La soportable levedad del cliché

Ile-du-Prince-Edouard

“Una isla bella, repleta de tierra roja, con los bordes desgarrados por ensenadas y bahías”, escribe Antonine Maillet. Habla de la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá). Foto: Nicolas Raymond.

Ay, la visión de los demás… ¡cuántas sorpresas nos deparan!

Una vez vi un barman en Montreal (simpatiquísimo, algo muy normal entre los canadienses), que llevaba una camiseta negra con el toro de Osborne en rojo. La había comprado en una tienda de souvenirs y debajo del españolísimo cornúpeta figuraba, en mayúsculas, el nombre de una ciudad: BARCELONA.¿Merecía la pena aclararle aquel batiburrillo conceptual, sacarle de su error?

El mundo es complicado (o simplemente grande), por eso inventamos los clichés. Los canadienses cazan focas, los franceses no se lavan, los suecos son honrados, los españoles, corruptos, y ningún texano ha votado jamás al Partido Demócrata. Esta visión reduccionista del mundo la tenemos todos. Lo importante es saber que no es verdad. O mejor aún, que no tiene importancia. Se imponen clichés locales (sobre el pueblo de al lado), regionales, nacionales, que sólo funcionan en ausencia de movimiento. O dicho de otro modo: al viajero le traen sin cuidado los clichés. Hasta le hacen gracia.

La historia de Canadá y la de Euskadi están ligadas por vía marítima. Portugueses y vascos han sido siempre los más audaces a la hora de ir a pescar allí donde nadie lo ha hecho antes. Poco después de que Jacques Cartier pusiera el pie en territorio quebequés (hablamos de 1534), ya había vascos lanzando sus artes en el Golfo de San Lorenzo. Al parecer, la pesca allí era algo impresionante. El bacalao saltaba prácticamente a bordo del pesquero, como si quisiera conocer Europa, el pobre. Así lo cuenta el aventurero Claude Lebeau:

“Era un placer ver esta pesca. Sólo con tirar el anzuelo, nuestros marineros hacían una captura. De este modo, no había más que tirarlo y recoger. Por lo tanto, es cierto que la prodigiosa cantidad de bacalao que vemos en Europa viene principalmente de este emplazamiento”.

Claude Lebeau, ‘Aventures du s. C. Le Beau, avocat en Parlement’ ¹ (1738)

Mi amigo Asier Martiarena, además de ser un periodista riguroso y avisado, es, como buen vasco (cuidado, que viene otro cliché), un excelente cocinero y erudito gastrónomo. Y tiene la cualidad contagiosa del entusiasta: te explica cómo convertir una triste ensalada de canónigos en un festival del sabor añadiendo apenas un par de ingredientes. Y te lo crees. Y quieres hacer la prueba y comértela. Eso es un don. Del bacalao suele decir que es “un pescado muy agradecido. Muy mal lo tienes que cocinar para echarlo a perder”.

Efectivamente, el bacalao lo resiste todo, y no sólo en los fogones. Se sala, se ahúma, se conserva estupendamente. Por eso ofrecía tantas posibilidades comerciales y por eso los vascos no dudaban en navegar 5.000 kilómetros para pescarlo en cantidades industriales.

Al cabo de 400 años, la rica tradición oral francoamericana ha cambiado un tanto el papel de los pescadores vascos en sus costas. Según cuentan, los vascos ganaron fama en Canadá no por pescar bacalao (o fletanes o arenques) sino por cazar morsas. La escritora Antonine Maillet habla así de las andanzas vascas en las costas de la Acadia, alrededor de la isla de San Juan (hoy llamada Isla del Príncipe Eduardo y escenario idílico de la novela Ana, la de Tejas Verdes):

“Una isla bella, repleta de tierra roja, con los bordes desgarrados por ensenadas y bahías, como si las ballenas de los tiempos remotos hubieran mordido la costa de forma feroz. Ballenas que no tenían inconveniente en acercarse para arrojar sus chorros de agua hasta las mismas orillas de la isla. Y lo mismo hacían las marsopas y los marrajos y las morsas. Y los vascos desbrozaban para la gente de la carreta [acadianos deportados que vuelven a su tierra] su linaje de ancestros marineros y cazadores de morsas que durante siglos abastecieron de marfil a Europa.

—Andad e id a desenterrar los esqueletos de las morsas, en los barrancos de las islas, y os puedo asegurar que a todos les faltarán los colmillos del mentón”.

Antonine Maillet, ‘Pélagie-la-Charrette‘ (1979).

Lo curioso del relato de Maillet es que, ajena a los estereotipos españoles, presenta a un vasco muy diferente al nuestro.

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Nuestra literatura ha reproducido fielmente el cliché del aguerrido marinero euskaldún, una suerte de rocoso working hero, implacable carcelero de sus propios sentimientos y poco dotado para la expresión oral. Veamos, por ejemplo, a Simón Orozco, el patrón del Aril en la novela de Ignacio Aldecoa Gran Sol. Orozco es un marino vasco de los pies a la cabeza, circunspecto, inexpresivo, melancólico, solitario. Aferrado al timón, otea el horizonte oceánico, piensa en su familia y si abre la boca es para dar órdenes cortantes a su tripulación. Es severo, taciturno, estoico.

“Simón Orozco comenzaba su jornada de diecisiete horas al timón. Diecisiete horas, diecisiete días seguros. Comiendo al timón, soñando al timón, esperando al timón, obseso de los embarres de la red y de la marcha del barco compañero. Simón Orozco comenzaba la carrera de los bancos de pesca de la mar del Gran Sol. Arrastre en Petí Sol, en Cockburn, en Hurd, en Labadie, en Jones, en Melville Knoll, en Parsons, en La Chapelle… en Gran Sol. Diecisiete días seguros de soledad en el puente”.

Ignacio Aldecoa, ‘Gran Sol’ (1958)

El retrato del arrantzale austero se mantiene, más o menos igual, en Bilbao-New York-Bilbao (2008), de Kirmen Uribe. Antonine Maillet, célebre creadora del personaje de La Sagouine, presenta en su novela Pélagie-la-Charrette (con la que ganó el premio Goncourt) a unos vascos verdaderamente particulares, los miembros del clan Bastarache. Esta familia, en vez de volver a Euskadi con el resto de pescadores, se queda en Canadá y, cuando Inglaterra ordena la Gran Deportación de los acadianos a Luisiana (1755), los Bastarache se refugian en los bosques y comienzan a vivir al estilo gitano. Son descarados, fiesteros, marginales.

“—Nos deportaron dos veces —confiesa François, el de Philippe, el de Juan [era tradición en la Acadia incluir a los antepasados cuando se hablaba de alguien]—, pero no nos han destruido. Es complicado exterminar a una raza de aventureros que tiene por costumbre moverse como los bloques de hielo en las mareas. Con el tiempo hemos aprendido a brincar de isla en isla, a saltar los estrechos, y a sacar la cabeza del agua para pitorrearnos de los bárbaros que quieren ahogarnos diciéndoles: “¡Hola, hola!”.

Antonine Maillet, ‘Pélagie-la-Charrette’ (1979)

Maillet dota a sus vascos de un temperamento… ¿andaluz? Así parece.

Yo he conocido a andaluces que parecían vascos. Y a vascos que parecían andaluces. Pero el mundo es complicado y hay que simplificarlo. En esa tarea sintetizadora, los clichés son invencibles. Y hasta bonitos.

Como dicen en Italia, se non è vero, è ben trovato.

 

 

Nota ¹: Como era costumbre en la época, a un título corto le seguía otro largo y explicativo (a veces muy, muy largo y muy, muy explicativo). Así, el título completo del libro de Lebeau sería, más o menos, el siguiente: Aventuras del señor Claude Le Beau, abogado del Parlamento o Viaje curioso y nuevo entre los salvajes de la América septentrional en el cual se encontrará una descripción del Canadá con una relación muy especial de los antiguos usos, costumbres y formas de vivir de los bárbaros que la habitan y de la manera en que se comportan hoy. El tunante de Lebeau fue abogado, sí, y con ínfulas, pero lo cierto es que fue detenido por libertinaje y deportado a Canadá, donde continuó sus actividades delictivas y donde fue condenado a muerte. Como estaba fugado y se le había perdido la pista, las autoridades se conformaron con ahorcarlo en effigie, es decir, simbólicamente. Quienes han leído sus aventuras dicen que tenía un cierto talento como escritor, aunque poner títulos, evidentemente, no era su fuerte…

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El editor intratable

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Un libro lleva a otro. Y a otro. Y a otro.

El protagonista de L’anglais n’est pas une langue magique, del canadiense Jacques Poulin, es un lector a domicilio que al principio de la novela ofrece sus servicios por teléfono a una potencial usuaria.

“A veces los clientes mencionan el texto que quieren oír, o el nombre del autor. Si no dicen nada, yo tampoco hago ninguna sugerencia. Eso significa que les gustan las sorpresas.

La mujer guardaba silencio. En condiciones normales, después de las habituales fórmulas de cortesía, ya habría colgado el teléfono. Pero esta vez quería oír de nuevo aquella musiquilla.

—¿Tiene usted algún gusto en particular? —pregunté.

—Hábleme de amor¹ —dijo ella.

Me quedé mudo de golpe. (…) Más tarde comprendí mi error. Lo único que había hecho la mujer de la voz melodiosa es mencionar un título: la segunda colección de cuentos del señor Raymond Carver”.

Jacques Poulin, L’anglais n’est pas une langue magique

 

Raymond Carver fue un maestro del cuento. Su influencia ha sido tal que no hay ninguna escuela de escritores del mundo que no lo utilice como ejemplo para sus alumnos. Su figura, además, resulta entrañable porque sus lectores, de alguna manera, veían en Carver a uno de sus personajes, un ser perdido y necesitado de amor. Aunque hoy es considerado un tótem, dicen los que leyeron sus trabajos originales que el final de sus relatos no estaba a la altura de los inicios y del desarrollo. Su editor, Gordon Lish, se encargó de solucionar el problema extirpando aquellos indeseados apéndices. Los finales, así, ganaban profundidad, humanidad. Eran un silencio, una herida abierta. Y Carver tocó la gloria.

No fueron sólo los finales lo que cortó Lish, que se reveló como un artista con la tijera y el rotulador rojo. Según contó el escritor D.T. Max en un artículo en The New York Times, “Lish redujo a la mitad los cuentos y reescribió 10 de los 13 finales” de De qué hablamos cuando hablamos de amor. A cuchillo. Sin contemplaciones. Aquel desaforado afán podador hizo, claro, que las relaciones entre el autor (herido en su orgullo) y el editor (una mala bestia) se resintieran. El asunto es espinoso y hay opiniones para todos los gustos, pero quizás una de las más acertadas (por ambigua, paradójicamente) sea la de su colega Gerald Howard: “No debería haberlo hecho, pero lo hizo, y fue maravilloso”.

El peor enemigo de Gordon Lish fue siempre Gordon Lish. Editor de la revista Esquire y director literario de la editorial Alfred A. Knopf, fue apodado Captain Fiction (Capitán Ficción) por su habilidad para reconocer el talento de nuevos escritores. Su arrebatado carácter, sin embargo, le hizo perder más de un amigo. Es (aún vive) brillante, intuitivo e inteligente, pero no infalible. Un ejemplo: cuando su amigo Richard Ford quería dar un cambio de rumbo a su carrera y emprendió la redacción de El periodista deportivo, Lish le tiró el manuscrito (una obra maestra incontestable) a la cabeza. Así se las gastaba.

En los ochenta inició su propia carrera como autor y el hecho de haber dejado tantos cadáveres por el camino, evidentemente, no le ayudó. “Los trabajos de Lish no tuvieron la atención que se merecían”, ha afirmado uno de sus ilustres protegidos, Don DeLillo, en Newsweek. La editorial Periférica está traduciendo la obra de Lish al español. Tras Perú y Epígrafe, ahora acaba de publicar Mi romance. En ella el propio autor es protagonista. Habla desde una tribuna en un congreso de escritores en Long Island. Y allí, en público, comienza una confesión impúdica de sus miserias. Es ficción, pero lo que se cuenta está basado en la realidad: Lish sufre una terrible psoriasis y vive encerrado en su apartamento, cerca de Central Park, con las persianas bajadas para que no le dé la luz; es hijo de un vendedor de sombreros, como cuenta en el libro; ha tenido problemas con el alcohol, fue editor de Esquire… En Mi romance Lish se somete a un voluntario auto de fe. Muestra a un hombre rácano y acomplejado, elocuente pero caótico, admirado y temido al mismo tiempo. Se exhibe, descaradamente, como un individuo fastidioso e inoportuno. Y la distorsionada (aunque no falsa) radiografía que hace de sí mismo está teñida de ese humor incómodo que Ricky Gervais ha elevado a la categoría de arte. Lish alumbra un monólogo a la vez cómico y desasosegante, lo que da una idea de su ambición y de su audacia.

 

¹ La edición francesa de De qué hablamos cuando hablamos de amor se publicó con el título de Parlez-moi d’amour (“Hábleme de amor”).