Nunca dejes de creer

 

Un ciego con una pistola es un divertido policiaco de Chester Himes  ambientado a finales de los años 60, época de conflictos sociales y manifestaciones. El flower power y Mayo del 68 tuvieron entre los afroamericanos una vertiente iracunda. Los disturbios de Ferguson (Misuri) en agosto de 2014 evidenciaron que esas heridas siguen abiertas hoy en la sociedad estadounidense.

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Disturbios raciales en Harlem, en 1964. Foto: Dick De Marsico. Fuente: New York World-Telegram and the Sun Newspaper Photograph Collection (Library of Congress).

El Harlem encendido por los Panteras Negras y los Musulmanes Negros es el telón de fondo sobre el que los detectives afromericanos Coffin Ed y Grave Digger filosofan sobre la historia del siglo XX con una buena ración de balas, sangre y sentido del humor. Dialogan sobre los años 60, pero podrían referirse a la actualidad. ¿Les suena todo esto?

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Portada de la primera edición de Un ciego con una pistola (1969).

 

Coffin Ed había tenido poco trato con la delincuencia juvenil. Los pocos gamberros jóvenes a quienes habían golpeado en la cabeza alguna vez no representaban nada…, excepto jóvenes gamberros de cualquier raza. Pero esta nueva generación de jóvenes de color, con su costumbre de la era espacial, constituía una incógnita.
¿Qué era lo que les llevaba a los motines y a desafiar a la policía blanca, por un lado, y a componer poesía y sueños capaces de desconcertar a un intelectual de Harvard, por el otro? No se podía culpar de todo a los hogares destruidos, la falta de oportunidades, la desigualdad, la pobreza, la discriminación… O el genio. La mayor parte provenía de los suburbios que no generan ni genios ni sueños, pero algunos eran de buenas familias de clase media, que no habían sufrido tan severamente las desigualdades. Y los buenos y los malos y los astutos y los ingenuos formaban parte por igual de una clase con preocupaciones raciales: todos eran miembros de la oposición. Y no había ninguna necesidad de encontrar al hombre responsable: no había un hombre responsable. Le contó su inquietud a Grave Digger mientras conducían el coche hacia su trabajo.
—¿Qué le ha pasado a esta gente joven, Digger, mientras nosotros estábamos persiguiendo a los viejos?
—Diablos, Ed, debes comprender que los tiempos han cambiado. Estos jóvenes nacieron justo después de que terminamos una guerra para eliminar el racismo y hacer al mundo más seguro y libre. Y tú y yo nacimos justo después de que nuestros padres lucharan en una guerra que hiciera al mundo más libre para la democracia. Pero la diferencia radica en que cuando terminamos de luchar en un ejército segregacionista para barrer a los nazis y volvimos a nuestro racismo nativo, ya no creíamos en nada de esa mierda. Sabíamos algo más. Crecimos cuando la depresión y peleamos sometidos a hipócritas contra hipócritas, y aprendimos entonces que el blanco es un ser mentiroso. Quizá nuestros padres eran como nuestros hijos y creían en sus mentiras, pero nosotros pronto supimos que la única diferencia entre el racista nativo y el racista extranjero consistía en quién dominaba al negro. Los nuestros triunfaron, así que nuestros gobernantes blancos pudieron conservar a sus negros y nos convencieron de que nos darían la igualdad apenas estuviéramos preparados.
—Digger, tienen que comprender que es más difícil garantizarnos a nosotros la igualdad que lo que resultó la liberación de los esclavos.
—Quizá tienen razón, Ed, quizás esta vez no mienten.
—Están mintiendo, seguro.
—Quizá. Pero lo que nos salva a los negros de nuestra edad es que nunca lo creímos. Pero esta nueva generación lo cree. Y por ello tenemos desórdenes.

(Traducción de Ana Becciu para la versión española de 1978, reeditada en 2008 por © RBA Libros)

 

Es Harlem, pero podría ser una banlieue de París. Donde dicen “negros” podría leerse “clase trabajadora”. Donde dicen “blancos” podría leerse “casta” o “bancos alemanes” o “Comisión Europea”. Hablan de “esperanza” y “juventud” en oposición al “cinismo” y la “experiencia”.

El problema de los jóvenes, dicen, es que creen. Creen que otro mundo es posible.

Y creer está bien.

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Monumento dedicado a Chester Himes en Moraira (Alicante), donde vivió sus últimos años y murió en 1984. Foto: Joan Ivars.

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Una cuestión de principios

Holanda dejó de vender armas a Arabia Saudí. ¿La razón? Un informe de la ONU que concluye que la coalición encabezada por Riad contra los rebeldes de Yemen ha bombardeado objetivos civiles como escuelas, mezquitas, hospitales y mercados públicos. Pero Holanda es una excepción en Occidente.

En general, el dinero saudí es recibido con alborozo, a pesar de ser el mismo que financia la expansión del wahabismo (la versión más integrista y radical del islam) por todo el planeta y de ser un régimen que no respeta los más elementales derechos humanos. Uno de los más entusiastas socios económicos de Arabia Saudí ha sido el gobierno español de Mariano Rajoy. En 2015, la venta de armas en España batió récords históricos: sólo en los primeros seis meses vendió 448 millones de euros en armamento, más que cualquier otro año completo durante la última década. 2015 fue año de elecciones y había que acelerar el negocio. La cifra, en cualquier caso, se queda pequeña frente a los 3.500 millones de euros que el Reino Unido vendió a Riad desde que los saudíes entraron en el conflicto yemení, en marzo del año pasado.

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David Cameron conversa con el rey saudí Salmán bin Abdulaziz en la cumbre del G20 en Turquía, en noviembre de 2015. Foto: Crown Copyright/Georgina Coupe

El gobierno del ex primer ministro canadiense Stephen Harper también fue socio preferente de un régimen que es capaz de condenar a una chica violada a 200 latigazos y seis meses de prisión. Harper defendió los contratos y quitó importancia al cotidiano atropello a los derechos humanos que se produce en Arabia Saudí. “No es justo castigar a los trabajadores de una fábrica de London [Ontario] por esto”, llegó a decir.

Cuando el liberal Justin Trudeau accedió a la presidencia de Canadá parecía que todo esto iba a cambiar. Lamentablemente no ha sido así. Su ministro de Asuntos Exteriores, Stéphane Dion, explicó la conveniencia de mantener los contratos firmados por Harper con la monarquía saudí, un régimen que en 2015 incrementó sus ejecuciones un 76% respecto al año anterior: aplicó la pena de muerte a 158 personas, “una ola de ejecuciones sin precedentes”, según Amnistía Internacional.

Pero hablamos de un acuerdo de 10.000 millones de euros, y con tanto dinero en juego, según Dion, no se puede ser tan tiquismiquis: “Si Canadá debe dejar de hacer negocios con los países que reconocen o aplican la pena de muerte, la lista podría ser muy larga. Y no habría que irse muy lejos”, remató en referencia a su principal socio económico, los Estados Unidos. “Las informaciones indican que Arabia Saudí no ha hecho un uso inapropiado del equipamiento [por ahora jeeps blindados, fundamentalmente] para violar los derechos humanos”, añadió para ratificar el acuerdo.

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En misa y repicando: Stéphane Dion en Ginebra, en marzo de 2016, durante la pasada Conferencia de Desarme. Foto: UN Photo / Elma Okic

Se hace necesario un breve resumen del conflicto yemení: Yemen es el campo de batalla extranjero en el que las dos superpotencias islámicas, Arabia Saudí e Irán, están combatiendo. Los saudíes (sunitas) entraron en la guerra civil yemení para atacar a los rebeldes hutíes (chiitas), que reciben apoyo del régimen iraní (también chiita). Pero todo esto es un rollo, nadie está interesado en este tipo de conflictos bárbaros y tercermundistas. Los inversores sólo ven la cuenta de resultados. Lo demás les trae sin cuidado. Afortunadamente para ellos, desde hace décadas los gobiernos occidentales trabajan fundamentalmente para los inversores, no para los ciudadanos. Y cuando la maquinaria bélica saudí empieza a funcionar, los beneficios se disparan. Véase el incremento en la exportación de armas vendidas por el Reino Unido a Arabia Saudí:

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Fuente: The Guardian

Según el informe de Naciones Unidas, la coalición liderada por Arabia Saudí emprendió 22 ataques a hospitales, 10 ataques a mercados públicos, 9 ataques a campos de refugiados, 9 ataques a aeropuertos, 8 ataques a escuelas, 7 ataques a organizaciones humanitarias, 5 ataques a vehículos de que transportaban civiles (incluida una ambulancia)… Entre marzo de 2015 y marzo de 2016 se han registrado 3.218 muertes de civiles.

Pero 10.000 millones son 10.000 millones. Los principios morales pueden relajarse ante una cantidad así. ¡Demonios, los principios morales no son iguales aquí y allí! El régimen saudí, por ejemplo, cree que los latigazos y las penas de prisión aplicadas tradicionalmente en su país a los homosexuales se quedan cortas como castigo. Actualmente se está planteando aplicar la sharía con más rigor si cabe y llegar incluso a la pena de muerte para los gays.

Pero el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, no tiene problemas morales para hacer negocios con ellos. Puede meter 10.000 millones de euros de dinero saudí en los bolsillos de la élite económica canadiense y luego, sin aparente contradicción, encabezar el desfile del Orgullo Gay en Toronto. Lo hacía en la oposición y ahora, en el gobierno, será el primer presidente canadiense en hacerlo.

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Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros.     Copyright: Chris Young/Canadian Press

Todo el mundo quiere a Justin

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El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, recibe en Nueva York una insignia de manos de la directora ejecutiva de ONU Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuka, en marzo de 2016. Foto: UN Women/Ryan Brown

Como Mary Poppins, Justin Trudeau parece “prácticamente perfecto en todo”. Accedió a la presidencia de Canadá a finales de 2015. Entonces enamoró a los electores y arrasó en las urnas. Y ya en el poder está enamorando a todo el mundo, en primer lugar a los estadounidenses, que ven con envidia al mandatario del Norte cuando lo comparan con los aspirantes a la Casa Blanca, Donald Trump y Hillary Clinton. “¿No puedes presentarte a presidente aquí?”, le preguntaron dos jóvenes en una cafetería de Nueva York antes de implorárselo, humorísticamente, de rodillas. El

 

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Lo sorprendente de Trudeau es que ha enamorado incluso a quienes se encuentran ideológicamente más alejados de él. Un buen ejemplo es el de Jean-Luc Mélenchon, líder del Frente de Izquierda, la coalición que engloba al Partido Comunista Francés y al Partido de Izquierda, entre otras formaciones políticas. Mélechon elogia en su blog la valentía de Trudeau a la hora de manejar temas espinosos como el de la inmigración o la política antiterrorista, y aprovecha de paso la alabanza para atizarle al presidente de la República, el socialista François Hollande. Aquí está el texto traducido al español:

La vergüenza no es obligatoria

¡Qué vergüenza! ¡En el momento en el que François Hollande proponía la pérdida de la nacionalidad [francesa] para los individuos con doble nacionalidad condenados por terrorismo, Canadá suprimía esta medida! El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, había prometido en su campaña electoral derogar la ley que permitía despojar de su ciudadanía canadiense a un canadiense condenado por atentar contra el interés nacional. Tomó posesión el 4 de noviembre de 2015. Es decir, diez días antes de los atentados de París. Y trece días antes del vergonzoso discurso de François Hollande en el que proponía esta medida, ‘birlada’ del catálogo de la extrema derecha. Justin Trudeau presentó en febrero un proyecto de ley que abole la posibilidad de despojar de su nacionalidad a un canadiense binacional. Sin embargo, este jefe de gobierno es un “liberal”. Se supone que está más a la derecha que un supuesto “socialdemócrata” francés como Hollande. Lo que nos lleva a preguntarnos si estas etiquetas dicen hoy algo relevante de la acción política. Y sobre todo si François Hollande ha dado la espalda de una vez por todas a la historia republicana y progresista proponiendo una medida semejante.

El proyecto de ley que deroga la pérdida de la nacionalidad para los canadienses fue presentada el pasado 25 de febrero. Justo el mismo momento en el que el parlamento francés debatía la introducción de esta medida para los franceses con doble nacionalidad. El contraste es asombroso. En Canadá, la ley fue adoptada en mayo de 2015 para despojar de la ciudadanía canadiense a los binacionales. Aquellos, precisamente, que habían sido condenados por actos de terrorismo o crímenes contra el interés nacional. Esta ley fue adoptada por la mayoría conservadora en aquella época [con Stephen Harper como primer ministro]. Se implantó tras un ataque yihadista especialmente horrible contra el parlamento canadiense. (…) En el momento en el que fue votada esta ley, el líder del partido liberal, Justin Trudeau, estaba entonces en la oposición. Prometió que derogaría esta medida si ganaba las siguientes elecciones. Su partido fue el más votado en octubre. He aquí una lección: ¡tomar prestados los discursos de la extrema derecha no es el mejor medio de ganar las elecciones!

El nuevo gobierno propuso en febrero de 2016 un proyecto de ley para abolir esta medida. Está siendo examinado en el parlamento canadiense. El ministro de Inmigración del gobierno Trudeau [John McCallum] defiende su posición con argumentos idénticos a los que nosotros [el Frente de Izquierda] hemos utilizado contra el proyecto de François Hollande. La ley precedente “ha creado dos clases de canadienses y nosotros creemos firmemente que no hay más que una clase de canadienses y que todos los canadienses son iguales. Todos los ciudadanos canadienses son iguales ante la ley, hayan nacido en Canadá, hayan obtenido la nacionalidad en Canadá o posean una doble nacionalidad”, ha declarado el ministro encargado del tema. “No podemos elegir entre buenos y malos canadienses. Aquellos que cometan crímenes deberán hacer frente a las consecuencias de sus acciones a través del sistema judicial canadiense” y solamente de esta manera.

Sólo un individuo ha perdido [su nacionalidad] en virtud de esta ley, un jordano-canadiense sentenciado a cadena perpetua en 2006 por haber planificado un atentado en Toronto. Y se le despojó el pasado octubre, en plena campaña electoral. Su nacionalidad le será restituida. De ahora en adelante, sólo podrá ser desposeído de su nacionalidad una persona que la haya obtenido de manera fraudulenta o con mentiras. Por cierto, el proyecto de ley prevé también facilitar la adquisición de la ciudadanía canadiense reduciendo las exigencias de dominio de la lengua, sobre todo para los adolescentes, y reduciendo el tiempo de presencia en el país a tres años antes de poder pedir la naturalización. Por otro lado, el gobierno ha anunciado su intención de abandonar la coalición militar contra el Estado Islámico y de acoger a 29.000 refugiados sirios. ¿Lo habéis entendido? Quizás deberíais leerlo otra vez. ¡Sí, es posible! ¡La dignidad, el honor, el coraje de la Virtud son posibles! La apatía, la humillación electoralista ante la peor de las estupideces de un frente de bestias no es la única actitud posible. No lo es para los “progres” y tampoco lo es para la derecha. Es un hombre de derechas quien lo demuestra.

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Jean-Luc Mélenchon, con chaqueta negra, junto a otros europarlamentarios durante una protesta en Estrasburgo contra el Tratado de Libre Comercio entre EE.UU. y la Unión Europea. Foto: GUE/NGL

Hay que reconocerle a Trudeau su coherencia y su valentía, desde luego. Todo Occidente tiene mucho que aprender de Canadá, pero habría que rebajar el nivel de forofismo en torno a su primer ministro. Cuando llegue la hora de la verdad sobre el CETA (Acuerdo integral de Economía y Comercio entre Canadá y la Unión Europea) y el TTIP (el tratado de libre comercio entre EE.UU. y la UE), quizás debamos replantearnos nuestro idilio con el guapo —y liberal, no lo olvidemos— Trudeau. Muchos canadienses y muchos europeos verán rebajados sus salarios o perderán sus empleos. Quizás entonces ya no nos parezca tan perfecto.

 

¿Quién será el próximo primer ministro?

14 de octubre de 2015

El próximo lunes, 19 de octubre, Canadá acude a las urnas para elegir a su gobierno federal. Los sondeos no son claros y ofrecen casi un triple empate entre el Partido Conservador (en el poder desde 2006), el Partido Liberal (históricamente el gran partido de centro: ha gobernado el país durante 69 años del siglo XX) y el Nuevo Partido Democrático (socialdemócrata, fundado en 1961 por Tommy Douglas, el político más respetado de la historia del país por ser el impulsor de la asistencia médica universal en Canadá).

Nadie se fía de las encuestas, que dan un 30% de los votos a cada uno de estos partidos. El candidato liberal, Justin Trudeau, ha irrumpido con fuerza y ha enderezado el rumbo de un partido histórico pero errático en los últimos años (en los que, sobre todo entre sus socios provinciales, ha tenido que soportar graves acusaciones de corrupción).

Justin Trudeau, del Partido Liberal, en un mitin de campaña en Ottawa. Foto: Joseph Morris.

Justin Trudeau, del Partido Liberal, en un mitin de campaña en Ottawa.
Foto: Joseph Morris.

Su campaña se ha centrado en la idea de fortalecer otra vez a la clase media, muy maltratada tras casi diez años de gobierno conservador. Trudeau, una especie de Albert Rivera a la canadiense, está avalado por su físico (siempre tan importante), su federalismo apasionado, su perfecto bilingüismo y, sobre todo, por su apellido: es hijo del carismático Pierre Elliott Trudeau, que fue primer ministro de Canadá durante 15 años.

El aspirante socialdemócrata, Thomas Mulcair, es el político con el que todo el mundo está de acuerdo pero (con los candidatos de izquierdas suele ser así, en todas partes) del que los votantes no se acaban de fiar.

Tom Mulcair (en primer término) junto a Jack Layton (detrás), en una imagen previa a la campaña de 2011. Foto: Canada's NDP / NPD du Canada

Mulcair (en primer término) junto a Jack Layton (detrás), en una imagen de abril de 2011. Layton fue el artífice del resurgir del partido socialdemócrata en las elecciones de aquel año.
Foto: Canada’s NDP / NPD du Canada

En contra de Mulcair pesa su pasado en el Partido Liberal de Quebec, en el que militó entre 1994 y 2007. Él lo explica diciendo que por aquel entonces, en la época del segundo referéndum de independencia (1995), los liberales eran la única opción federalista creíble en la provincia (además, el NPD no concurre a las elecciones provinciales en Quebec). En cualquier caso, en su feudo electoral, Outremont (en el centro de Montreal), fue siempre el candidato más votado, ya fuera encabezando la lista liberal (a las provinciales) o la socialista (para el parlamento nacional).

Al margen de sus éxitos electorales, Mulcair no lo ha tenido fácil en su propio partido: ha tenido que ocupar el liderazgo de una figura insustituible, Jack Layton, el candidato que estuvo a punto de ganar las elecciones en 2011 y que enamoró a los canadienses (incluidos, inesperadamente, los quebequeses) con sus discursos llenos de esperanza y en contra de la desigualdad. Por desgracia, Layton falleció de cáncer pocas semanas después de aquellos comicios. Antes de morir, escribió una carta a sus conciudadanos:

“Amigos, el amor es mejor que la furia. La esperanza es mejor que el miedo. El optimismo es mejor que la desesperación. Seamos pues amor, esperanza y optimismo. Y cambiaremos el mundo”.

Jack Layton

De haberle respetado la salud, ni el guapo Justin hubiera podido pararlo en las elecciones del próximo lunes.

Y así llegamos al conservador Stephen Harper, el tercero en discordia y actual primer ministro. Observando su trayectoria, no parece bien colocado para ser nuevamente reelegido (lleva en el poder desde febrero de 2006). Pero todo puede pasar.

Stephen Harper durante la pasada Calgary Stampede, el festival donde se celebra el rodeo más grande del mundo. Dicen que Alberta, la provincia natal de Harper, es culturalmente la más estadounidense de todo Canadá. Adoran los rodeos, la música country, la estética cowboy y los impuestos bajos. Aunque parece que ya se han hartado: los socialistas ganaron las elecciones provinciales del pasado mes de mayo después de 80 años de gobiernos conservadores.

Stephen Harper durante la pasada Calgary Stampede, el festival donde se celebra el rodeo más grande del mundo. Dicen que Alberta, la provincia natal de Harper, es culturalmente la más ‘estadounidense‘ de Canadá. Adoran los rodeos, la música country, la estética cowboy y los impuestos bajos. Pero todo tiene un límite: los socialistas ganaron las elecciones provinciales del pasado mes de mayo después de 80 años de gobiernos conservadores.

Durante su mandato, Harper favoreció la extracción de petróleo en su provincia natal, Alberta, y en todo el país por el polémico procedimiento de las arenas bituminosas, muy contaminante para el aire, el agua y el suelo. Además, emulando a sus vecinos estadounidenses, relajó las leyes para que la gente pudiera comprar armas libremente (aunque sólo escopetas de caza, no pistolas ni fusiles de asalto) y para que se borrase el antiguo registro de la Policía en el que los compradores debían inscribirse.

En política exterior se alineó con la línea más dura del gobierno de George W. Bush y en materia económica ha fomentado leyes que permiten a los los más ricos sortear a la agencia tributaria. Para ellos inventó en 2008 las CELI (cuentas de ahorro libres de impuestos). Sus políticas le han generado la animadversión de las mujeres (se plantea endurecer las condiciones objetivas para abortar), los indígenas (sobre sus reservas se cierne el fantasma de la explotación forestal y petrolífera, que Harper no va a detener), los artistas (ha recortado las subvenciones de forma radical), los ecologistas (le importan un bledo Kioto, Oslo o cualquier acuerdo similar), los inmigrantes (su política ha sido muy restrictiva y ha quedado en evidencia durante la crisis de los refugiados sirios: su gobierno le negó la entrada al país al padre de Aylan, el niño kurdo que murió ahogado el pasado mes de septiembre y cuya imagen dio la vuelta al mundo), los trabajadores de Radio-Canada (dice Harper que la tele y la radio públicas son hostiles a los conservadores), etc, etc, etc.

En España la publicidad de algunos partidos políticos puede parecer zafia, tramposa o incluso estúpida. El Partido Conservador de Canadá ha ido un poco más allá. Harper, aterrorizado por el empuje de Justin Trudeau, ha decidido lanzarse a por el voto inmigrante sacando la brocha gorda: ha incluido publicidades en medios en lengua china y panyabí (India y Pakistán) en las que se relaciona al candidato liberal con una epidemia de droga y prostitución.

La sutileza nunca fue el punto fuerte de Stephen Harper...

La sutileza nunca fue el punto fuerte de Stephen Harper…

Durante su primera campaña electoral se le preguntó a Harper cuál era su libro favorito. El entonces futuro primer ministro contestó que era El libro Guinness de los récords. Un año después, en 2007, el escritor canadiense Yann Martel, autor de La vida de Pi, empezó a enviarle cartas a Harper con el propósito de corregir la ignorancia que, con evidente recochineo, se le atribuía popularmente. En ellas le recomendaba lecturas que podrían ayudarlo a enderezar el rumbo de su gobierno. Estas misivas fueron posteriormente reunidas y editadas bajo el título What Is Stephen Harper Reading?

“Ya sé que está usted muy ocupado, señor Harper. Todos los estamos. Pero todo el mundo cuenta con un espacio cercano al sitio en el que duerme, ya sea un trozo de suelo o una fina mesita de noche. En ese espacio, por la noche, un libro puede resplandecer. Y en momentos de mansa vigilia, cuando empezamos a dejar atrás el día, es el momento perfecto para tomar ese libro y ser otra persona, estar en otro lugar, sólo unos minutos, durante unas pocas páginas, justo antes de dormir”.

El primer libro que le recomendó fue La muerte de Ivan Ilich, de Leon Tolstoi. Y le indicó que se fijara bien en el personaje de Guerassim, el mujik atento y compasivo que acompaña al protagonista en sus últimos momentos.

“Sospecho que es el personaje en el que nos reconocemos a nosotros mismos o al menos al que nos gustaría parecernos. Esperemos que ese día, cuando llegue el momento, tengamos a alguien como Guerassim a nuestro lado”.

Lo que Martel le pedía a Harper es que fuera el Guerassim de los canadienses. O dicho de otro modo, que fuera Jack Layton.

Y, claro, eso es imposible.