Bailando con el diablo

La légende de Rose Latulipe

Detalle de ‘La Légende de Rose Latulippe’ (1937), el óleo del pintor Rolande Sicotte que se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Quebec.

Philippe Aubert de Gaspé, hijo, está considerado como el autor de la primera novela canadiense en francés: L’influence d’un livre (1837). Hasta entonces, la narrativa quebequesa, rica y de larga tradición, era puramente oral. La novela se publicó en el periódico Le Populaire, y estaba compuesta por un montón de retales de diferente procedencia. Aubert de Gaspé, influido por la novela gótica y el romanticismo, mezclaba en ella géneros, ideas propias y leyendas canadienses. El libro fue destrozado por la crítica. La Gazette de Québec dijo de él que había sido “grande el desengaño de los suscriptores acerca del revoltijo histórico-poético de Gaspé”. Hundieron al pobre chaval, quien abandonó sus aspiraciones literarias y hasta la provincia. Murió de una enfermedad en Halifax (Nueva Escocia) a los 26 años.

La novela fue reescrita y publicada posteriormente bajo el título de El buscador de tesoros (1864). En ella Gaspé incluía una de la leyendas franco-canadienses más famosas, la de Rose Latulipe, la hermosa joven que adoraba bailar y que, para su desgracia, acabó haciéndolo con el mismo diablo. Esta es su historia en la versión de Aubert de Gaspé (hay otras 200 adaptaciones), quien compone un relato machista y ultracatólico muy al gusto de la época:

Érase una vez un hombre llamado Latulipe que tenía una hija a la que quería con locura. Rose Latulipe era una joven preciosa, morena, y también algo alocada, por no decir directamente frívola. Tenía un novio llamado Gabriel Lepard al que quería como a la niña de sus ojos; sin embargo, se decía que cuando otros jóvenes la abordaban, ella los dejaba pasar. Además, a Rose le encantaba dar fiestas, tanto que un día como el del hoy, un Martes de Carnaval de hace algún tiempo, habría en su casa más de cincuenta personas de celebración. Y Rose, contrariamente a lo habitual, pues era coqueta, había permanecido toda la velada en compañía de su pretendiente. Era natural: iban a casarse cuando llegara la Pascua.

Serían las once de la noche cuando, de repente, en medio del cotillón, se oyó un coche de caballos deteniéndose a la puerta de la casa. Varias personas corrieron hacia las ventanas y, debido al mal tiempo que hacía, golpearon el bastidor para que la nieve que había pegada al cristal se desprendiera y poder ver así al recién llegado.

—¡Desde luego es un pez gordo! —gritó alguien—. ¿Te has fijado, Jean? Qué magnífico caballo negro. ¡Y cómo le brillan los ojos! Bien parece, que el diablo me lleve, que va a trepar hasta el tejado.

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