 1611. Y allí vivía la Suzanne de la canción de Leonard Cohen, cuando aún era un barrio portuario y deprimido, en los primeros años sesenta. Aquellos edificios medio abandonados, refugio de hippies y bohemios, han sido rehabilitados y sus callejuelas, parecidas a las de un pueblo bretón, bullen hoy de turistas. Algunos hoteles de la zona cobran hasta 300 dólares por noche. El barrio es muy diferente al que el joven Cohen retrató en su canción sobre esa chica que te llevaba “a su escondite, al lado del río, donde podías oír las barcazas y pasarte toda la noche a su lado”. Cohen dice que aquella era una canción sobre el Montreal que tanto le gustaba, “el del puerto, el muelle y la iglesia de los marineros, llamada Notre-Dame-de-Bonsecours”. A aquel templo acudían los pescadores para pedir la protección de la Virgen antes de hacerse a la mar. Como ofrenda tallaban réplicas en miniatura de sus propios barcos. Estos devotos objetos de artesanía siguen colgando hoy del techo de la iglesia.

 

15017513077_3a4372f858_z

Iglesia de Notre-Dame-de-Bon-Secours, en el Puerto Viejo de Montreal. Foto de Steve Soblick.

 

Cuenta Leonard Cohen que su vida cambió cuando entró en una librería de viejo de Montreal y se topó con una antología de poemas de Federico García Lorca. Ante los versos del Diván del Tamarit, aquel tímido adolescente judío vivió su particular epifanía. “Alteró el curso de mi mezquina y minúscula existencia”, ha confesado el músico reiteradamente. Las estrofas “¿Qué luna gris de las nueve te desangró la mejilla? ¿Quién recoge tu semilla de llamaradas en la nieve?” contenían toda la pasión críptica que marcaría la obra posterior de Cohen. Fue el Big Bang de su cosmogonía poética. Leyó a Lorca en un sitio improbable, Montreal, y supo lo que quería ser en la vida: poeta. Y no fue la única vez que encontró inspiración en las calles de su querida ciudad. En Westmount escuchó a un joven español tocar la guitarra y corrió a una casa de empeños a comprarse una. Luego contactó con él y recibió sus primeras clases. “Aquellos simples acordes que aprendí de él son la base de toda mi música”. A falta de un mejor término, llamemos azar a este tipo de fecundas confluencias.

Los milagros no son patrimonio de las ciudades deslumbrantes tipo París o Venecia. El racional urbanismo americano de Montreal no debe llevar a engaño. En realidad rebosa talento. Se encuentra en forma de arte urbano, de músicos callejeros, de saltimbanquis, de trovadores. La ciudad, que vive congelada seis meses al año, explota en verano, florece, se asoma al exterior llenando las aceras de terrazas y sonidos venidos de todos los rincones del mundo. Vive entonces su anual milagro de la resurrección. Montreal, esa rareza, esa prodigiosa desviación francófona de América del Norte, es, en sí misma, un milagro.

 

 

La soportable levedad del cliché

Ile-du-Prince-Edouard

“Una isla bella, repleta de tierra roja, con los bordes desgarrados por ensenadas y bahías”, escribe Antonine Maillet. Habla de la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá). Foto: Nicolas Raymond.

Ay, la visión de los demás… ¡cuántas sorpresas nos deparan!

Una vez vi un barman en Montreal (simpatiquísimo, algo muy normal entre los canadienses), que llevaba una camiseta negra con el toro de Osborne en rojo. La había comprado en una tienda de souvenirs y debajo del españolísimo cornúpeta figuraba, en mayúsculas, el nombre de una ciudad: BARCELONA.¿Merecía la pena aclararle aquel batiburrillo conceptual, sacarle de su error?

El mundo es complicado (o simplemente grande), por eso inventamos los clichés. Los canadienses cazan focas, los franceses no se lavan, los suecos son honrados, los españoles, corruptos, y ningún texano ha votado jamás al Partido Demócrata. Esta visión reduccionista del mundo la tenemos todos. Lo importante es saber que no es verdad. O mejor aún, que no tiene importancia. Se imponen clichés locales (sobre el pueblo de al lado), regionales, nacionales, que sólo funcionan en ausencia de movimiento. O dicho de otro modo: al viajero le traen sin cuidado los clichés. Hasta le hacen gracia.

La historia de Canadá y la de Euskadi están ligadas por vía marítima. Portugueses y vascos han sido siempre los más audaces a la hora de ir a pescar allí donde nadie lo ha hecho antes. Poco después de que Jacques Cartier pusiera el pie en territorio quebequés (hablamos de 1534), ya había vascos lanzando sus artes en el Golfo de San Lorenzo. Al parecer, la pesca allí era algo impresionante. El bacalao saltaba prácticamente a bordo del pesquero, como si quisiera conocer Europa, el pobre. Así lo cuenta el aventurero Claude Lebeau:

“Era un placer ver esta pesca. Sólo con tirar el anzuelo, nuestros marineros hacían una captura. De este modo, no había más que tirarlo y recoger. Por lo tanto, es cierto que la prodigiosa cantidad de bacalao que vemos en Europa viene principalmente de este emplazamiento”.

Claude Lebeau, ‘Aventures du s. C. Le Beau, avocat en Parlement’ ¹ (1738)

Mi amigo Asier Martiarena, además de ser un periodista riguroso y avisado, es, como buen vasco (cuidado, que viene otro cliché), un excelente cocinero y erudito gastrónomo. Y tiene la cualidad contagiosa del entusiasta: te explica cómo convertir una triste ensalada de canónigos en un festival del sabor añadiendo apenas un par de ingredientes. Y te lo crees. Y quieres hacer la prueba y comértela. Eso es un don. Del bacalao suele decir que es “un pescado muy agradecido. Muy mal lo tienes que cocinar para echarlo a perder”.

Efectivamente, el bacalao lo resiste todo, y no sólo en los fogones. Se sala, se ahúma, se conserva estupendamente. Por eso ofrecía tantas posibilidades comerciales y por eso los vascos no dudaban en navegar 5.000 kilómetros para pescarlo en cantidades industriales.

Al cabo de 400 años, la rica tradición oral francoamericana ha cambiado un tanto el papel de los pescadores vascos en sus costas. Según cuentan, los vascos ganaron fama en Canadá no por pescar bacalao (o fletanes o arenques) sino por cazar morsas. La escritora Antonine Maillet habla así de las andanzas vascas en las costas de la Acadia, alrededor de la isla de San Juan (hoy llamada Isla del Príncipe Eduardo y escenario idílico de la novela Ana, la de Tejas Verdes):

“Una isla bella, repleta de tierra roja, con los bordes desgarrados por ensenadas y bahías, como si las ballenas de los tiempos remotos hubieran mordido la costa de forma feroz. Ballenas que no tenían inconveniente en acercarse para arrojar sus chorros de agua hasta las mismas orillas de la isla. Y lo mismo hacían las marsopas y los marrajos y las morsas. Y los vascos desbrozaban para la gente de la carreta [acadianos deportados que vuelven a su tierra] su linaje de ancestros marineros y cazadores de morsas que durante siglos abastecieron de marfil a Europa.

—Andad e id a desenterrar los esqueletos de las morsas, en los barrancos de las islas, y os puedo asegurar que a todos les faltarán los colmillos del mentón”.

Antonine Maillet, ‘Pélagie-la-Charrette‘ (1979).

Lo curioso del relato de Maillet es que, ajena a los estereotipos españoles, presenta a un vasco muy diferente al nuestro.

Pelagie_GranSol

Nuestra literatura ha reproducido fielmente el cliché del aguerrido marinero euskaldún, una suerte de rocoso working hero, implacable carcelero de sus propios sentimientos y poco dotado para la expresión oral. Veamos, por ejemplo, a Simón Orozco, el patrón del Aril en la novela de Ignacio Aldecoa Gran Sol. Orozco es un marino vasco de los pies a la cabeza, circunspecto, inexpresivo, melancólico, solitario. Aferrado al timón, otea el horizonte oceánico, piensa en su familia y si abre la boca es para dar órdenes cortantes a su tripulación. Es severo, taciturno, estoico.

“Simón Orozco comenzaba su jornada de diecisiete horas al timón. Diecisiete horas, diecisiete días seguros. Comiendo al timón, soñando al timón, esperando al timón, obseso de los embarres de la red y de la marcha del barco compañero. Simón Orozco comenzaba la carrera de los bancos de pesca de la mar del Gran Sol. Arrastre en Petí Sol, en Cockburn, en Hurd, en Labadie, en Jones, en Melville Knoll, en Parsons, en La Chapelle… en Gran Sol. Diecisiete días seguros de soledad en el puente”.

Ignacio Aldecoa, ‘Gran Sol’ (1958)

El retrato del arrantzale austero se mantiene, más o menos igual, en Bilbao-New York-Bilbao (2008), de Kirmen Uribe. Antonine Maillet, célebre creadora del personaje de La Sagouine, presenta en su novela Pélagie-la-Charrette (con la que ganó el premio Goncourt) a unos vascos verdaderamente particulares, los miembros del clan Bastarache. Esta familia, en vez de volver a Euskadi con el resto de pescadores, se queda en Canadá y, cuando Inglaterra ordena la Gran Deportación de los acadianos a Luisiana (1755), los Bastarache se refugian en los bosques y comienzan a vivir al estilo gitano. Son descarados, fiesteros, marginales.

“—Nos deportaron dos veces —confiesa François, el de Philippe, el de Juan [era tradición en la Acadia incluir a los antepasados cuando se hablaba de alguien]—, pero no nos han destruido. Es complicado exterminar a una raza de aventureros que tiene por costumbre moverse como los bloques de hielo en las mareas. Con el tiempo hemos aprendido a brincar de isla en isla, a saltar los estrechos, y a sacar la cabeza del agua para pitorrearnos de los bárbaros que quieren ahogarnos diciéndoles: “¡Hola, hola!”.

Antonine Maillet, ‘Pélagie-la-Charrette’ (1979)

Maillet dota a sus vascos de un temperamento… ¿andaluz? Así parece.

Yo he conocido a andaluces que parecían vascos. Y a vascos que parecían andaluces. Pero el mundo es complicado y hay que simplificarlo. En esa tarea sintetizadora, los clichés son invencibles. Y hasta bonitos.

Como dicen en Italia, se non è vero, è ben trovato.

 

 

Nota ¹: Como era costumbre en la época, a un título corto le seguía otro largo y explicativo (a veces muy, muy largo y muy, muy explicativo). Así, el título completo del libro de Lebeau sería, más o menos, el siguiente: Aventuras del señor Claude Le Beau, abogado del Parlamento o Viaje curioso y nuevo entre los salvajes de la América septentrional en el cual se encontrará una descripción del Canadá con una relación muy especial de los antiguos usos, costumbres y formas de vivir de los bárbaros que la habitan y de la manera en que se comportan hoy. El tunante de Lebeau fue abogado, sí, y con ínfulas, pero lo cierto es que fue detenido por libertinaje y deportado a Canadá, donde continuó sus actividades delictivas y donde fue condenado a muerte. Como estaba fugado y se le había perdido la pista, las autoridades se conformaron con ahorcarlo en effigie, es decir, simbólicamente. Quienes han leído sus aventuras dicen que tenía un cierto talento como escritor, aunque poner títulos, evidentemente, no era su fuerte…