Todo el mundo quiere a Justin

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El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, recibe en Nueva York una insignia de manos de la directora ejecutiva de ONU Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuka, en marzo de 2016. Foto: UN Women/Ryan Brown

Como Mary Poppins, Justin Trudeau parece “prácticamente perfecto en todo”. Accedió a la presidencia de Canadá a finales de 2015. Entonces enamoró a los electores y arrasó en las urnas. Y ya en el poder está enamorando a todo el mundo, en primer lugar a los estadounidenses, que ven con envidia al mandatario del Norte cuando lo comparan con los aspirantes a la Casa Blanca, Donald Trump y Hillary Clinton. “¿No puedes presentarte a presidente aquí?”, le preguntaron dos jóvenes en una cafetería de Nueva York antes de implorárselo, humorísticamente, de rodillas. El

 

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Lo sorprendente de Trudeau es que ha enamorado incluso a quienes se encuentran ideológicamente más alejados de él. Un buen ejemplo es el de Jean-Luc Mélenchon, líder del Frente de Izquierda, la coalición que engloba al Partido Comunista Francés y al Partido de Izquierda, entre otras formaciones políticas. Mélechon elogia en su blog la valentía de Trudeau a la hora de manejar temas espinosos como el de la inmigración o la política antiterrorista, y aprovecha de paso la alabanza para atizarle al presidente de la República, el socialista François Hollande. Aquí está el texto traducido al español:

La vergüenza no es obligatoria

¡Qué vergüenza! ¡En el momento en el que François Hollande proponía la pérdida de la nacionalidad [francesa] para los individuos con doble nacionalidad condenados por terrorismo, Canadá suprimía esta medida! El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, había prometido en su campaña electoral derogar la ley que permitía despojar de su ciudadanía canadiense a un canadiense condenado por atentar contra el interés nacional. Tomó posesión el 4 de noviembre de 2015. Es decir, diez días antes de los atentados de París. Y trece días antes del vergonzoso discurso de François Hollande en el que proponía esta medida, ‘birlada’ del catálogo de la extrema derecha. Justin Trudeau presentó en febrero un proyecto de ley que abole la posibilidad de despojar de su nacionalidad a un canadiense binacional. Sin embargo, este jefe de gobierno es un “liberal”. Se supone que está más a la derecha que un supuesto “socialdemócrata” francés como Hollande. Lo que nos lleva a preguntarnos si estas etiquetas dicen hoy algo relevante de la acción política. Y sobre todo si François Hollande ha dado la espalda de una vez por todas a la historia republicana y progresista proponiendo una medida semejante.

El proyecto de ley que deroga la pérdida de la nacionalidad para los canadienses fue presentada el pasado 25 de febrero. Justo el mismo momento en el que el parlamento francés debatía la introducción de esta medida para los franceses con doble nacionalidad. El contraste es asombroso. En Canadá, la ley fue adoptada en mayo de 2015 para despojar de la ciudadanía canadiense a los binacionales. Aquellos, precisamente, que habían sido condenados por actos de terrorismo o crímenes contra el interés nacional. Esta ley fue adoptada por la mayoría conservadora en aquella época [con Stephen Harper como primer ministro]. Se implantó tras un ataque yihadista especialmente horrible contra el parlamento canadiense. (…) En el momento en el que fue votada esta ley, el líder del partido liberal, Justin Trudeau, estaba entonces en la oposición. Prometió que derogaría esta medida si ganaba las siguientes elecciones. Su partido fue el más votado en octubre. He aquí una lección: ¡tomar prestados los discursos de la extrema derecha no es el mejor medio de ganar las elecciones!

El nuevo gobierno propuso en febrero de 2016 un proyecto de ley para abolir esta medida. Está siendo examinado en el parlamento canadiense. El ministro de Inmigración del gobierno Trudeau [John McCallum] defiende su posición con argumentos idénticos a los que nosotros [el Frente de Izquierda] hemos utilizado contra el proyecto de François Hollande. La ley precedente “ha creado dos clases de canadienses y nosotros creemos firmemente que no hay más que una clase de canadienses y que todos los canadienses son iguales. Todos los ciudadanos canadienses son iguales ante la ley, hayan nacido en Canadá, hayan obtenido la nacionalidad en Canadá o posean una doble nacionalidad”, ha declarado el ministro encargado del tema. “No podemos elegir entre buenos y malos canadienses. Aquellos que cometan crímenes deberán hacer frente a las consecuencias de sus acciones a través del sistema judicial canadiense” y solamente de esta manera.

Sólo un individuo ha perdido [su nacionalidad] en virtud de esta ley, un jordano-canadiense sentenciado a cadena perpetua en 2006 por haber planificado un atentado en Toronto. Y se le despojó el pasado octubre, en plena campaña electoral. Su nacionalidad le será restituida. De ahora en adelante, sólo podrá ser desposeído de su nacionalidad una persona que la haya obtenido de manera fraudulenta o con mentiras. Por cierto, el proyecto de ley prevé también facilitar la adquisición de la ciudadanía canadiense reduciendo las exigencias de dominio de la lengua, sobre todo para los adolescentes, y reduciendo el tiempo de presencia en el país a tres años antes de poder pedir la naturalización. Por otro lado, el gobierno ha anunciado su intención de abandonar la coalición militar contra el Estado Islámico y de acoger a 29.000 refugiados sirios. ¿Lo habéis entendido? Quizás deberíais leerlo otra vez. ¡Sí, es posible! ¡La dignidad, el honor, el coraje de la Virtud son posibles! La apatía, la humillación electoralista ante la peor de las estupideces de un frente de bestias no es la única actitud posible. No lo es para los “progres” y tampoco lo es para la derecha. Es un hombre de derechas quien lo demuestra.

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Jean-Luc Mélenchon, con chaqueta negra, junto a otros europarlamentarios durante una protesta en Estrasburgo contra el Tratado de Libre Comercio entre EE.UU. y la Unión Europea. Foto: GUE/NGL

Hay que reconocerle a Trudeau su coherencia y su valentía, desde luego. Todo Occidente tiene mucho que aprender de Canadá, pero habría que rebajar el nivel de forofismo en torno a su primer ministro. Cuando llegue la hora de la verdad sobre el CETA (Acuerdo integral de Economía y Comercio entre Canadá y la Unión Europea) y el TTIP (el tratado de libre comercio entre EE.UU. y la UE), quizás debamos replantearnos nuestro idilio con el guapo —y liberal, no lo olvidemos— Trudeau. Muchos canadienses y muchos europeos verán rebajados sus salarios o perderán sus empleos. Quizás entonces ya no nos parezca tan perfecto.

 

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