Leonard Cohen y la ciudad milagrosa

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“Me siento en casa cuando estoy en Montreal, de una manera que no siento en ningún otro sitio. Simplemente me gusta. No sé por qué, pero es un sentimiento que se hace más fuerte conforme me voy haciendo más y más viejo”. Leonard Cohen.

Urbanísticamente, Montreal responde al clásico patrón de las ciudades norteamericanas: un entramado de calles kilométricas y rectilíneas por donde es imposible perderse, algo así como un inmenso Eixample. La calle Sherbrooke, por ejemplo, recorre la isla de punta a punta a lo largo de 30 kilómetros. Por algo Robert Charlebois hablaba en su canción Je reviendrai à Montréal de la ciudad cuyas calles “no terminan jamás”. Escogiendo sólo un trozo, en un paseo de un par de horas uno puede darse cuenta de la gran diferencia que existe entre las dos comunidades históricas. Al oeste se encuentra Westmount, el barrio anglófono acomodado, plagado de residencias de lujo. Muy cerca de allí está la universidad McGill, un campus privado que recuerda a Oxford, sembrado mansiones victorianas. Enfrente está el museo de Bellas Artes y el hotel Ritz-Carlton. La comparación con la universidad pública francófona, la UQÀM, es significativa. Los edificios de ésta última están desperdigados por el centro de la ciudad, entre sex-shops y establecimientos de comida rápida. Caminando hacia el este, Sherbrooke cambia de acento, el francés se impone al inglés y el paisaje pierde su solemnidad. Quien prefiera, por ejemplo, la Barceloneta a Pedralbes o Carabanchel a La Moraleja, suspirará de alivio con el cambio.

Sólo una parte de la ciudad se escapa de este trazado lineal y racionalista. Se trata del Puerto Viejo, el barrio más antiguo de Montreal, a orillas del río San Lorenzo. Allí instalaron sus primeros negocios los tratantes de pieles de castor en 1611. Y allí vivía la Suzanne de la canción de Leonard Cohen, cuando aún era un barrio portuario y deprimido, en los primeros años sesenta. Aquellos edificios medio abandonados, refugio de hippies y bohemios, han sido rehabilitados y sus callejuelas, parecidas a las de un pueblo bretón, bullen hoy de turistas. Algunos hoteles de la zona cobran hasta 300 dólares por noche. El barrio es muy diferente al que el joven Cohen retrató en su canción sobre esa chica que te llevaba “a su escondite, al lado del río, donde podías oír las barcazas y pasarte toda la noche a su lado”. Cohen dice que aquella era una canción sobre el Montreal que tanto le gustaba, “el del puerto, el muelle y la iglesia de los marineros, llamada Notre-Dame-de-Bonsecours”. A aquel templo acudían los pescadores para pedir la protección de la Virgen antes de hacerse a la mar. Como ofrenda tallaban réplicas en miniatura de sus propios barcos. Estos devotos objetos de artesanía siguen colgando hoy del techo de la iglesia.

 

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Iglesia de Notre-Dame-de-Bon-Secours, en el Puerto Viejo de Montreal. Foto de Steve Soblick.

 

Cuenta Leonard Cohen que su vida cambió cuando entró en una librería de viejo de Montreal y se topó con una antología de poemas de Federico García Lorca. Ante los versos del Diván del Tamarit, aquel tímido adolescente judío vivió su particular epifanía. “Alteró el curso de mi mezquina y minúscula existencia”, ha confesado el músico reiteradamente. Las estrofas “¿Qué luna gris de las nueve te desangró la mejilla? ¿Quién recoge tu semilla de llamaradas en la nieve?” contenían toda la pasión críptica que marcaría la obra posterior de Cohen. Fue el Big Bang de su cosmogonía poética. Leyó a Lorca en un sitio improbable, Montreal, y supo lo que quería ser en la vida: poeta. Y no fue la única vez que encontró inspiración en las calles de su querida ciudad. En Westmount escuchó a un joven español tocar la guitarra y corrió a una casa de empeños a comprarse una. Luego contactó con él y recibió sus primeras clases. “Aquellos simples acordes que aprendí de él son la base de toda mi música”. A falta de un mejor término, llamemos azar a este tipo de fecundas confluencias.

Los milagros no son patrimonio de las ciudades deslumbrantes tipo París o Venecia. El racional urbanismo americano de Montreal no debe llevar a engaño. En realidad rebosa talento. Se encuentra en forma de arte urbano, de músicos callejeros, de saltimbanquis, de trovadores. La ciudad, que vive congelada seis meses al año, explota en verano, florece, se asoma al exterior llenando las aceras de terrazas y sonidos venidos de todos los rincones del mundo. Vive entonces su anual milagro de la resurrección. Montreal, esa rareza, esa prodigiosa desviación francófona de América del Norte, es, en sí misma, un milagro.

 

 

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