¿Quién de los dos es más salvaje?

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La cineasta Alanis Obomsawin en el décimo aniversario de Cinema Politica, en Montreal (Foto: © Mimi Zhou / Cinema Politica)

Un pequeño diálogo entre un indio y un policía:

—Queremos orar con nuestros hermanos —dice el indio.
—Lo comprendo, pero no puedo dejarles entrar —dice el agente blanco de la policía de Quebec—. Tenemos que controlarlo todo. Además, ustedes no viven aquí.
—Pero están llegando miles de personas.
—Y los mandaremos de vuelta a sus casas. Mañana prepararemos un campo para ustedes…
—¿Nos van a detener?
—No, no. No es un campo de detención. Es un lugar para acampar…
—Este es mi país. No nos trate así. No se equivoque.
—No es para usted. Es para los extranjeros que vienen de fuera.
—Usted es el extranjero aquí —apostilla el indio ante la cara de estupefacción del agente.

Durante la crisis de Oka, en el verano de 1990, muchos indígenas americanos se solidarizaron con la nación mohawk, que puso contra las cuerdas al gobierno de Quebec y al gobierno federal canadiense por su negativa a que se construyera un campo de golf en los terrenos de su reserva. Llegaron nativos desde todos los rincones de Canadá, de Estados Unidos y hasta de México. Todas las naciones indígenas (algunas de ellas históricamente enfrentadas) apoyaron a los mohawk en mayor o menor medida. El pulso entre los indios (un término que hoy es peyorativo en toda Norteamérica; se prefiere autóctono), la policía de Quebec y el ejército canadiense duró 78 días. Y Alanis Obomsawin estaba allí para grabarlo todo. La conversación transcrita al inicio de este texto pertenece a su documental Kanehsatake: 270 años de resistencia (1993).

“Me llamo Alanis Obomsawin y soy una mujer wabanaki. Wabanaki significa ‘Pueblo de donde sale el sol’. Somos el pueblo del Este. Hago películas para documentar la vida y la memoria de nuestros pueblos. Lo he hecho desde hace 50 años”. Así se presentaba la cantante y directora en el marco del festival holandés de música Le Guess Who?

De niña vivió una experiencia traumática en la escuela. Una profesora (una de la pocas laicas que había en el colegio religioso al que acudió en Trois-Rivières, en la década de 1940) la trataba terriblemente mal por el simple hecho de ser indígena. No dejaba pasar la oportunidad de denigrarla ante el resto de la clase y el acoso llegaba hasta el maltrato físico. Su calificativo preferido era “pequeña salvaje” y no descansó hasta que logró expulsar a Alanis de la escuela. Ahora nos resulta inconcebible pensar en el bullying ejercido por parte de un profesor, pero esas cosas ocurrían también en España, especialmente contra niños de familias pobres o republicanas (incluso hoy, en un contexto de nacionalismo exacerbado, no sería raro que volvieran a ocurrir). “El tono es el que da verdadero sentido a las palabras, lo que se quiere decir realmente”, explica la venerable Obomsawin. “Ahora que me he hecho vieja, cuando me dicen ‘oh, mi pequeña y bella salvaje’, se trata de la misma palabra, claro, pero no significa lo mismo”. Esa palabra, “salvaje”, era la que más odiaba de niña. “Porque mi madre era muy limpia y me llamaban así en el colegio. Mi experiencia en el colegio fue espantosa”.

Le monde va nous prendre por des sauvages

Fotograma de Le monde va nous prendre pour des sauvages (1964), un cortometraje de Françoise Bujold y Jacques Godbout (© Office National du Film du Canada)

Un cortometraje documental de los años sesenta, La gente nos tomará por salvajes, ahondaba en el mismo sentimiento. En él se mostraba a niños de la etnia micmac y los muñecos con los que jugaban. Los fabricaban ellos mismos con maderas, telas, hojas y plumas. Ha sido el hombre blanco el que después ha convertido esos objetos en material siniestro para sus historias criminales (especialmente las ambientadas en Luisiana, donde convergen la tradición india, el vudú africano y la cultura cajún de los expulsados de la Acadia). En el corto se muestra también la ocupación tradicional de los micmacs de la bahía Chaleur: eran mariscadores, exactamente igual que los de Galicia. Hurgan en la arena de la playa con su rastrillo en busca de almejas. Dos actividades idénticas y ancestrales separadas por 4.000 kilómetros de océano.

La propia Obomsawin ha contado muchas veces a qué se dedicaban sus antepasados: eran canasteros, como los gitanos. Y se movían por toda la costa nordeste de América vendiendo sus productos. A principios del siglo XX, las fronteras eran más laxas y los indios se movían sin dificultad entre Quebec y Nueva Inglaterra (Obomsawin nació en New Hampshire, no en Canadá). Porque, de hecho, esa era su tierra, al margen de las divisiones administrativas de los blancos. Obomsawin se dedicó, primero como cantante y luego como documentalista, a cambiar la percepción que la gente tenía de lo que en Canadá llaman hoy “Primeras Naciones” y antes, simplemente, “salvajes”.

“La primera razón para hacer lo que hago está en el sistema de educación canadiense y en la forma en la que se contaba la historia de Canadá”, aseguró hace un par de años en el Centro Banff para las Artes y la Creatividad. “Originalmente, el sistema estaba diseñado por clérigos cristianos y a través de ese sistema se aseguraban de que los niños odiaran a esa otra gente: los indios. Y surgió un enorme odio a partir de aquella forma de educar. Yo era todavía muy joven cuando me rebelé contra eso. No sabía cómo, pero sabía que quería hacer algo para provocar un cambio en el sistema educativo”. En uno de sus documentales, Gene Boy vuelve a casa (2007), su protagonista cuenta cómo era ir al colegio en el Canadá de los años cuarenta: “En mi casa hablábamos tres lenguas: el inglés, el francés y el indio. Pero en la escuela católica la lengua india era la lengua del diablo. Nos pegaban con la regla si nos pillaban hablando en abenaki”.

Ya hemos visto que el tema de la educación ha sido siempre primordial en la obra de Alanis Obomsawin, tanto que consagró a un profesor universitario singular, Norman Cornett, de la universidad McGill, toda una película en 2009. Este profesor se hizo célebre en Montreal por sus métodos heterodoxos de enseñanza, ligados siempre a firmes fundamentos morales y a que los jóvenes desarrollaran, en total libertad y por ellos mismos, un pensamiento crítico (viéndole en acción es imposible no acordarse del personaje de Robin Williams en El club de los poetas muertos). El título del documental no puede ser más significativo: ¿Cuándo empezamos a diferenciar entre la respuesta correcta y la respuesta honesta?

Durante la crisis de Oka, el alcalde de la localidad aprobó un plan para aumentar un campo de golf de nueve hoyos a 18. Eso ponía en peligro un pinar de la reserva india y un cementerio mohawk. Los indígenas cortaron carreteras y puentes (incluido el puente Mercier, que unía Kahnawake con la isla de Montreal y por el que pasaban a diario 65.000 vehículos), se armaron y se dispusieron a paralizar el proyecto. Durante los 78 días de acoso fueron perdiendo terreno poco a poco. Finalmente, unas pocas decenas de indios se atrincheraron en un Centro de Desintoxicación de Drogas, un lugar que tiene una gran carga simbólica para los nativos americanos.

Los nativos que aceptan vivir en las reservas no pagan impuestos pero allí no hay nada, sólo tabaco y alcohol casi gratis, y un vacío inmenso, estremecedor: el futuro. La tasa de suicidios entre los autóctonos dobla a la de la población blanca (y si hablamos concretamente de los inuits, se trata de la tasa más alta del mundo). Sin trabajo ni perspectivas, son presa fácil para las adicciones. Cuando ya no pueden conseguir sus dosis, viajan a la ciudad para mendigar. El paralelismo está tan asentado que al indio que vive en la ciudad a menudo se le identifica con un yonqui, aunque no lo sea realmente. Las primeras fricciones con la población blanca de Oka surgieron precisamente cuando se abrió en la reserva aquel centro de desintoxicación que sería su último refugio durante el conflicto.

El 11 de julio de 1990 se produjo un tiroteo entre los mohawk y la policía de Quebec que se saldó con un agente muerto. El fuego cruzado duró menos de 30 segundos y no hubo más durante toda la crisis, pero esa muerte acabó por desencadenar la ira de la mayoría de la población blanca. Durante sus manifestaciones llegaron a quemar un muñeco colgado de una horca que representaba a un indio mohawk. Mientras el muñeco ardía, gritaban un lema que se hizo famoso durante los años 70 entre los independentistas: “¡Quebec, para los quebequeses!”.

Los hombres más mayores de la tribu pusieron mucho empeño en que aquello no volviera a salirse de madre. Se volcaron para impedir que los más jóvenes y exaltados abrieran fuego otra vez. Y lo consiguieron, pero no fue fácil. Cuando entró en acción el 22º Regimiento Real del ejército canadiense empezó el verdadero sitio a los insurgentes. Colocaron alambradas y concertinas en todos los caminos para que no tuvieran ningún contacto con el exterior. Hasta en el río Ottawa las colocaron, y comenzaron una estrategia de provocaciones que se saldó sin víctimas mortales pero no sin heridos (la policía y el ejército acumuló un buen puñado de denuncias por torturas y malos tratos). Los mohawks, faltos de víveres y de medicamentos, acabaron por rendirse. La mayoría de ellos fueron detenidos y procesados. Pero el campo de golf, finalmente, no se hizo.

Hay un momento en el documental de Obomsawin en el que un hombre blanco de la localidad, al ver la crueldad con la que los soldados y los policías (que defendían los intereses económicos de los constructores) actuaban contra la población indígena (que defendía la conservación de la naturaleza en su reserva y el cementerio de sus ancestros), comenta con tristeza en voz alta: “Me pregunto en cuál de los dos lados de la barricada son más civilizados”.

Alanis Obomsawin, la “pequeña salvaje” que fue expulsada de su escuela por el racismo de una profesora, acumula hoy todos los premios oficiales de Quebec y Canadá, además de ocho doctorados honoris causa.

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