¿Quién será el próximo primer ministro?

14 de octubre de 2015

El próximo lunes, 19 de octubre, Canadá acude a las urnas para elegir a su gobierno federal. Los sondeos no son claros y ofrecen casi un triple empate entre el Partido Conservador (en el poder desde 2006), el Partido Liberal (históricamente el gran partido de centro: ha gobernado el país durante 69 años del siglo XX) y el Nuevo Partido Democrático (socialdemócrata, fundado en 1961 por Tommy Douglas, el político más respetado de la historia del país por ser el impulsor de la asistencia médica universal en Canadá).

Nadie se fía de las encuestas, que dan un 30% de los votos a cada uno de estos partidos. El candidato liberal, Justin Trudeau, ha irrumpido con fuerza y ha enderezado el rumbo de un partido histórico pero errático en los últimos años (en los que, sobre todo entre sus socios provinciales, ha tenido que soportar graves acusaciones de corrupción).

Justin Trudeau, del Partido Liberal, en un mitin de campaña en Ottawa. Foto: Joseph Morris.

Justin Trudeau, del Partido Liberal, en un mitin de campaña en Ottawa.
Foto: Joseph Morris.

Su campaña se ha centrado en la idea de fortalecer otra vez a la clase media, muy maltratada tras casi diez años de gobierno conservador. Trudeau, una especie de Albert Rivera a la canadiense, está avalado por su físico (siempre tan importante), su federalismo apasionado, su perfecto bilingüismo y, sobre todo, por su apellido: es hijo del carismático Pierre Elliott Trudeau, que fue primer ministro de Canadá durante 15 años.

El aspirante socialdemócrata, Thomas Mulcair, es el político con el que todo el mundo está de acuerdo pero (con los candidatos de izquierdas suele ser así, en todas partes) del que los votantes no se acaban de fiar.

Tom Mulcair (en primer término) junto a Jack Layton (detrás), en una imagen previa a la campaña de 2011. Foto: Canada's NDP / NPD du Canada

Mulcair (en primer término) junto a Jack Layton (detrás), en una imagen de abril de 2011. Layton fue el artífice del resurgir del partido socialdemócrata en las elecciones de aquel año.
Foto: Canada’s NDP / NPD du Canada

En contra de Mulcair pesa su pasado en el Partido Liberal de Quebec, en el que militó entre 1994 y 2007. Él lo explica diciendo que por aquel entonces, en la época del segundo referéndum de independencia (1995), los liberales eran la única opción federalista creíble en la provincia (además, el NPD no concurre a las elecciones provinciales en Quebec). En cualquier caso, en su feudo electoral, Outremont (en el centro de Montreal), fue siempre el candidato más votado, ya fuera encabezando la lista liberal (a las provinciales) o la socialista (para el parlamento nacional).

Al margen de sus éxitos electorales, Mulcair no lo ha tenido fácil en su propio partido: ha tenido que ocupar el liderazgo de una figura insustituible, Jack Layton, el candidato que estuvo a punto de ganar las elecciones en 2011 y que enamoró a los canadienses (incluidos, inesperadamente, los quebequeses) con sus discursos llenos de esperanza y en contra de la desigualdad. Por desgracia, Layton falleció de cáncer pocas semanas después de aquellos comicios. Antes de morir, escribió una carta a sus conciudadanos:

“Amigos, el amor es mejor que la furia. La esperanza es mejor que el miedo. El optimismo es mejor que la desesperación. Seamos pues amor, esperanza y optimismo. Y cambiaremos el mundo”.

Jack Layton

De haberle respetado la salud, ni el guapo Justin hubiera podido pararlo en las elecciones del próximo lunes.

Y así llegamos al conservador Stephen Harper, el tercero en discordia y actual primer ministro. Observando su trayectoria, no parece bien colocado para ser nuevamente reelegido (lleva en el poder desde febrero de 2006). Pero todo puede pasar.

Stephen Harper durante la pasada Calgary Stampede, el festival donde se celebra el rodeo más grande del mundo. Dicen que Alberta, la provincia natal de Harper, es culturalmente la más estadounidense de todo Canadá. Adoran los rodeos, la música country, la estética cowboy y los impuestos bajos. Aunque parece que ya se han hartado: los socialistas ganaron las elecciones provinciales del pasado mes de mayo después de 80 años de gobiernos conservadores.

Stephen Harper durante la pasada Calgary Stampede, el festival donde se celebra el rodeo más grande del mundo. Dicen que Alberta, la provincia natal de Harper, es culturalmente la más ‘estadounidense‘ de Canadá. Adoran los rodeos, la música country, la estética cowboy y los impuestos bajos. Pero todo tiene un límite: los socialistas ganaron las elecciones provinciales del pasado mes de mayo después de 80 años de gobiernos conservadores.

Durante su mandato, Harper favoreció la extracción de petróleo en su provincia natal, Alberta, y en todo el país por el polémico procedimiento de las arenas bituminosas, muy contaminante para el aire, el agua y el suelo. Además, emulando a sus vecinos estadounidenses, relajó las leyes para que la gente pudiera comprar armas libremente (aunque sólo escopetas de caza, no pistolas ni fusiles de asalto) y para que se borrase el antiguo registro de la Policía en el que los compradores debían inscribirse.

En política exterior se alineó con la línea más dura del gobierno de George W. Bush y en materia económica ha fomentado leyes que permiten a los los más ricos sortear a la agencia tributaria. Para ellos inventó en 2008 las CELI (cuentas de ahorro libres de impuestos). Sus políticas le han generado la animadversión de las mujeres (se plantea endurecer las condiciones objetivas para abortar), los indígenas (sobre sus reservas se cierne el fantasma de la explotación forestal y petrolífera, que Harper no va a detener), los artistas (ha recortado las subvenciones de forma radical), los ecologistas (le importan un bledo Kioto, Oslo o cualquier acuerdo similar), los inmigrantes (su política ha sido muy restrictiva y ha quedado en evidencia durante la crisis de los refugiados sirios: su gobierno le negó la entrada al país al padre de Aylan, el niño kurdo que murió ahogado el pasado mes de septiembre y cuya imagen dio la vuelta al mundo), los trabajadores de Radio-Canada (dice Harper que la tele y la radio públicas son hostiles a los conservadores), etc, etc, etc.

En España la publicidad de algunos partidos políticos puede parecer zafia, tramposa o incluso estúpida. El Partido Conservador de Canadá ha ido un poco más allá. Harper, aterrorizado por el empuje de Justin Trudeau, ha decidido lanzarse a por el voto inmigrante sacando la brocha gorda: ha incluido publicidades en medios en lengua china y panyabí (India y Pakistán) en las que se relaciona al candidato liberal con una epidemia de droga y prostitución.

La sutileza nunca fue el punto fuerte de Stephen Harper...

La sutileza nunca fue el punto fuerte de Stephen Harper…

Durante su primera campaña electoral se le preguntó a Harper cuál era su libro favorito. El entonces futuro primer ministro contestó que era El libro Guinness de los récords. Un año después, en 2007, el escritor canadiense Yann Martel, autor de La vida de Pi, empezó a enviarle cartas a Harper con el propósito de corregir la ignorancia que, con evidente recochineo, se le atribuía popularmente. En ellas le recomendaba lecturas que podrían ayudarlo a enderezar el rumbo de su gobierno. Estas misivas fueron posteriormente reunidas y editadas bajo el título What Is Stephen Harper Reading?

“Ya sé que está usted muy ocupado, señor Harper. Todos los estamos. Pero todo el mundo cuenta con un espacio cercano al sitio en el que duerme, ya sea un trozo de suelo o una fina mesita de noche. En ese espacio, por la noche, un libro puede resplandecer. Y en momentos de mansa vigilia, cuando empezamos a dejar atrás el día, es el momento perfecto para tomar ese libro y ser otra persona, estar en otro lugar, sólo unos minutos, durante unas pocas páginas, justo antes de dormir”.

El primer libro que le recomendó fue La muerte de Ivan Ilich, de Leon Tolstoi. Y le indicó que se fijara bien en el personaje de Guerassim, el mujik atento y compasivo que acompaña al protagonista en sus últimos momentos.

“Sospecho que es el personaje en el que nos reconocemos a nosotros mismos o al menos al que nos gustaría parecernos. Esperemos que ese día, cuando llegue el momento, tengamos a alguien como Guerassim a nuestro lado”.

Lo que Martel le pedía a Harper es que fuera el Guerassim de los canadienses. O dicho de otro modo, que fuera Jack Layton.

Y, claro, eso es imposible.

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