China y los errores de cálculo

Lachine

Para evitar los rápidos y transportar mercancías con seguridad se construyó en 1825 este canal en Lachine, al sur de la isla de Montreal. La casa de la derecha es hoy el Museo del Comercio de las Pieles. Foto: Artur Staszewski.

 

Lachine, una pequeña ciudad al sur de la isla de Montreal, es famosa por dos cosas: por ser el lugar de nacimiento de Saul Bellow (un gigante de la literatura del siglo XX, premio Nobel en 1976) y por la broma que le da nombre al municipio. Los primeros exploradores franceses de Canadá no conocían con precisión las verdaderas dimensiones planetarias como tampoco las conocía Cristóbal Colón, que se embarcó hacia Asia en dirección contraria sin saber que, a medio camino, un obstáculo considerable le impediría continuar su travesía. Ese estorbo marítimo es lo que hoy conocemos como… ejem… América. Con Lachine ocurrió algo similar.

En 1669, el explorador normando René-Robert Cavelier de La Salle se embarcó junto a varios hombres en una ambiciosa expedición: pensaban que bordeando la isla de Montreal hacia el sur y luego girando a la derecha llegarían nada menos que a los mares de China. Cuatro meses más tarde se toparon con las cataratas del Niágara y no tuvieron más remedio que desandar su camino, cariacontecidos, como es natural. El cachondeo a su regreso fue épico. Los montrealeses empezaron a llamar chinos a los bravos aventureros de La Salle y bautizaron como Lachine (en francés literal, la Chine, o sea, China) el punto en el que los expedicionarios viraron hacia el Oeste en busca de nuevas rutas marítimas. Este error de cálculo por parte de La Salle no empaña, en cualquier caso, el carácter heroico de sus expediciones. Exploró los Grandes Lagos de Canadá y Estados Unidos y navegó por el Misisipi hasta su desembocadura, donde fundó Luisiana. Llegó hasta la costa de Texas y sus viajes fueron fundamentales en la extensión del Virreinato de Nueva Francia por toda Norteamérica.

Con el tiempo (y con la llegada del ferrocarril), Lachine se convirtió en un importante centro industrial en el siglo XIX y allí es donde Jules Fournier ambientó su sangriento y divertido folletón El crimen de Lachine.

Pero esa, también, es otra historia…

Anuncios

Si me queréis, irse

Fotograma de 'Léolo' (1992), la obra maestra de Jean-Claude Lauzon.

Fotograma de ‘Léolo’ (1992), la obra maestra de Jean-Claude Lauzon.

¿Cuál es el afán de un escritor? La pregunta parece fácil: ser leído. ¿Ser leído y ya está? Pues no. En la mayoría de los casos, hay más incentivos. “Escribo para que me quieran más”, decía García Márquez. Michel Houellebecq afirma sin rubor que busca la alabanza de sus lectores. “¿Por qué escribe usted?”, le preguntaba Nando Salvà en una espléndida entrevista en el DOMINICAL de El Periódico de Catalunya. “Porque me gusta el aplauso de la gente. Si tuviera que escribir sin ser publicado y leído, no creo que lo hiciera”, confesaba el escritor francés. Esta satisfacción del ego parece un combustible fundamental para el ejercicio de la literatura. Además, los novelistas suelen ser grandes conversadores y, aunque lo nieguen públicamente, les encanta dar entrevistas de promoción. Les hace sentir importantes. Pero no todos son así, claro. Siempre ha habido escritores obsesionados con vivir escondidos, con desaparecer. Queda su obra y nada más. Enrique Vila-Matas ha escrito mucho sobre la vocación escapista de estos escritores (Bartleby y compañía es un libro imprescindible para comprender el fenómeno). Los más célebres son, sin duda, J.D. Salinger, Thomas Pynchon y B. Traven (autor de El tesoro de Sierra Madre y personaje imposible de rastrear por las decenas de seudónimos que llegó a utilizar).

La literatura canadiense también cuenta con su particular perro verde: Réjean Ducharme. El huraño autor de El valle de los avasallados (la extraña y genial novela que inspiró la extraña y genial película Léolo) lleva 40 años sin dar una entrevista. Tampoco consta que se le haya hecho ninguna foto en todo ese tiempo. Ni siquiera su editor en Montreal ha mantenido nunca una conversación cara a cara con él (ni cara a cara ni por teléfono). Su prosa, llena de juegos de palabras, hace muy difícil su traducción, aunque desde hace unos años la pequeña editorial Doctor Domaverso tiene el meritorio empeño de acercar a este singular autor al público hispano. En su 70º cumpleaños Radio-Canada le dedicó un breve pero enjundioso reportaje. Por suerte, cuenta con subtítulos en español y lo enlazamos aquí. Puede parecer el falso documental sobre un escritor misterioso. No lo es. Todo es rigurosamente cierto.

Señoras y señores, con ustedes: Réjean Ducharme.

¿Qué significa “nuvuk”?

cropped-cabogata.jpg

Cabo de Gata (Almería). Foto: Gabriel Villena.

 

Nuvuk significa “cabo” en la lengua inuit. En Canadá hay que decir inuit, no esquimal. Esquimal se considera peyorativo. Según la RAE, cabo, entre otras acepciones, es una “lengua de tierra que penetra en el mar”. En francés, además de este sentido, cap significa también “rumbo”. Así pues, a bordo de un barco, mettre le cap sur Cadix es “dirigirse a Cádiz”, que es una de las mejores cosas que se pueden hacer con un barco. Y con cualquier medio de locomoción, no nos engañemos. En el siglo XVI, los pescadores vascos mettaient le cap sur Canada y se internaban por el golfo de San Lorenzo. Tras faenar en aquellas aguas y con la bodega repleta de bacalao, ponían rumbo al cabo Machichaco y regresaban a casa. Algunos se quedaban más tiempo y atracaban en una isla que entonces no tenía nombre pero que hoy, lógicamente, se llama Île aux Basques. Y no sólo pescaban bacalao. Sobre todo (obsérvese a continuación la sutileza en el cambio de verbo) cazaban ballenas, y lo hacían a troche y moche, como cuenta Antonine Maillet en su novela Pélagie-la-Charrette. Pero contaremos esa historia en otra ocasión. Para eso estamos aquí, para contar historias y hablar del mar, de ballenas, de inuits, de Canadá, de barcos y, sobre todo, no nos engañemos, de libros (o de cualquier otro medio de locomoción).

Bienvenidos.