¿Quién de los dos es más salvaje?

Alanis02

La cineasta Alanis Obomsawin en el décimo aniversario de Cinema Politica, en Montreal (Foto: © Mimi Zhou / Cinema Politica)

Un pequeño diálogo entre un indio y un policía:

—Queremos orar con nuestros hermanos —dice el indio.
—Lo comprendo, pero no puedo dejarles entrar —dice el agente blanco de la policía de Quebec—. Tenemos que controlarlo todo. Además, ustedes no viven aquí.
—Pero están llegando miles de personas.
—Y los mandaremos de vuelta a sus casas. Mañana prepararemos un campo para ustedes…
—¿Nos van a detener?
—No, no. No es un campo de detención. Es un lugar para acampar…
—Este es mi país. No nos trate así. No se equivoque.
—No es para usted. Es para los extranjeros que vienen de fuera.
—Usted es el extranjero aquí —apostilla el indio ante la cara de estupefacción del agente.

Durante la crisis de Oka, en el verano de 1990, muchos indígenas americanos se solidarizaron con la nación mohawk, que puso contra las cuerdas al gobierno de Quebec y al gobierno federal canadiense por su negativa a que se construyera un campo de golf en los terrenos de su reserva. Llegaron nativos desde todos los rincones de Canadá, de Estados Unidos y hasta de México. Todas las naciones indígenas (algunas de ellas históricamente enfrentadas) apoyaron a los mohawk en mayor o menor medida. El pulso entre los indios (un término que hoy es peyorativo en toda Norteamérica; se prefiere autóctono), la policía de Quebec y el ejército canadiense duró 78 días. Y Alanis Obomsawin estaba allí para grabarlo todo. La conversación transcrita al inicio de este texto pertenece a su documental Kanehsatake: 270 años de resistencia (1993).

“Me llamo Alanis Obomsawin y soy una mujer wabanaki. Wabanaki significa ‘Pueblo de donde sale el sol’. Somos el pueblo del Este. Hago películas para documentar la vida y la memoria de nuestros pueblos. Lo he hecho desde hace 50 años”. Así se presentaba la cantante y directora en el marco del festival holandés de música Le Guess Who?

De niña vivió una experiencia traumática en la escuela. Una profesora (una de la pocas laicas que había en el colegio religioso al que acudió en Trois-Rivières, en la década de 1940) la trataba terriblemente mal por el simple hecho de ser indígena. No dejaba pasar la oportunidad de denigrarla ante el resto de la clase y el acoso llegaba hasta el maltrato físico. Su calificativo preferido era “pequeña salvaje” y no descansó hasta que logró expulsar a Alanis de la escuela. Ahora nos resulta inconcebible pensar en el bullying ejercido por parte de un profesor, pero esas cosas ocurrían también en España, especialmente contra niños de familias pobres o republicanas (incluso hoy, en un contexto de nacionalismo exacerbado, no sería raro que volvieran a ocurrir). “El tono es el que da verdadero sentido a las palabras, lo que se quiere decir realmente”, explica la venerable Obomsawin. “Ahora que me he hecho vieja, cuando me dicen ‘oh, mi pequeña y bella salvaje’, se trata de la misma palabra, claro, pero no significa lo mismo”. Esa palabra, “salvaje”, era la que más odiaba de niña. “Porque mi madre era muy limpia y me llamaban así en el colegio. Mi experiencia en el colegio fue espantosa”.

Le monde va nous prendre por des sauvages

Fotograma de Le monde va nous prendre pour des sauvages (1964), un cortometraje de Françoise Bujold y Jacques Godbout (© Office National du Film du Canada)

Un cortometraje documental de los años sesenta, La gente nos tomará por salvajes, ahondaba en el mismo sentimiento. En él se mostraba a niños de la etnia micmac y los muñecos con los que jugaban. Los fabricaban ellos mismos con maderas, telas, hojas y plumas. Ha sido el hombre blanco el que después ha convertido esos objetos en material siniestro para sus historias criminales (especialmente las ambientadas en Luisiana, donde convergen la tradición india, el vudú africano y la cultura cajún de los expulsados de la Acadia). En el corto se muestra también la ocupación tradicional de los micmacs de la bahía Chaleur: eran mariscadores, exactamente igual que los de Galicia. Hurgan en la arena de la playa con su rastrillo en busca de almejas. Dos actividades idénticas y ancestrales separadas por 4.000 kilómetros de océano.

La propia Obomsawin ha contado muchas veces a qué se dedicaban sus antepasados: eran canasteros, como los gitanos. Y se movían por toda la costa nordeste de América vendiendo sus productos. A principios del siglo XX, las fronteras eran más laxas y los indios se movían sin dificultad entre Quebec y Nueva Inglaterra (Obomsawin nació en New Hampshire, no en Canadá). Porque, de hecho, esa era su tierra, al margen de las divisiones administrativas de los blancos. Obomsawin se dedicó, primero como cantante y luego como documentalista, a cambiar la percepción que la gente tenía de lo que en Canadá llaman hoy “Primeras Naciones” y antes, simplemente, “salvajes”.

“La primera razón para hacer lo que hago está en el sistema de educación canadiense y en la forma en la que se contaba la historia de Canadá”, aseguró hace un par de años en el Centro Banff para las Artes y la Creatividad. “Originalmente, el sistema estaba diseñado por clérigos cristianos y a través de ese sistema se aseguraban de que los niños odiaran a esa otra gente: los indios. Y surgió un enorme odio a partir de aquella forma de educar. Yo era todavía muy joven cuando me rebelé contra eso. No sabía cómo, pero sabía que quería hacer algo para provocar un cambio en el sistema educativo”. En uno de sus documentales, Gene Boy vuelve a casa (2007), su protagonista cuenta cómo era ir al colegio en el Canadá de los años cuarenta: “En mi casa hablábamos tres lenguas: el inglés, el francés y el indio. Pero en la escuela católica la lengua india era la lengua del diablo. Nos pegaban con la regla si nos pillaban hablando en abenaki”.

Ya hemos visto que el tema de la educación ha sido siempre primordial en la obra de Alanis Obomsawin, tanto que consagró a un profesor universitario singular, Norman Cornett, de la universidad McGill, toda una película en 2009. Este profesor se hizo célebre en Montreal por sus métodos heterodoxos de enseñanza, ligados siempre a firmes fundamentos morales y a que los jóvenes desarrollaran, en total libertad y por ellos mismos, un pensamiento crítico (viéndole en acción es imposible no acordarse del personaje de Robin Williams en El club de los poetas muertos). El título del documental no puede ser más significativo: ¿Cuándo empezamos a diferenciar entre la respuesta correcta y la respuesta honesta?

Durante la crisis de Oka, el alcalde de la localidad aprobó un plan para aumentar un campo de golf de nueve hoyos a 18. Eso ponía en peligro un pinar de la reserva india y un cementerio mohawk. Los indígenas cortaron carreteras y puentes (incluido el puente Mercier, que unía Kahnawake con la isla de Montreal y por el que pasaban a diario 65.000 vehículos), se armaron y se dispusieron a paralizar el proyecto. Durante los 78 días de acoso fueron perdiendo terreno poco a poco. Finalmente, unas pocas decenas de indios se atrincheraron en un Centro de Desintoxicación de Drogas, un lugar que tiene una gran carga simbólica para los nativos americanos.

Los nativos que aceptan vivir en las reservas no pagan impuestos pero allí no hay nada, sólo tabaco y alcohol casi gratis, y un vacío inmenso, estremecedor: el futuro. La tasa de suicidios entre los autóctonos dobla a la de la población blanca (y si hablamos concretamente de los inuits, se trata de la tasa más alta del mundo). Sin trabajo ni perspectivas, son presa fácil para las adicciones. Cuando ya no pueden conseguir sus dosis, viajan a la ciudad para mendigar. El paralelismo está tan asentado que al indio que vive en la ciudad a menudo se le identifica con un yonqui, aunque no lo sea realmente. Las primeras fricciones con la población blanca de Oka surgieron precisamente cuando se abrió en la reserva aquel centro de desintoxicación que sería su último refugio durante el conflicto.

El 11 de julio de 1990 se produjo un tiroteo entre los mohawk y la policía de Quebec que se saldó con un agente muerto. El fuego cruzado duró menos de 30 segundos y no hubo más durante toda la crisis, pero esa muerte acabó por desencadenar la ira de la mayoría de la población blanca. Durante sus manifestaciones llegaron a quemar un muñeco colgado de una horca que representaba a un indio mohawk. Mientras el muñeco ardía, gritaban un lema que se hizo famoso durante los años 70 entre los independentistas: “¡Quebec, para los quebequeses!”.

Los hombres más mayores de la tribu pusieron mucho empeño en que aquello no volviera a salirse de madre. Se volcaron para impedir que los más jóvenes y exaltados abrieran fuego otra vez. Y lo consiguieron, pero no fue fácil. Cuando entró en acción el 22º Regimiento Real del ejército canadiense empezó el verdadero sitio a los insurgentes. Colocaron alambradas y concertinas en todos los caminos para que no tuvieran ningún contacto con el exterior. Hasta en el río Ottawa las colocaron, y comenzaron una estrategia de provocaciones que se saldó sin víctimas mortales pero no sin heridos (la policía y el ejército acumuló un buen puñado de denuncias por torturas y malos tratos). Los mohawks, faltos de víveres y de medicamentos, acabaron por rendirse. La mayoría de ellos fueron detenidos y procesados. Pero el campo de golf, finalmente, no se hizo.

Hay un momento en el documental de Obomsawin en el que un hombre blanco de la localidad, al ver la crueldad con la que los soldados y los policías (que defendían los intereses económicos de los constructores) actuaban contra la población indígena (que defendía la conservación de la naturaleza en su reserva y el cementerio de sus ancestros), comenta con tristeza en voz alta: “Me pregunto en cuál de los dos lados de la barricada son más civilizados”.

Alanis Obomsawin, la “pequeña salvaje” que fue expulsada de su escuela por el racismo de una profesora, acumula hoy todos los premios oficiales de Quebec y Canadá, además de ocho doctorados honoris causa.

Anuncios

Bailando con el diablo

La légende de Rose Latulipe

Detalle de ‘La Légende de Rose Latulippe’ (1937), el óleo del pintor Rolande Sicotte que se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Quebec.

Philippe Aubert de Gaspé, hijo, está considerado como el autor de la primera novela canadiense en francés: L’influence d’un livre (1837). Hasta entonces, la narrativa quebequesa, rica y de larga tradición, era puramente oral. La novela se publicó en el periódico Le Populaire, y estaba compuesta por un montón de retales de diferente procedencia. Aubert de Gaspé, influido por la novela gótica y el romanticismo, mezclaba en ella géneros, ideas propias y leyendas canadienses. El libro fue destrozado por la crítica. La Gazette de Québec dijo de él que había sido “grande el desengaño de los suscriptores acerca del revoltijo histórico-poético de Gaspé”. Hundieron al pobre chaval, quien abandonó sus aspiraciones literarias y hasta la provincia. Murió de una enfermedad en Halifax (Nueva Escocia) a los 26 años.

La novela fue reescrita y publicada posteriormente bajo el título de El buscador de tesoros (1864). En ella Gaspé incluía una de la leyendas franco-canadienses más famosas, la de Rose Latulipe, la hermosa joven que adoraba bailar y que, para su desgracia, acabó haciéndolo con el mismo diablo. Esta es su historia en la versión de Aubert de Gaspé (hay otras 200 adaptaciones), quien compone un relato machista y ultracatólico muy al gusto de la época:

Érase una vez un hombre llamado Latulipe que tenía una hija a la que quería con locura. Rose Latulipe era una joven preciosa, morena, y también algo alocada, por no decir directamente frívola. Tenía un novio llamado Gabriel Lepard al que quería como a la niña de sus ojos; sin embargo, se decía que cuando otros jóvenes la abordaban, ella los dejaba pasar. Además, a Rose le encantaba dar fiestas, tanto que un día como el del hoy, un Martes de Carnaval de hace algún tiempo, habría en su casa más de cincuenta personas de celebración. Y Rose, contrariamente a lo habitual, pues era coqueta, había permanecido toda la velada en compañía de su pretendiente. Era natural: iban a casarse cuando llegara la Pascua.

Serían las once de la noche cuando, de repente, en medio del cotillón, se oyó un coche de caballos deteniéndose a la puerta de la casa. Varias personas corrieron hacia las ventanas y, debido al mal tiempo que hacía, golpearon el bastidor para que la nieve que había pegada al cristal se desprendiera y poder ver así al recién llegado.

—¡Desde luego es un pez gordo! —gritó alguien—. ¿Te has fijado, Jean? Qué magnífico caballo negro. ¡Y cómo le brillan los ojos! Bien parece, que el diablo me lleve, que va a trepar hasta el tejado.

Sigue leyendo

La soportable levedad del cliché

Ile-du-Prince-Edouard

“Una isla bella, repleta de tierra roja, con los bordes desgarrados por ensenadas y bahías”, escribe Antonine Maillet. Habla de la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá). Foto: Nicolas Raymond.

Ay, la visión de los demás… ¡cuántas sorpresas nos deparan!

Una vez vi un barman en Montreal (simpatiquísimo, algo muy normal entre los canadienses), que llevaba una camiseta negra con el toro de Osborne en rojo. La había comprado en una tienda de souvenirs y debajo del españolísimo cornúpeta figuraba, en mayúsculas, el nombre de una ciudad: BARCELONA.¿Merecía la pena aclararle aquel batiburrillo conceptual, sacarle de su error?

El mundo es complicado (o simplemente grande), por eso inventamos los clichés. Los canadienses cazan focas, los franceses no se lavan, los suecos son honrados, los españoles, corruptos, y ningún texano ha votado jamás al Partido Demócrata. Esta visión reduccionista del mundo la tenemos todos. Lo importante es saber que no es verdad. O mejor aún, que no tiene importancia. Se imponen clichés locales (sobre el pueblo de al lado), regionales, nacionales, que sólo funcionan en ausencia de movimiento. O dicho de otro modo: al viajero le traen sin cuidado los clichés. Hasta le hacen gracia.

La historia de Canadá y la de Euskadi están ligadas por vía marítima. Portugueses y vascos han sido siempre los más audaces a la hora de ir a pescar allí donde nadie lo ha hecho antes. Poco después de que Jacques Cartier pusiera el pie en territorio quebequés (hablamos de 1534), ya había vascos lanzando sus artes en el Golfo de San Lorenzo. Al parecer, la pesca allí era algo impresionante. El bacalao saltaba prácticamente a bordo del pesquero, como si quisiera conocer Europa, el pobre. Así lo cuenta el aventurero Claude Lebeau:

“Era un placer ver esta pesca. Sólo con tirar el anzuelo, nuestros marineros hacían una captura. De este modo, no había más que tirarlo y recoger. Por lo tanto, es cierto que la prodigiosa cantidad de bacalao que vemos en Europa viene principalmente de este emplazamiento”.

Claude Lebeau, ‘Aventures du s. C. Le Beau, avocat en Parlement’ ¹ (1738)

Mi amigo Asier Martiarena, además de ser un periodista riguroso y avisado, es, como buen vasco (cuidado, que viene otro cliché), un excelente cocinero y erudito gastrónomo. Y tiene la cualidad contagiosa del entusiasta: te explica cómo convertir una triste ensalada de canónigos en un festival del sabor añadiendo apenas un par de ingredientes. Y te lo crees. Y quieres hacer la prueba y comértela. Eso es un don. Del bacalao suele decir que es “un pescado muy agradecido. Muy mal lo tienes que cocinar para echarlo a perder”.

Efectivamente, el bacalao lo resiste todo, y no sólo en los fogones. Se sala, se ahúma, se conserva estupendamente. Por eso ofrecía tantas posibilidades comerciales y por eso los vascos no dudaban en navegar 5.000 kilómetros para pescarlo en cantidades industriales.

Al cabo de 400 años, la rica tradición oral francoamericana ha cambiado un tanto el papel de los pescadores vascos en sus costas. Según cuentan, los vascos ganaron fama en Canadá no por pescar bacalao (o fletanes o arenques) sino por cazar morsas. La escritora Antonine Maillet habla así de las andanzas vascas en las costas de la Acadia, alrededor de la isla de San Juan (hoy llamada Isla del Príncipe Eduardo y escenario idílico de la novela Ana, la de Tejas Verdes):

“Una isla bella, repleta de tierra roja, con los bordes desgarrados por ensenadas y bahías, como si las ballenas de los tiempos remotos hubieran mordido la costa de forma feroz. Ballenas que no tenían inconveniente en acercarse para arrojar sus chorros de agua hasta las mismas orillas de la isla. Y lo mismo hacían las marsopas y los marrajos y las morsas. Y los vascos desbrozaban para la gente de la carreta [acadianos deportados que vuelven a su tierra] su linaje de ancestros marineros y cazadores de morsas que durante siglos abastecieron de marfil a Europa.

—Andad e id a desenterrar los esqueletos de las morsas, en los barrancos de las islas, y os puedo asegurar que a todos les faltarán los colmillos del mentón”.

Antonine Maillet, ‘Pélagie-la-Charrette‘ (1979).

Lo curioso del relato de Maillet es que, ajena a los estereotipos españoles, presenta a un vasco muy diferente al nuestro.

Pelagie_GranSol

Nuestra literatura ha reproducido fielmente el cliché del aguerrido marinero euskaldún, una suerte de rocoso working hero, implacable carcelero de sus propios sentimientos y poco dotado para la expresión oral. Veamos, por ejemplo, a Simón Orozco, el patrón del Aril en la novela de Ignacio Aldecoa Gran Sol. Orozco es un marino vasco de los pies a la cabeza, circunspecto, inexpresivo, melancólico, solitario. Aferrado al timón, otea el horizonte oceánico, piensa en su familia y si abre la boca es para dar órdenes cortantes a su tripulación. Es severo, taciturno, estoico.

“Simón Orozco comenzaba su jornada de diecisiete horas al timón. Diecisiete horas, diecisiete días seguros. Comiendo al timón, soñando al timón, esperando al timón, obseso de los embarres de la red y de la marcha del barco compañero. Simón Orozco comenzaba la carrera de los bancos de pesca de la mar del Gran Sol. Arrastre en Petí Sol, en Cockburn, en Hurd, en Labadie, en Jones, en Melville Knoll, en Parsons, en La Chapelle… en Gran Sol. Diecisiete días seguros de soledad en el puente”.

Ignacio Aldecoa, ‘Gran Sol’ (1958)

El retrato del arrantzale austero se mantiene, más o menos igual, en Bilbao-New York-Bilbao (2008), de Kirmen Uribe. Antonine Maillet, célebre creadora del personaje de La Sagouine, presenta en su novela Pélagie-la-Charrette (con la que ganó el premio Goncourt) a unos vascos verdaderamente particulares, los miembros del clan Bastarache. Esta familia, en vez de volver a Euskadi con el resto de pescadores, se queda en Canadá y, cuando Inglaterra ordena la Gran Deportación de los acadianos a Luisiana (1755), los Bastarache se refugian en los bosques y comienzan a vivir al estilo gitano. Son descarados, fiesteros, marginales.

“—Nos deportaron dos veces —confiesa François, el de Philippe, el de Juan [era tradición en la Acadia incluir a los antepasados cuando se hablaba de alguien]—, pero no nos han destruido. Es complicado exterminar a una raza de aventureros que tiene por costumbre moverse como los bloques de hielo en las mareas. Con el tiempo hemos aprendido a brincar de isla en isla, a saltar los estrechos, y a sacar la cabeza del agua para pitorrearnos de los bárbaros que quieren ahogarnos diciéndoles: “¡Hola, hola!”.

Antonine Maillet, ‘Pélagie-la-Charrette’ (1979)

Maillet dota a sus vascos de un temperamento… ¿andaluz? Así parece.

Yo he conocido a andaluces que parecían vascos. Y a vascos que parecían andaluces. Pero el mundo es complicado y hay que simplificarlo. En esa tarea sintetizadora, los clichés son invencibles. Y hasta bonitos.

Como dicen en Italia, se non è vero, è ben trovato.

 

 

Nota ¹: Como era costumbre en la época, a un título corto le seguía otro largo y explicativo (a veces muy, muy largo y muy, muy explicativo). Así, el título completo del libro de Lebeau sería, más o menos, el siguiente: Aventuras del señor Claude Le Beau, abogado del Parlamento o Viaje curioso y nuevo entre los salvajes de la América septentrional en el cual se encontrará una descripción del Canadá con una relación muy especial de los antiguos usos, costumbres y formas de vivir de los bárbaros que la habitan y de la manera en que se comportan hoy. El tunante de Lebeau fue abogado, sí, y con ínfulas, pero lo cierto es que fue detenido por libertinaje y deportado a Canadá, donde continuó sus actividades delictivas y donde fue condenado a muerte. Como estaba fugado y se le había perdido la pista, las autoridades se conformaron con ahorcarlo en effigie, es decir, simbólicamente. Quienes han leído sus aventuras dicen que tenía un cierto talento como escritor, aunque poner títulos, evidentemente, no era su fuerte…

China y los errores de cálculo

Lachine

Para evitar los rápidos y transportar mercancías con seguridad se construyó en 1825 este canal en Lachine, al sur de la isla de Montreal. La casa de la derecha es hoy el Museo del Comercio de las Pieles. Foto: Artur Staszewski.

 

Lachine, una pequeña ciudad al sur de la isla de Montreal, es famosa por dos cosas: por ser el lugar de nacimiento de Saul Bellow (un gigante de la literatura del siglo XX, premio Nobel en 1976) y por la broma que le da nombre al municipio. Los primeros exploradores franceses de Canadá no conocían con precisión las verdaderas dimensiones planetarias como tampoco las conocía Cristóbal Colón, que se embarcó hacia Asia en dirección contraria sin saber que, a medio camino, un obstáculo considerable le impediría continuar su travesía. Ese estorbo marítimo es lo que hoy conocemos como… ejem… América. Con Lachine ocurrió algo similar.

En 1669, el explorador normando René-Robert Cavelier de La Salle se embarcó junto a varios hombres en una ambiciosa expedición: pensaban que bordeando la isla de Montreal hacia el sur y luego girando a la derecha llegarían nada menos que a los mares de China. Cuatro meses más tarde se toparon con las cataratas del Niágara y no tuvieron más remedio que desandar su camino, cariacontecidos, como es natural. El cachondeo a su regreso fue épico. Los montrealeses empezaron a llamar chinos a los bravos aventureros de La Salle y bautizaron como Lachine (en francés literal, la Chine, o sea, China) el punto en el que los expedicionarios viraron hacia el Oeste en busca de nuevas rutas marítimas. Este error de cálculo por parte de La Salle no empaña, en cualquier caso, el carácter heroico de sus expediciones. Exploró los Grandes Lagos de Canadá y Estados Unidos y navegó por el Misisipi hasta su desembocadura, donde fundó Luisiana. Llegó hasta la costa de Texas y sus viajes fueron fundamentales en la extensión del Virreinato de Nueva Francia por toda Norteamérica.

Con el tiempo (y con la llegada del ferrocarril), Lachine se convirtió en un importante centro industrial en el siglo XIX y allí es donde Jules Fournier ambientó su sangriento y divertido folletón El crimen de Lachine.

Pero esa, también, es otra historia…

Si me queréis, irse

Fotograma de 'Léolo' (1992), la obra maestra de Jean-Claude Lauzon.

Fotograma de ‘Léolo’ (1992), la obra maestra de Jean-Claude Lauzon.

¿Cuál es el afán de un escritor? La pregunta parece fácil: ser leído. ¿Ser leído y ya está? Pues no. En la mayoría de los casos, hay más incentivos. “Escribo para que me quieran más”, decía García Márquez. Michel Houellebecq afirma sin rubor que busca la alabanza de sus lectores. “¿Por qué escribe usted?”, le preguntaba Nando Salvà en una espléndida entrevista en el DOMINICAL de El Periódico de Catalunya. “Porque me gusta el aplauso de la gente. Si tuviera que escribir sin ser publicado y leído, no creo que lo hiciera”, confesaba el escritor francés. Esta satisfacción del ego parece un combustible fundamental para el ejercicio de la literatura. Además, los novelistas suelen ser grandes conversadores y, aunque lo nieguen públicamente, les encanta dar entrevistas de promoción. Les hace sentir importantes. Pero no todos son así, claro. Siempre ha habido escritores obsesionados con vivir escondidos, con desaparecer. Queda su obra y nada más. Enrique Vila-Matas ha escrito mucho sobre la vocación escapista de estos escritores (Bartleby y compañía es un libro imprescindible para comprender el fenómeno). Los más célebres son, sin duda, J.D. Salinger, Thomas Pynchon y B. Traven (autor de El tesoro de Sierra Madre y personaje imposible de rastrear por las decenas de seudónimos que llegó a utilizar).

La literatura canadiense también cuenta con su particular perro verde: Réjean Ducharme. El huraño autor de El valle de los avasallados (la extraña y genial novela que inspiró la extraña y genial película Léolo) lleva 40 años sin dar una entrevista. Tampoco consta que se le haya hecho ninguna foto en todo ese tiempo. Ni siquiera su editor en Montreal ha mantenido nunca una conversación cara a cara con él (ni cara a cara ni por teléfono). Su prosa, llena de juegos de palabras, hace muy difícil su traducción, aunque desde hace unos años la pequeña editorial Doctor Domaverso tiene el meritorio empeño de acercar a este singular autor al público hispano. En su 70º cumpleaños Radio-Canada le dedicó un breve pero enjundioso reportaje. Por suerte, cuenta con subtítulos en español y lo enlazamos aquí. Puede parecer el falso documental sobre un escritor misterioso. No lo es. Todo es rigurosamente cierto.

Señoras y señores, con ustedes: Réjean Ducharme.

¿Qué significa “nuvuk”?

cropped-cabogata.jpg

Cabo de Gata (Almería). Foto: Gabriel Villena.

 

Nuvuk significa “cabo” en la lengua inuit. En Canadá hay que decir inuit, no esquimal. Esquimal se considera peyorativo. Según la RAE, cabo, entre otras acepciones, es una “lengua de tierra que penetra en el mar”. En francés, además de este sentido, cap significa también “rumbo”. Así pues, a bordo de un barco, mettre le cap sur Cadix es “dirigirse a Cádiz”, que es una de las mejores cosas que se pueden hacer con un barco. Y con cualquier medio de locomoción, no nos engañemos. En el siglo XVI, los pescadores vascos mettaient le cap sur Canada y se internaban por el golfo de San Lorenzo. Tras faenar en aquellas aguas y con la bodega repleta de bacalao, ponían rumbo al cabo Machichaco y regresaban a casa. Algunos se quedaban más tiempo y atracaban en una isla que entonces no tenía nombre pero que hoy, lógicamente, se llama Île aux Basques. Y no sólo pescaban bacalao. Sobre todo (obsérvese a continuación la sutileza en el cambio de verbo) cazaban ballenas, y lo hacían a troche y moche, como cuenta Antonine Maillet en su novela Pélagie-la-Charrette. Pero contaremos esa historia en otra ocasión. Para eso estamos aquí, para contar historias y hablar del mar, de ballenas, de inuits, de Canadá, de barcos y, sobre todo, no nos engañemos, de libros (o de cualquier otro medio de locomoción).

Bienvenidos.