Bailando con el diablo

La légende de Rose Latulipe

Detalle de ‘La Légende de Rose Latulippe’ (1937), el óleo del pintor Rolande Sicotte que se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Quebec.

Philippe Aubert de Gaspé, hijo, está considerado como el autor de la primera novela canadiense en francés: L’influence d’un livre (1837). Hasta entonces, la narrativa quebequesa, rica y de larga tradición, era puramente oral. La novela se publicó en el periódico Le Populaire, y estaba compuesta por un montón de retales de diferente procedencia. Aubert de Gaspé, influido por la novela gótica y el romanticismo, mezclaba en ella géneros, ideas propias y leyendas canadienses. El libro fue destrozado por la crítica. La Gazette de Québec dijo de él que había sido “grande el desengaño de los suscriptores acerca del revoltijo histórico-poético de Gaspé”. Hundieron al pobre chaval, quien abandonó sus aspiraciones literarias y hasta la provincia. Murió de una enfermedad en Halifax (Nueva Escocia) a los 26 años.

La novela fue reescrita y publicada posteriormente bajo el título de El buscador de tesoros (1864). En ella Gaspé incluía una de la leyendas franco-canadienses más famosas, la de Rose Latulipe, la hermosa joven que adoraba bailar y que, para su desgracia, acabó haciéndolo con el mismo diablo. Esta es su historia en la versión de Aubert de Gaspé (hay otras 200 adaptaciones), quien compone un relato machista y ultracatólico muy al gusto de la época:

Érase una vez un hombre llamado Latulipe que tenía una hija a la que quería con locura. Rose Latulipe era una joven preciosa, morena, y también algo alocada, por no decir directamente frívola. Tenía un novio llamado Gabriel Lepard al que quería como a la niña de sus ojos; sin embargo, se decía que cuando otros jóvenes la abordaban, ella los dejaba pasar. Además, a Rose le encantaba dar fiestas, tanto que un día como el del hoy, un Martes de Carnaval de hace algún tiempo, habría en su casa más de cincuenta personas de celebración. Y Rose, contrariamente a lo habitual, pues era coqueta, había permanecido toda la velada en compañía de su pretendiente. Era natural: iban a casarse cuando llegara la Pascua.

Serían las once de la noche cuando, de repente, en medio del cotillón, se oyó un coche de caballos deteniéndose a la puerta de la casa. Varias personas corrieron hacia las ventanas y, debido al mal tiempo que hacía, golpearon el bastidor para que la nieve que había pegada al cristal se desprendiera y poder ver así al recién llegado.

—¡Desde luego es un pez gordo! —gritó alguien—. ¿Te has fijado, Jean? Qué magnífico caballo negro. ¡Y cómo le brillan los ojos! Bien parece, que el diablo me lleve, que va a trepar hasta el tejado.

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El rap de Michael Chabon

En una escena de Amadeus (1984), Mozart pregunta al emperador José II si le ha gustado la ópera que acaba de estrenar, El rapto del serrallo. El monarca se muestra entusiasmado pero no encuentra la expresión exacta para definir una obra tan exuberante. Se gira hacia sus músicos de cámara y uno de ellos le sugiere, para censurar al joven genio, que “tiene demasiadas notas”.

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Cuando Michael Chabon publicó Telegraph Avenue en 2012, muchos críticos literarios se calaron sus imaginarios pelucones hasta las cejas y profirieron objeciones semejantes. A aquella novela, decían, le sobraban palabras.

Jennifer Egan, crítica del New York Times, indicaba en su reseña que Chabon siempre le pareció “un escritor gozoso” y que la prolijidad de sus explicaciones y su curiosidad formaban parte de su delicioso estilo. Un ejemplo: la minuciosidad con la que toca temas como la historia del cómic, la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo, la educación sentimental homosexual, los usos y costumbres de los años cuarenta en Europa y América, todo eso, en resumen, convertía Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay en lo que es: una arrolladora obra maestra. Pero en Telegraph Avenue no. Ahí, decía Egan, esa exuberancia no funcionaba: “Esta vez su curiosidad supera a la del lector. Telegraph Avenue es densa en exceso y, además, está aderezada con divagaciones que dificultan la aceleración de una trama ya enrevesada de por sí”.

Es cierto que las oraciones subordinadas se alargan demasiado. Hasta hay una frase de ¡14 páginas! en la que narra la huida de un loro por los barrios de Oakland. ¿Y qué? Es el tono perfecto para narrar las vicisitudes de unos frikis parlanchines y adorables.

telegraphEl germen de la historia es la amenaza que se yergue sobre una tienda de discos de segunda mano cuando se conoce el plan de construir un enorme centro comercial en el barrio. En realidad, esa amenaza es un pretexto para desplegar un precioso catálogo de personajes que entonan un enternecedor canto a la vida. Es una comedia amable narrada con un ritmo que, es cierto, puede aturullar al lector. Porque la prosa de Chabon en Telegraph Avenue unas veces es soul, es una fuente de chocolate caliente derritiéndose línea a línea a lo largo de 600 páginas. Y otras veces es rap, es un puto martillo neumático de poesía. Es un tornado en el que giran la música negra, la blaxploitation, el kung fu, el desvalimiento adolescente, el racismo, el cine de Tarantino, el parto natural, la devastación emocional del primer amor, el síndrome de Peter Pan, el choque cultural, la nostalgia por un mundo que desaparece y la nerviosa, la tierna emoción por otro mundo que nace.

Es la vida. Y la vida, la de verdad, la que se compone de música, baile, afectos, risas, sexo, pizzas y sesiones de cine de serie B, no tiene nunca “demasiadas notas”. Es maravillosa tal y como es.

Nunca dejes de creer

 

Un ciego con una pistola es un divertido policiaco de Chester Himes  ambientado a finales de los años 60, época de conflictos sociales y manifestaciones. El flower power y Mayo del 68 tuvieron entre los afroamericanos una vertiente iracunda. Los disturbios de Ferguson (Misuri) en agosto de 2014 evidenciaron que esas heridas siguen abiertas hoy en la sociedad estadounidense.

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Disturbios raciales en Harlem, en 1964. Foto: Dick De Marsico. Fuente: New York World-Telegram and the Sun Newspaper Photograph Collection (Library of Congress).

El Harlem encendido por los Panteras Negras y los Musulmanes Negros es el telón de fondo sobre el que los detectives afromericanos Coffin Ed y Grave Digger filosofan sobre la historia del siglo XX con una buena ración de balas, sangre y sentido del humor. Dialogan sobre los años 60, pero podrían referirse a la actualidad. ¿Les suena todo esto?

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Portada de la primera edición de Un ciego con una pistola (1969).

 

Coffin Ed había tenido poco trato con la delincuencia juvenil. Los pocos gamberros jóvenes a quienes habían golpeado en la cabeza alguna vez no representaban nada…, excepto jóvenes gamberros de cualquier raza. Pero esta nueva generación de jóvenes de color, con su costumbre de la era espacial, constituía una incógnita.
¿Qué era lo que les llevaba a los motines y a desafiar a la policía blanca, por un lado, y a componer poesía y sueños capaces de desconcertar a un intelectual de Harvard, por el otro? No se podía culpar de todo a los hogares destruidos, la falta de oportunidades, la desigualdad, la pobreza, la discriminación… O el genio. La mayor parte provenía de los suburbios que no generan ni genios ni sueños, pero algunos eran de buenas familias de clase media, que no habían sufrido tan severamente las desigualdades. Y los buenos y los malos y los astutos y los ingenuos formaban parte por igual de una clase con preocupaciones raciales: todos eran miembros de la oposición. Y no había ninguna necesidad de encontrar al hombre responsable: no había un hombre responsable. Le contó su inquietud a Grave Digger mientras conducían el coche hacia su trabajo.
—¿Qué le ha pasado a esta gente joven, Digger, mientras nosotros estábamos persiguiendo a los viejos?
—Diablos, Ed, debes comprender que los tiempos han cambiado. Estos jóvenes nacieron justo después de que terminamos una guerra para eliminar el racismo y hacer al mundo más seguro y libre. Y tú y yo nacimos justo después de que nuestros padres lucharan en una guerra que hiciera al mundo más libre para la democracia. Pero la diferencia radica en que cuando terminamos de luchar en un ejército segregacionista para barrer a los nazis y volvimos a nuestro racismo nativo, ya no creíamos en nada de esa mierda. Sabíamos algo más. Crecimos cuando la depresión y peleamos sometidos a hipócritas contra hipócritas, y aprendimos entonces que el blanco es un ser mentiroso. Quizá nuestros padres eran como nuestros hijos y creían en sus mentiras, pero nosotros pronto supimos que la única diferencia entre el racista nativo y el racista extranjero consistía en quién dominaba al negro. Los nuestros triunfaron, así que nuestros gobernantes blancos pudieron conservar a sus negros y nos convencieron de que nos darían la igualdad apenas estuviéramos preparados.
—Digger, tienen que comprender que es más difícil garantizarnos a nosotros la igualdad que lo que resultó la liberación de los esclavos.
—Quizá tienen razón, Ed, quizás esta vez no mienten.
—Están mintiendo, seguro.
—Quizá. Pero lo que nos salva a los negros de nuestra edad es que nunca lo creímos. Pero esta nueva generación lo cree. Y por ello tenemos desórdenes.

(Traducción de Ana Becciu para la versión española de 1978, reeditada en 2008 por © RBA Libros)

 

Es Harlem, pero podría ser una banlieue de París. Donde dicen “negros” podría leerse “clase trabajadora”. Donde dicen “blancos” podría leerse “casta” o “bancos alemanes” o “Comisión Europea”. Hablan de “esperanza” y “juventud” en oposición al “cinismo” y la “experiencia”.

El problema de los jóvenes, dicen, es que creen. Creen que otro mundo es posible.

Y creer está bien.

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Monumento dedicado a Chester Himes en Moraira (Alicante), donde vivió sus últimos años y murió en 1984. Foto: Joan Ivars.

¿Quién será el próximo primer ministro?

14 de octubre de 2015

El próximo lunes, 19 de octubre, Canadá acude a las urnas para elegir a su gobierno federal. Los sondeos no son claros y ofrecen casi un triple empate entre el Partido Conservador (en el poder desde 2006), el Partido Liberal (históricamente el gran partido de centro: ha gobernado el país durante 69 años del siglo XX) y el Nuevo Partido Democrático (socialdemócrata, fundado en 1961 por Tommy Douglas, el político más respetado de la historia del país por ser el impulsor de la asistencia médica universal en Canadá).

Nadie se fía de las encuestas, que dan un 30% de los votos a cada uno de estos partidos. El candidato liberal, Justin Trudeau, ha irrumpido con fuerza y ha enderezado el rumbo de un partido histórico pero errático en los últimos años (en los que, sobre todo entre sus socios provinciales, ha tenido que soportar graves acusaciones de corrupción).

Justin Trudeau, del Partido Liberal, en un mitin de campaña en Ottawa. Foto: Joseph Morris.

Justin Trudeau, del Partido Liberal, en un mitin de campaña en Ottawa.
Foto: Joseph Morris.

Su campaña se ha centrado en la idea de fortalecer otra vez a la clase media, muy maltratada tras casi diez años de gobierno conservador. Trudeau, una especie de Albert Rivera a la canadiense, está avalado por su físico (siempre tan importante), su federalismo apasionado, su perfecto bilingüismo y, sobre todo, por su apellido: es hijo del carismático Pierre Elliott Trudeau, que fue primer ministro de Canadá durante 15 años.

El aspirante socialdemócrata, Thomas Mulcair, es el político con el que todo el mundo está de acuerdo pero (con los candidatos de izquierdas suele ser así, en todas partes) del que los votantes no se acaban de fiar.

Tom Mulcair (en primer término) junto a Jack Layton (detrás), en una imagen previa a la campaña de 2011. Foto: Canada's NDP / NPD du Canada

Mulcair (en primer término) junto a Jack Layton (detrás), en una imagen de abril de 2011. Layton fue el artífice del resurgir del partido socialdemócrata en las elecciones de aquel año.
Foto: Canada’s NDP / NPD du Canada

En contra de Mulcair pesa su pasado en el Partido Liberal de Quebec, en el que militó entre 1994 y 2007. Él lo explica diciendo que por aquel entonces, en la época del segundo referéndum de independencia (1995), los liberales eran la única opción federalista creíble en la provincia (además, el NPD no concurre a las elecciones provinciales en Quebec). En cualquier caso, en su feudo electoral, Outremont (en el centro de Montreal), fue siempre el candidato más votado, ya fuera encabezando la lista liberal (a las provinciales) o la socialista (para el parlamento nacional).

Al margen de sus éxitos electorales, Mulcair no lo ha tenido fácil en su propio partido: ha tenido que ocupar el liderazgo de una figura insustituible, Jack Layton, el candidato que estuvo a punto de ganar las elecciones en 2011 y que enamoró a los canadienses (incluidos, inesperadamente, los quebequeses) con sus discursos llenos de esperanza y en contra de la desigualdad. Por desgracia, Layton falleció de cáncer pocas semanas después de aquellos comicios. Antes de morir, escribió una carta a sus conciudadanos:

“Amigos, el amor es mejor que la furia. La esperanza es mejor que el miedo. El optimismo es mejor que la desesperación. Seamos pues amor, esperanza y optimismo. Y cambiaremos el mundo”.

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De haberle respetado la salud, ni el guapo Justin hubiera podido pararlo en las elecciones del próximo lunes.

Y así llegamos al conservador Stephen Harper, el tercero en discordia y actual primer ministro. Observando su trayectoria, no parece bien colocado para ser nuevamente reelegido (lleva en el poder desde febrero de 2006). Pero todo puede pasar.

Stephen Harper durante la pasada Calgary Stampede, el festival donde se celebra el rodeo más grande del mundo. Dicen que Alberta, la provincia natal de Harper, es culturalmente la más estadounidense de todo Canadá. Adoran los rodeos, la música country, la estética cowboy y los impuestos bajos. Aunque parece que ya se han hartado: los socialistas ganaron las elecciones provinciales del pasado mes de mayo después de 80 años de gobiernos conservadores.

Stephen Harper durante la pasada Calgary Stampede, el festival donde se celebra el rodeo más grande del mundo. Dicen que Alberta, la provincia natal de Harper, es culturalmente la más ‘estadounidense‘ de Canadá. Adoran los rodeos, la música country, la estética cowboy y los impuestos bajos. Pero todo tiene un límite: los socialistas ganaron las elecciones provinciales del pasado mes de mayo después de 80 años de gobiernos conservadores.

Durante su mandato, Harper favoreció la extracción de petróleo en su provincia natal, Alberta, y en todo el país por el polémico procedimiento de las arenas bituminosas, muy contaminante para el aire, el agua y el suelo. Además, emulando a sus vecinos estadounidenses, relajó las leyes para que la gente pudiera comprar armas libremente (aunque sólo escopetas de caza, no pistolas ni fusiles de asalto) y para que se borrase el antiguo registro de la Policía en el que los compradores debían inscribirse.

En política exterior se alineó con la línea más dura del gobierno de George W. Bush y en materia económica ha fomentado leyes que permiten a los los más ricos sortear a la agencia tributaria. Para ellos inventó en 2008 las CELI (cuentas de ahorro libres de impuestos). Sus políticas le han generado la animadversión de las mujeres (se plantea endurecer las condiciones objetivas para abortar), los indígenas (sobre sus reservas se cierne el fantasma de la explotación forestal y petrolífera, que Harper no va a detener), los artistas (ha recortado las subvenciones de forma radical), los ecologistas (le importan un bledo Kioto, Oslo o cualquier acuerdo similar), los inmigrantes (su política ha sido muy restrictiva y ha quedado en evidencia durante la crisis de los refugiados sirios: su gobierno le negó la entrada al país al padre de Aylan, el niño kurdo que murió ahogado el pasado mes de septiembre y cuya imagen dio la vuelta al mundo), los trabajadores de Radio-Canada (dice Harper que la tele y la radio públicas son hostiles a los conservadores), etc, etc, etc.

En España la publicidad de algunos partidos políticos puede parecer zafia, tramposa o incluso estúpida. El Partido Conservador de Canadá ha ido un poco más allá. Harper, aterrorizado por el empuje de Justin Trudeau, ha decidido lanzarse a por el voto inmigrante sacando la brocha gorda: ha incluido publicidades en medios en lengua china y panyabí (India y Pakistán) en las que se relaciona al candidato liberal con una epidemia de droga y prostitución.

La sutileza nunca fue el punto fuerte de Stephen Harper...

La sutileza nunca fue el punto fuerte de Stephen Harper…

Durante su primera campaña electoral se le preguntó a Harper cuál era su libro favorito. El entonces futuro primer ministro contestó que era El libro Guinness de los récords. Un año después, en 2007, el escritor canadiense Yann Martel, autor de La vida de Pi, empezó a enviarle cartas a Harper con el propósito de corregir la ignorancia que, con evidente recochineo, se le atribuía popularmente. En ellas le recomendaba lecturas que podrían ayudarlo a enderezar el rumbo de su gobierno. Estas misivas fueron posteriormente reunidas y editadas bajo el título What Is Stephen Harper Reading?

“Ya sé que está usted muy ocupado, señor Harper. Todos los estamos. Pero todo el mundo cuenta con un espacio cercano al sitio en el que duerme, ya sea un trozo de suelo o una fina mesita de noche. En ese espacio, por la noche, un libro puede resplandecer. Y en momentos de mansa vigilia, cuando empezamos a dejar atrás el día, es el momento perfecto para tomar ese libro y ser otra persona, estar en otro lugar, sólo unos minutos, durante unas pocas páginas, justo antes de dormir”.

El primer libro que le recomendó fue La muerte de Ivan Ilich, de Leon Tolstoi. Y le indicó que se fijara bien en el personaje de Guerassim, el mujik atento y compasivo que acompaña al protagonista en sus últimos momentos.

“Sospecho que es el personaje en el que nos reconocemos a nosotros mismos o al menos al que nos gustaría parecernos. Esperemos que ese día, cuando llegue el momento, tengamos a alguien como Guerassim a nuestro lado”.

Lo que Martel le pedía a Harper es que fuera el Guerassim de los canadienses. O dicho de otro modo, que fuera Jack Layton.

Y, claro, eso es imposible.

Leonard Cohen y la ciudad milagrosa

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“Me siento en casa cuando estoy en Montreal, de una manera que no siento en ningún otro sitio. Simplemente me gusta. No sé por qué, pero es un sentimiento que se hace más fuerte conforme me voy haciendo más y más viejo”. Leonard Cohen.

Urbanísticamente, Montreal responde al clásico patrón de las ciudades norteamericanas: un entramado de calles kilométricas y rectilíneas por donde es imposible perderse, algo así como un inmenso Eixample. La calle Sherbrooke, por ejemplo, recorre la isla de punta a punta a lo largo de 30 kilómetros. Por algo Robert Charlebois hablaba en su canción Je reviendrai à Montréal de la ciudad cuyas calles “no terminan jamás”. Escogiendo sólo un trozo, en un paseo de un par de horas uno puede darse cuenta de la gran diferencia que existe entre las dos comunidades históricas. Al oeste se encuentra Westmount, el barrio anglófono acomodado, plagado de residencias de lujo. Muy cerca de allí está la universidad McGill, un campus privado que recuerda a Oxford, sembrado mansiones victorianas. Enfrente está el museo de Bellas Artes y el hotel Ritz-Carlton. La comparación con la universidad pública francófona, la UQÀM, es significativa. Los edificios de ésta última están desperdigados por el centro de la ciudad, entre sex-shops y establecimientos de comida rápida. Caminando hacia el este, Sherbrooke cambia de acento, el francés se impone al inglés y el paisaje pierde su solemnidad. Quien prefiera, por ejemplo, la Barceloneta a Pedralbes o Carabanchel a La Moraleja, suspirará de alivio con el cambio.

Sólo una parte de la ciudad se escapa de este trazado lineal y racionalista. Se trata del Puerto Viejo, el barrio más antiguo de Montreal, a orillas del río San Lorenzo. Allí instalaron sus primeros negocios los tratantes de pieles de castor en 1611. Y allí vivía la Suzanne de la canción de Leonard Cohen, cuando aún era un barrio portuario y deprimido, en los primeros años sesenta. Aquellos edificios medio abandonados, refugio de hippies y bohemios, han sido rehabilitados y sus callejuelas, parecidas a las de un pueblo bretón, bullen hoy de turistas. Algunos hoteles de la zona cobran hasta 300 dólares por noche. El barrio es muy diferente al que el joven Cohen retrató en su canción sobre esa chica que te llevaba “a su escondite, al lado del río, donde podías oír las barcazas y pasarte toda la noche a su lado”. Cohen dice que aquella era una canción sobre el Montreal que tanto le gustaba, “el del puerto, el muelle y la iglesia de los marineros, llamada Notre-Dame-de-Bonsecours”. A aquel templo acudían los pescadores para pedir la protección de la Virgen antes de hacerse a la mar. Como ofrenda tallaban réplicas en miniatura de sus propios barcos. Estos devotos objetos de artesanía siguen colgando hoy del techo de la iglesia.

 

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Iglesia de Notre-Dame-de-Bon-Secours, en el Puerto Viejo de Montreal. Foto de Steve Soblick.

 

Cuenta Leonard Cohen que su vida cambió cuando entró en una librería de viejo de Montreal y se topó con una antología de poemas de Federico García Lorca. Ante los versos del Diván del Tamarit, aquel tímido adolescente judío vivió su particular epifanía. “Alteró el curso de mi mezquina y minúscula existencia”, ha confesado el músico reiteradamente. Las estrofas “¿Qué luna gris de las nueve te desangró la mejilla? ¿Quién recoge tu semilla de llamaradas en la nieve?” contenían toda la pasión críptica que marcaría la obra posterior de Cohen. Fue el Big Bang de su cosmogonía poética. Leyó a Lorca en un sitio improbable, Montreal, y supo lo que quería ser en la vida: poeta. Y no fue la única vez que encontró inspiración en las calles de su querida ciudad. En Westmount escuchó a un joven español tocar la guitarra y corrió a una casa de empeños a comprarse una. Luego contactó con él y recibió sus primeras clases. “Aquellos simples acordes que aprendí de él son la base de toda mi música”. A falta de un mejor término, llamemos azar a este tipo de fecundas confluencias.

Los milagros no son patrimonio de las ciudades deslumbrantes tipo París o Venecia. El racional urbanismo americano de Montreal no debe llevar a engaño. En realidad rebosa talento. Se encuentra en forma de arte urbano, de músicos callejeros, de saltimbanquis, de trovadores. La ciudad, que vive congelada seis meses al año, explota en verano, florece, se asoma al exterior llenando las aceras de terrazas y sonidos venidos de todos los rincones del mundo. Vive entonces su anual milagro de la resurrección. Montreal, esa rareza, esa prodigiosa desviación francófona de América del Norte, es, en sí misma, un milagro.

 

 

La soportable levedad del cliché

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“Una isla bella, repleta de tierra roja, con los bordes desgarrados por ensenadas y bahías”, escribe Antonine Maillet. Habla de la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá). Foto: Nicolas Raymond.

Ay, la visión de los demás… ¡cuántas sorpresas nos deparan!

Una vez vi un barman en Montreal (simpatiquísimo, algo muy normal entre los canadienses), que llevaba una camiseta negra con el toro de Osborne en rojo. La había comprado en una tienda de souvenirs y debajo del españolísimo cornúpeta figuraba, en mayúsculas, el nombre de una ciudad: BARCELONA.¿Merecía la pena aclararle aquel batiburrillo conceptual, sacarle de su error?

El mundo es complicado (o simplemente grande), por eso inventamos los clichés. Los canadienses cazan focas, los franceses no se lavan, los suecos son honrados, los españoles, corruptos, y ningún texano ha votado jamás al Partido Demócrata. Esta visión reduccionista del mundo la tenemos todos. Lo importante es saber que no es verdad. O mejor aún, que no tiene importancia. Se imponen clichés locales (sobre el pueblo de al lado), regionales, nacionales, que sólo funcionan en ausencia de movimiento. O dicho de otro modo: al viajero le traen sin cuidado los clichés. Hasta le hacen gracia.

La historia de Canadá y la de Euskadi están ligadas por vía marítima. Portugueses y vascos han sido siempre los más audaces a la hora de ir a pescar allí donde nadie lo ha hecho antes. Poco después de que Jacques Cartier pusiera el pie en territorio quebequés (hablamos de 1534), ya había vascos lanzando sus artes en el Golfo de San Lorenzo. Al parecer, la pesca allí era algo impresionante. El bacalao saltaba prácticamente a bordo del pesquero, como si quisiera conocer Europa, el pobre. Así lo cuenta el aventurero Claude Lebeau:

“Era un placer ver esta pesca. Sólo con tirar el anzuelo, nuestros marineros hacían una captura. De este modo, no había más que tirarlo y recoger. Por lo tanto, es cierto que la prodigiosa cantidad de bacalao que vemos en Europa viene principalmente de este emplazamiento”.

Claude Lebeau, ‘Aventures du s. C. Le Beau, avocat en Parlement’ ¹ (1738)

Mi amigo Asier Martiarena, además de ser un periodista riguroso y avisado, es, como buen vasco (cuidado, que viene otro cliché), un excelente cocinero y erudito gastrónomo. Y tiene la cualidad contagiosa del entusiasta: te explica cómo convertir una triste ensalada de canónigos en un festival del sabor añadiendo apenas un par de ingredientes. Y te lo crees. Y quieres hacer la prueba y comértela. Eso es un don. Del bacalao suele decir que es “un pescado muy agradecido. Muy mal lo tienes que cocinar para echarlo a perder”.

Efectivamente, el bacalao lo resiste todo, y no sólo en los fogones. Se sala, se ahúma, se conserva estupendamente. Por eso ofrecía tantas posibilidades comerciales y por eso los vascos no dudaban en navegar 5.000 kilómetros para pescarlo en cantidades industriales.

Al cabo de 400 años, la rica tradición oral francoamericana ha cambiado un tanto el papel de los pescadores vascos en sus costas. Según cuentan, los vascos ganaron fama en Canadá no por pescar bacalao (o fletanes o arenques) sino por cazar morsas. La escritora Antonine Maillet habla así de las andanzas vascas en las costas de la Acadia, alrededor de la isla de San Juan (hoy llamada Isla del Príncipe Eduardo y escenario idílico de la novela Ana, la de Tejas Verdes):

“Una isla bella, repleta de tierra roja, con los bordes desgarrados por ensenadas y bahías, como si las ballenas de los tiempos remotos hubieran mordido la costa de forma feroz. Ballenas que no tenían inconveniente en acercarse para arrojar sus chorros de agua hasta las mismas orillas de la isla. Y lo mismo hacían las marsopas y los marrajos y las morsas. Y los vascos desbrozaban para la gente de la carreta [acadianos deportados que vuelven a su tierra] su linaje de ancestros marineros y cazadores de morsas que durante siglos abastecieron de marfil a Europa.

—Andad e id a desenterrar los esqueletos de las morsas, en los barrancos de las islas, y os puedo asegurar que a todos les faltarán los colmillos del mentón”.

Antonine Maillet, ‘Pélagie-la-Charrette‘ (1979).

Lo curioso del relato de Maillet es que, ajena a los estereotipos españoles, presenta a un vasco muy diferente al nuestro.

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Nuestra literatura ha reproducido fielmente el cliché del aguerrido marinero euskaldún, una suerte de rocoso working hero, implacable carcelero de sus propios sentimientos y poco dotado para la expresión oral. Veamos, por ejemplo, a Simón Orozco, el patrón del Aril en la novela de Ignacio Aldecoa Gran Sol. Orozco es un marino vasco de los pies a la cabeza, circunspecto, inexpresivo, melancólico, solitario. Aferrado al timón, otea el horizonte oceánico, piensa en su familia y si abre la boca es para dar órdenes cortantes a su tripulación. Es severo, taciturno, estoico.

“Simón Orozco comenzaba su jornada de diecisiete horas al timón. Diecisiete horas, diecisiete días seguros. Comiendo al timón, soñando al timón, esperando al timón, obseso de los embarres de la red y de la marcha del barco compañero. Simón Orozco comenzaba la carrera de los bancos de pesca de la mar del Gran Sol. Arrastre en Petí Sol, en Cockburn, en Hurd, en Labadie, en Jones, en Melville Knoll, en Parsons, en La Chapelle… en Gran Sol. Diecisiete días seguros de soledad en el puente”.

Ignacio Aldecoa, ‘Gran Sol’ (1958)

El retrato del arrantzale austero se mantiene, más o menos igual, en Bilbao-New York-Bilbao (2008), de Kirmen Uribe. Antonine Maillet, célebre creadora del personaje de La Sagouine, presenta en su novela Pélagie-la-Charrette (con la que ganó el premio Goncourt) a unos vascos verdaderamente particulares, los miembros del clan Bastarache. Esta familia, en vez de volver a Euskadi con el resto de pescadores, se queda en Canadá y, cuando Inglaterra ordena la Gran Deportación de los acadianos a Luisiana (1755), los Bastarache se refugian en los bosques y comienzan a vivir al estilo gitano. Son descarados, fiesteros, marginales.

“—Nos deportaron dos veces —confiesa François, el de Philippe, el de Juan [era tradición en la Acadia incluir a los antepasados cuando se hablaba de alguien]—, pero no nos han destruido. Es complicado exterminar a una raza de aventureros que tiene por costumbre moverse como los bloques de hielo en las mareas. Con el tiempo hemos aprendido a brincar de isla en isla, a saltar los estrechos, y a sacar la cabeza del agua para pitorrearnos de los bárbaros que quieren ahogarnos diciéndoles: “¡Hola, hola!”.

Antonine Maillet, ‘Pélagie-la-Charrette’ (1979)

Maillet dota a sus vascos de un temperamento… ¿andaluz? Así parece.

Yo he conocido a andaluces que parecían vascos. Y a vascos que parecían andaluces. Pero el mundo es complicado y hay que simplificarlo. En esa tarea sintetizadora, los clichés son invencibles. Y hasta bonitos.

Como dicen en Italia, se non è vero, è ben trovato.

 

 

Nota ¹: Como era costumbre en la época, a un título corto le seguía otro largo y explicativo (a veces muy, muy largo y muy, muy explicativo). Así, el título completo del libro de Lebeau sería, más o menos, el siguiente: Aventuras del señor Claude Le Beau, abogado del Parlamento o Viaje curioso y nuevo entre los salvajes de la América septentrional en el cual se encontrará una descripción del Canadá con una relación muy especial de los antiguos usos, costumbres y formas de vivir de los bárbaros que la habitan y de la manera en que se comportan hoy. El tunante de Lebeau fue abogado, sí, y con ínfulas, pero lo cierto es que fue detenido por libertinaje y deportado a Canadá, donde continuó sus actividades delictivas y donde fue condenado a muerte. Como estaba fugado y se le había perdido la pista, las autoridades se conformaron con ahorcarlo en effigie, es decir, simbólicamente. Quienes han leído sus aventuras dicen que tenía un cierto talento como escritor, aunque poner títulos, evidentemente, no era su fuerte…

El editor intratable

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Un libro lleva a otro. Y a otro. Y a otro.

El protagonista de L’anglais n’est pas une langue magique, del canadiense Jacques Poulin, es un lector a domicilio que al principio de la novela ofrece sus servicios por teléfono a una potencial usuaria.

“A veces los clientes mencionan el texto que quieren oír, o el nombre del autor. Si no dicen nada, yo tampoco hago ninguna sugerencia. Eso significa que les gustan las sorpresas.

La mujer guardaba silencio. En condiciones normales, después de las habituales fórmulas de cortesía, ya habría colgado el teléfono. Pero esta vez quería oír de nuevo aquella musiquilla.

—¿Tiene usted algún gusto en particular? —pregunté.

—Hábleme de amor¹ —dijo ella.

Me quedé mudo de golpe. (…) Más tarde comprendí mi error. Lo único que había hecho la mujer de la voz melodiosa es mencionar un título: la segunda colección de cuentos del señor Raymond Carver”.

Jacques Poulin, L’anglais n’est pas une langue magique

 

Raymond Carver fue un maestro del cuento. Su influencia ha sido tal que no hay ninguna escuela de escritores del mundo que no lo utilice como ejemplo para sus alumnos. Su figura, además, resulta entrañable porque sus lectores, de alguna manera, veían en Carver a uno de sus personajes, un ser perdido y necesitado de amor. Aunque hoy es considerado un tótem, dicen los que leyeron sus trabajos originales que el final de sus relatos no estaba a la altura de los inicios y del desarrollo. Su editor, Gordon Lish, se encargó de solucionar el problema extirpando aquellos indeseados apéndices. Los finales, así, ganaban profundidad, humanidad. Eran un silencio, una herida abierta. Y Carver tocó la gloria.

No fueron sólo los finales lo que cortó Lish, que se reveló como un artista con la tijera y el rotulador rojo. Según contó el escritor D.T. Max en un artículo en The New York Times, “Lish redujo a la mitad los cuentos y reescribió 10 de los 13 finales” de De qué hablamos cuando hablamos de amor. A cuchillo. Sin contemplaciones. Aquel desaforado afán podador hizo, claro, que las relaciones entre el autor (herido en su orgullo) y el editor (una mala bestia) se resintieran. El asunto es espinoso y hay opiniones para todos los gustos, pero quizás una de las más acertadas (por ambigua, paradójicamente) sea la de su colega Gerald Howard: “No debería haberlo hecho, pero lo hizo, y fue maravilloso”.

El peor enemigo de Gordon Lish fue siempre Gordon Lish. Editor de la revista Esquire y director literario de la editorial Alfred A. Knopf, fue apodado Captain Fiction (Capitán Ficción) por su habilidad para reconocer el talento de nuevos escritores. Su arrebatado carácter, sin embargo, le hizo perder más de un amigo. Es (aún vive) brillante, intuitivo e inteligente, pero no infalible. Un ejemplo: cuando su amigo Richard Ford quería dar un cambio de rumbo a su carrera y emprendió la redacción de El periodista deportivo, Lish le tiró el manuscrito (una obra maestra incontestable) a la cabeza. Así se las gastaba.

En los ochenta inició su propia carrera como autor y el hecho de haber dejado tantos cadáveres por el camino, evidentemente, no le ayudó. “Los trabajos de Lish no tuvieron la atención que se merecían”, ha afirmado uno de sus ilustres protegidos, Don DeLillo, en Newsweek. La editorial Periférica está traduciendo la obra de Lish al español. Tras Perú y Epígrafe, ahora acaba de publicar Mi romance. En ella el propio autor es protagonista. Habla desde una tribuna en un congreso de escritores en Long Island. Y allí, en público, comienza una confesión impúdica de sus miserias. Es ficción, pero lo que se cuenta está basado en la realidad: Lish sufre una terrible psoriasis y vive encerrado en su apartamento, cerca de Central Park, con las persianas bajadas para que no le dé la luz; es hijo de un vendedor de sombreros, como cuenta en el libro; ha tenido problemas con el alcohol, fue editor de Esquire… En Mi romance Lish se somete a un voluntario auto de fe. Muestra a un hombre rácano y acomplejado, elocuente pero caótico, admirado y temido al mismo tiempo. Se exhibe, descaradamente, como un individuo fastidioso e inoportuno. Y la distorsionada (aunque no falsa) radiografía que hace de sí mismo está teñida de ese humor incómodo que Ricky Gervais ha elevado a la categoría de arte. Lish alumbra un monólogo a la vez cómico y desasosegante, lo que da una idea de su ambición y de su audacia.

 

¹ La edición francesa de De qué hablamos cuando hablamos de amor se publicó con el título de Parlez-moi d’amour (“Hábleme de amor”).

China y los errores de cálculo

Lachine

Para evitar los rápidos y transportar mercancías con seguridad se construyó en 1825 este canal en Lachine, al sur de la isla de Montreal. La casa de la derecha es hoy el Museo del Comercio de las Pieles. Foto: Artur Staszewski.

 

Lachine, una pequeña ciudad al sur de la isla de Montreal, es famosa por dos cosas: por ser el lugar de nacimiento de Saul Bellow (un gigante de la literatura del siglo XX, premio Nobel en 1976) y por la broma que le da nombre al municipio. Los primeros exploradores franceses de Canadá no conocían con precisión las verdaderas dimensiones planetarias como tampoco las conocía Cristóbal Colón, que se embarcó hacia Asia en dirección contraria sin saber que, a medio camino, un obstáculo considerable le impediría continuar su travesía. Ese estorbo marítimo es lo que hoy conocemos como… ejem… América. Con Lachine ocurrió algo similar.

En 1669, el explorador normando René-Robert Cavelier de La Salle se embarcó junto a varios hombres en una ambiciosa expedición: pensaban que bordeando la isla de Montreal hacia el sur y luego girando a la derecha llegarían nada menos que a los mares de China. Cuatro meses más tarde se toparon con las cataratas del Niágara y no tuvieron más remedio que desandar su camino, cariacontecidos, como es natural. El cachondeo a su regreso fue épico. Los montrealeses empezaron a llamar chinos a los bravos aventureros de La Salle y bautizaron como Lachine (en francés literal, la Chine, o sea, China) el punto en el que los expedicionarios viraron hacia el Oeste en busca de nuevas rutas marítimas. Este error de cálculo por parte de La Salle no empaña, en cualquier caso, el carácter heroico de sus expediciones. Exploró los Grandes Lagos de Canadá y Estados Unidos y navegó por el Misisipi hasta su desembocadura, donde fundó Luisiana. Llegó hasta la costa de Texas y sus viajes fueron fundamentales en la extensión del Virreinato de Nueva Francia por toda Norteamérica.

Con el tiempo (y con la llegada del ferrocarril), Lachine se convirtió en un importante centro industrial en el siglo XIX y allí es donde Jules Fournier ambientó su sangriento y divertido folletón El crimen de Lachine.

Pero esa, también, es otra historia…

Si me queréis, irse

Fotograma de 'Léolo' (1992), la obra maestra de Jean-Claude Lauzon.

Fotograma de ‘Léolo’ (1992), la obra maestra de Jean-Claude Lauzon.

¿Cuál es el afán de un escritor? La pregunta parece fácil: ser leído. ¿Ser leído y ya está? Pues no. En la mayoría de los casos, hay más incentivos. “Escribo para que me quieran más”, decía García Márquez. Michel Houellebecq afirma sin rubor que busca la alabanza de sus lectores. “¿Por qué escribe usted?”, le preguntaba Nando Salvà en una espléndida entrevista en el DOMINICAL de El Periódico de Catalunya. “Porque me gusta el aplauso de la gente. Si tuviera que escribir sin ser publicado y leído, no creo que lo hiciera”, confesaba el escritor francés. Esta satisfacción del ego parece un combustible fundamental para el ejercicio de la literatura. Además, los novelistas suelen ser grandes conversadores y, aunque lo nieguen públicamente, les encanta dar entrevistas de promoción. Les hace sentir importantes. Pero no todos son así, claro. Siempre ha habido escritores obsesionados con vivir escondidos, con desaparecer. Queda su obra y nada más. Enrique Vila-Matas ha escrito mucho sobre la vocación escapista de estos escritores (Bartleby y compañía es un libro imprescindible para comprender el fenómeno). Los más célebres son, sin duda, J.D. Salinger, Thomas Pynchon y B. Traven (autor de El tesoro de Sierra Madre y personaje imposible de rastrear por las decenas de seudónimos que llegó a utilizar).

La literatura canadiense también cuenta con su particular perro verde: Réjean Ducharme. El huraño autor de El valle de los avasallados (la extraña y genial novela que inspiró la extraña y genial película Léolo) lleva 40 años sin dar una entrevista. Tampoco consta que se le haya hecho ninguna foto en todo ese tiempo. Ni siquiera su editor en Montreal ha mantenido nunca una conversación cara a cara con él (ni cara a cara ni por teléfono). Su prosa, llena de juegos de palabras, hace muy difícil su traducción, aunque desde hace unos años la pequeña editorial Doctor Domaverso tiene el meritorio empeño de acercar a este singular autor al público hispano. En su 70º cumpleaños Radio-Canada le dedicó un breve pero enjundioso reportaje. Por suerte, cuenta con subtítulos en español y lo enlazamos aquí. Puede parecer el falso documental sobre un escritor misterioso. No lo es. Todo es rigurosamente cierto.

Señoras y señores, con ustedes: Réjean Ducharme.

¿Qué significa “nuvuk”?

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Cabo de Gata (Almería). Foto: Gabriel Villena.

 

Nuvuk significa “cabo” en la lengua inuit. En Canadá hay que decir inuit, no esquimal. Esquimal se considera peyorativo. Según la RAE, cabo, entre otras acepciones, es una “lengua de tierra que penetra en el mar”. En francés, además de este sentido, cap significa también “rumbo”. Así pues, a bordo de un barco, mettre le cap sur Cadix es “dirigirse a Cádiz”, que es una de las mejores cosas que se pueden hacer con un barco. Y con cualquier medio de locomoción, no nos engañemos. En el siglo XVI, los pescadores vascos mettaient le cap sur Canada y se internaban por el golfo de San Lorenzo. Tras faenar en aquellas aguas y con la bodega repleta de bacalao, ponían rumbo al cabo Machichaco y regresaban a casa. Algunos se quedaban más tiempo y atracaban en una isla que entonces no tenía nombre pero que hoy, lógicamente, se llama Île aux Basques. Y no sólo pescaban bacalao. Sobre todo (obsérvese a continuación la sutileza en el cambio de verbo) cazaban ballenas, y lo hacían a troche y moche, como cuenta Antonine Maillet en su novela Pélagie-la-Charrette. Pero contaremos esa historia en otra ocasión. Para eso estamos aquí, para contar historias y hablar del mar, de ballenas, de inuits, de Canadá, de barcos y, sobre todo, no nos engañemos, de libros (o de cualquier otro medio de locomoción).

Bienvenidos.